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martes, 9 de agosto de 2016

III. Los valores. La castidad.

Al igual que el cuerpo cambia con la maduración, también cambian los intereses hacia las personas del sexo opuesto. Es natural querer relacionarse socialmente en la pubertad y la adolescencia y es natural sentir atracción hacia otra persona de una manera especial. Pero no debemos dejarnos llevar por los impulsos cual animales que carecen de la voluntad para decidir sobre lo que está bien.

Juan Pablo II define la castidad como un rechazo al deseo del placer con el objeto de que no desplace la llamada del amor. Cuando el amor está presente, el varón y la mujer tienen un sincero deseo de hacer lo que sea bueno para el otro. La castidad evita usar al otro cual objeto desechable y por tanto los hace capaces de un amor auténtico. Dios nos hace un llamado hacia la castidad para preservarnos como copa de cristal fino y brillante a Sus ojos, para preservarnos para la pareja adecuada con la que iniciaremos el camino hacia la santidad que no es otra cosa que un llamado a la felicidad. Cuando se entiende la castidad como una realización del Plan de Dios en el ser humano, se acepta por amor a Dios y no como una carga.

El Magisterio de la Iglesia enseña que la castidad es 'la energía espiritual que libera el amor del egoísmo y de la agresividad". La castidad es esa virtud (o hábito bueno) que hace que el ser humano sea capaz de dominar sus pasiones, para poner su sexualidad al servicio del verdadero amor. Si la persona no se domina a ella misma, o sea, no se posee a ella misma, no puede darse a sí misma. Sin la castidad, el "amor se hace progresivamente egoísta, es decir, deseo de placer y no ya don de sí”. El deseo del placer es la lujuria.

Bajo esa concepción, la castidad es un valor que debe permanecer toda la vida, aún en el matrimonio. Debemos procurar que el encuentro sea una entrega, no un deseo de satisfacción propia.

A los solteros, siempre se les ha enunciado la palabra de que "somos templo del Espíritu Santo" como argumento en contra de las relaciones sexuales fuera del matrimonio. ¿Por qué? Hace referencia a que nuestro cuerpo, así como nuestra alma, pertenece a Dios. No nos es posible entregar lo que no nos pertenece. Solo en el matrimonio válido nos convertimos en "una sola carne", es decir, un solo cuerpo. En el matrimonio, entregarnos al otro ya no es una transgresión al concepto, él y ella ahora son uno solo.

No confundamos celibato con castidad. En el matrimonio ente un hombre y una mujer se solicita castidad. En el matrimonio sacerdotal o religioso, se solicita celibato.

«La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los cielos.»(FC[1] 16)

La Iglesia valora, fomenta y solicita celibato de manera especial a los sacerdotes, religiosos y religiosas, pero también a aquellos que viven en una condición especial de vida: los casados, con matrimonio válido, que se han separado de su esposo o esposa y a aquellos que tienen una atracción sexual por personas de su mismo sexo.
El Amor Verdadero Espera (AVE[2])
El punto crucial es ¿cómo distinguir si tu atracción es un llamado de tu amor o un llamado de tu lujuria? Es sencillo. Elimina de tu relación todo afecto carnal. Identifica qué ocurre. ¿Pierdes el interés? Recuerda que el amor es capaz de esperar para darse, en cambio la lujuria es impaciente para tomar.

San Pablo dice a varones y mujeres en la primera carta a los Corintios que el verdadero amor es paciente y bondadoso, que no se comporta con rudeza ni es egoísta, que el amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad, que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." (I Cor. 13: 4-7. Ver también I Cor. 6: 18-20). Por eso debemos decir que el Amor Verdadero Espera.

Juan Pablo II en su carta titulada La Vocación nos dice: “la unión de los cuerpos ha sido siempre el lenguaje más fuerte con el que dos seres pueden comunicarse entre sí. Y por eso mismo, un lenguaje semejante, que afecta al misterio sagrado del hombre y de la mujer, exige que no se realicen jamás los gestos del amor sin que se aseguren las condiciones de una posesión total y definitiva de la pareja, y que la decisión sea tomada públicamente mediante el matrimonio.” Añade luego: “… el serio compromiso del matrimonio es cimiento de un sólido edificio. No se puede alimentar un hogar con el fuego del placer que se consume rápidamente, como un puñado de hierba seca. Los encuentros ocasionales son simples caricaturas del amor, hierven los corazones y descarnan el plan divino.”

