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sábado, 27 de enero de 2018

Política, corrupción e ideología de género

Para un ser humano de fe, todo se mira con los ojos de la fe. Hoy quisiera conectar temas aparentemente disímiles: política, corrupción e ideología de género.

Para empezar el tema debo hacer referencia a dos agrupaciones muy comunes en todo país, y que en el imaginario colectivo se asocian con el capitalismo unos y con el socialismo otros: gremios económicos y gremios de trabajadores. Los gremios económicos actúan igual que los gremios de trabajadores: una vez ganado un beneficio, ya no lo agradecen, sino que lo asumen como derecho y empiezan a exigirlo. En específico, hablemos de los beneficios legales que se establecen en las reglas de juego de un sistema económico como resultado de una coyuntura específica. Reglas de juego que denominamos leyes. Emanan del Congreso, en donde personas, elegidas por los ciudadanos, discuten propuestas y mediante un trámite afinan el contenido de las mismas en pro del beneficio de la sociedad, es decir, de los ciudadanos y su convivencia pacífica, y que finalmente se promulgan como de obligatorio cumplimiento.

Si un gremio empresarial o de trabajadores siente que las reglas de juego van a cambiar para desmontar un beneficio sobre su gremio, empiezan a presionar a los legisladores para que no se desmonte el mismo. Se llama cabildeo o lobby. Su origen es permitir que los afectados hagan oír sus voces y pongan sobre la mesa consideraciones que a lo mejor no se habían tenido en cuenta. Pero el ser humano tiende a tener una visión limitada y cree firmemente que lo que tiene no lo debe dejar perder. Si el gremio es grande, tiene poder económico y hace uso de él, presionando a los legisladores, pagándoles si lo consideran necesario, para que no desmonten el sistema de beneficios, así las circunstancias del país, o la región, o el sector económico hayan cambiado y dicho beneficio ya no sea provechoso para el bienestar general sino sólo para el de dicho grupo. Sólo dos ejemplos: exenciones tributarias para las empresas de cierto sector económico, sistemas pensionales especiales para cierto gremio de trabajadores.

El sistema sindical y empresarial premia a aquellos directivos o representantes que logran mantener sus beneficios, u obtener adicionales. Son sistemas viciosos. Es de prever que el sistema político tienda a corromperse ante los embates del sistema económico y por ello se crean contrapesos para desestimular la corrupción: la independencia de las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, y la creación de organismos de control. Pero si el poder económico de unos pocos crece, también crece su poder político y su capacidad para lograr presionar no sólo en un eslabón de la cadena, sino en varios eslabones simultáneamente.

Colombia estuvo sometido durante varias décadas a la visión mafiosa de los narcotraficantes, dicha visión fue una expresión exagerada de la visión facilista del inmoral, aquel que busca maximizar el beneficio propio minimizando el trabajo, explotando sin consideraciones la debilidad y la honestidad de los que se encuentran a su alrededor. Bajo dicha visión, la sociedad se acostumbra a premiar a los que parece poseen dinero. El inmoral logra escalar socialmente y salir de la pobreza material. El ciudadano que carece de bienestar material y espiritual, que quiere ser parte de ese espejismo de éxito tiene dos opciones, o volverse traficante de algo, o colocarse en puestos de poder administrativo que tengan que ser tocados por el poder económico para defender sus intereses. Ya no solo buscan los puestos de servidor público para garantizar su estabilidad laboral y su futura pensión (al menos hasta hace poco). Los mejores representantes de esa opción son los políticos que acceden, ya sea al poder ejecutivo, ya sea al legislativo, a veces alternando entre uno y otro, porque adicional a su abultado sueldo y prestaciones, tienen poder de veto o de propuestas, y pueden pedir contraprestación a la acomodación de su visión a la del mejor postor.

Pero el panorama económico mundial ha cambiado. Las empresas grandes se fusionan generando monstruos empresariales con un poder incalculable. Y la corrupción ya no es a nivel de organismos regionales, ya no sólo afecta entidades del orden nacional, sino también a los organismos internacionales.

Una vez establecida la corrupción en el poder ejecutivo y legislativo, se empiezan a minar los poderes judiciales y de control.

Es inmoral la visión del escalamiento social a costa del traficar. Es inmoral la visión de lucrarse de subvenciones, beneficios fiscales o prestacionales. Es inmoral sobornar al servidor público para que se convierta en servidor de intereses particulares. Es inmoral premiar socialmente a aquellos que gozan de bienes materiales sin mediar otro tipo de consideraciones.

Una pregunta que me realizan mucho cuando hablo de la ideología de género es - ¿Pero quién está interesado en financiar una ideología absurda y destructiva como esa, fuera de la minoría que se siente identificada con sus preceptos?

Hay tres intereses entremezclados de gran poder: los gremios económicos que se nutren de sus frutos, los ingenieros sociales, y las mafias de la corrupción. No puedo dejar de añadir algo sobre los ingenieros sociales. Hace referencia a aquellos que dicen amar a la humanidad, pero que desprecian a los individuos. Apoyan procesos sociales y culturales que limiten el crecimiento de los que consideran indeseables, por temor a la escasez de recursos, a revueltas sociales, a la pobreza, a sus propios fantasmas… Los procesos sociales y culturales que actualmente apoyan son el aborto, la eutanasia y la ideología de género. Las tres limitan el crecimiento de la población. La degradación moral asociada es un costo que piensan no les va a afectar.

Quienes presionan su implantación en las leyes nacionales son los oficiales de los organismos internacionales, en contravía a los mandatos de la Asamblea General de la ONU. Los que la financian son los dueños de las multinacionales que se lucran con las actividades asociadas a dicha industria de la muerte y quienes corrompen son las mafias que actúan de intermediarias.

¿Quién se opone? La Iglesia.

El 15 de junio de 2017 el Papa Francisco citó al teólogo francés, Henri de Lubac que decía: “el peligro más grande es la mundanidad espiritual, que es la corrupción, y que es más desastrosa que la infame lepra”. Para el Papa la corrupción es “el lenguaje de las mafias y de las organizaciones criminales en el mundo” y sostiene que el corrupto “olvida pedir perdón porque está sacio y lleno de sí”. Y añadió que “la corrupción es la peor plaga social porque genera gravísimos problemas y crímenes que implican a todos”. Son palabras escritas en la introducción de la obra “Corrosión”, la cual fue escrita por el cardenal ghanés Peter Tuckson, prefecto del nuevo Dicasterio del Desarrollo Humano Integral, en conjunto con el filósofo y miembro de esa institución vaticana Vittorio Alberti.

Y cito las palabras del Papa Francisco porque la religión, cualquiera que se quiera denominar así, es decir, cualquier conjunto de normas destinadas a religar al ser humano con Dios, es fuente de enseñanzas morales y espirituales para combatir la corrupción de la política y la destrucción del bienestar común.

Los corruptos le temen a la religión porque los ricos espirituales no se dejan deslumbrar por la riqueza