La búsqueda de la santidad y la búsqueda de la felicidad es una misma cosa. Sólo llegamos a la plenitud de la felicidad cuando somos fieles a aquello para lo cual fuimos creados, es decir, cuando somos fiel reflejo de la imagen de Dios. Es el camino para hacernos uno con Dios.



[1] FC hace referencia a la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II sobre la función de la familia cristiana en el mundo de hoy.
[2] El acrónimo se ha tomado de una de las campañas sociales que fomenta el grupo mariano que dirige Felipe Gómez León en Bogotá y Barranquilla. 

viernes, 8 de abril de 2016

Razones por las cuales no es posible el concepto de “matrimonio homosexual”.

Ayer, en una decisión sin precedentes, la Sala Plena de la Corte Constitucional de Colombia decidió que la unión de dos personas del mismo sexo se puede llamar "matrimonio" y por tanto abre paso para que tengan los mismos derechos y deberes que las parejas heterosexuales.

Es un sinsentido desde varios puntos de vista, pero aquí lo expongo desde el punto de vista doctrinal basado en la Teología del cuerpo de san Juan Pablo II, la carta encíclica 'Dios es Amor' (Deus caritas est) de Benedicto XVI y otros documentos del magisterio de la Iglesia.

En el matrimonio cristiano, los esposos se hacen promesas mutuas delante de Dios. Son ellos mismos los que se administran mutuamente el sacramento. El sacerdote sólo es un testigo[1]. ¿Cuáles son esas promesas o votos? “: … te quiero a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”,… “recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad a ti”,… “recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes que vamos a compartir”.

Hasta este punto las promesas indican una alianza mutua de entrega libre, total, eterna y fiel.

En caso que las promesas hayan sido realizadas bajo coacción de cualquier tipo, indica la nulidad, por cuanto falta el componente de libertad.

Si previamente al acto de promesa mutua, hay algún evento de importancia que uno de los promitentes conoce y no ha manifestado al otro, carecería del elemento de entrega total, ya que se ha reservado algo para sí mismo. Un evento de importancia serían antecedentes de una enfermedad mental y/o psicológica, actos delictivos en los que la legislación considera la prisión como castigo o una situación legal de vínculo tal como un matrimonio previo válido. También es de importancia omitir situaciones sabidas de antemano y que afectan directamente a la situación de la pareja: infertilidad, una tendencia homosexual, o una relación sentimental simultánea al momento del matrimonio. Pueden ser razones muy diversas.

La entrega ha de ser de carácter exclusivo, y bajo la premisa de que se permanecerá en fidelidad.

La promesa se realiza hasta el momento de la muerte, dándole un cariz de promesa eterna en cuanto a la vida corporal. Por ello se insiste en que la promesa abarca salud y enfermedad, situaciones de alegría y aquellas de dolor y angustia. Una unión en que alguno de los contrayentes, o ambos, no expresen o no tengan intención de hacer de este compromiso uno que abarque todos los días de su vida, es inválido ya que la protección  de la Iglesia, y en esto coincide con la que debe dar el  Estado, se da siempre a los miembros más débiles y en el caso del matrimonio esos son el miembro que caiga enfermo, por falta de salud o por deterioro natural consecuencia de la edad, o el fruto natural del matrimonio, es decir, la prole, y su bienestar está mediado por la estabilidad familiar. Y la estabilidad familiar se da en cuanto haya fidelidad mutua en las promesas y a las promesas.

Y he aquí que ya hemos mencionado el quinto elemento de promesa mutua: la fecundidad. Una pregunta que realiza el sacerdote a los contrayentes es: ¿están preparados para recibir responsable y amorosamente a sus hijos como don de Dios?, ¿y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?[2]

La justicia supone buena fe y debe considerar válido que dos personas deseen realizar compromisos de carácter mutuo. De hecho, desde un punto de vista civil se han realizado durante muchos años. Para efectos de la presente exposición, supongamos que uno de estos acuerdos civiles es realizado por dos personas con tendencia homosexual, y lo realizan con carácter libre, total, que abarcan el periodo hasta el momento de la muerte y en mutua fidelidad, pero es imposible que considere la fecundidad.

La carencia de fecundidad hace inviable desde el punto de vista formal el matrimonio homosexual, pero una visión positivista del derecho podría involucrar elementos en que se subsanara dicha falencia si se añade en la legislación el compromiso de “adopción”. No obstante, la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador: “El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas (Gn 4, 1-2; 4, 25-26; 5, 1). Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la paternidad de Dios. De este modo, en primer lugar, la sexualidad entre personas del mismo sexo no es imagen en la carne de la generosidad y la fecundidad de Dios. Por eso los católicos decimos que la actividad homosexual es un desorden de carácter moral. Se queda en la sensualidad y en lo temporal, sin trascender.

En segundo lugar, la prole no es un derecho sino el don más excelente del matrimonio. Son personas humanas[3]. El hijo o hija no puede ser considerados como un objeto de propiedad, a lo que conduciría el reconocimiento de un pretendido “derecho a la adopción”. A este respecto, sólo los hijos poseen verdaderos derechos: el de ser el fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y el de ser respetado como persona desde el momento de su concepción.

Para el cristiano, el matrimonio no es sólo la expresión de una voluntad del ser humano, sino la respuesta a un llamado, a una vocación. Esa vocación a la unión libre, total, eterna, fiel y fecunda entre un hombre y una mujer es una llamada a la conformación de una familia. Es el llamado a ser fiel imagen y semejanza del Dios trino, comunidad de amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La familia es una comunidad de amor trinitaria: padre, madre e hijos. El amor de Dios es así: libre, total, eterno, fiel y fecundo.

Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de los cónyuges ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia y la sociedad.

Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad.

En tercer lugar, los católicos entendemos el amor conyugal como una entrega de la propia vida en pro de la felicidad del otro. El pecado original consistió en darle la espalda al amor de Dios y considerar que no lo necesitaríamos al hacernos como Él. Una de las consecuencias fue la tergiversación del significado del cuerpo. Mientras para el hombre original el cuerpo era la manifestación visible de realidades invisibles como por ejemplo la capacidad que tenemos de expresar el amor entregándonos al otro y valorándolo por sí mismo, no por lo que me pueda dar, para el hombre histórico, es decir, el ser humano después de la pérdida de la inocencia originaria, pasamos a ver al otro como objeto de nuestro deseo. Es válido el amor entre cualquier par de personas, pero en la castidad.

El Magisterio de la Iglesia enseña que la castidad es 'la energía espiritual que libera el amor del egoísmo y de la agresividad". La castidad es esa virtud, o hábito bueno, que hace que el ser humano sea capaz de dominar sus pasiones, para poner su sexualidad al servicio del verdadero amor. Si la persona no se domina a ella misma, o sea, no se posee a ella misma, no puede darse a sí misma. Sin la castidad, el "amor se hace progresivamente egoísta, es decir, deseo de placer y no ya don de sí”. El amor entre dos personas debe darse sobre la virtud de la castidad. Sólo en el matrimonio, ese doble bien, el de los esposos y el de la transmisión de la vida es el que lleva a considerar como virtud la sexualidad, en la castidad.

Queda explicado cómo no es factible denominar “matrimonio” a un compromiso entre dos personas del mismo sexo desde el punto de vista doctrinal de la Iglesia Católica.




[1] Es testigo por cuanto, en el matrimonio cristiano, la alianza se hace inmersa en la vida de la Iglesia, por ello siempre se busca realizarlo en un templo, acompañado del sacramento de la Eucaristía como principal actividad eclesial de la asamblea del pueblo de Dios.
[2] Cantidades enormes de hombres y mujeres católicos están fracasando en el cumplimiento de las promesas que hicieron en el matrimonio de llevar a sus hijos a Cristo y criarlos en la fe de la Iglesia. (Basado en Thomas J. Olmsted, Obispo de Phoenix en su exhortación apostólica “Firme en la brecha”. 2015).
[3] Catecismo de la Iglesia Católica 2378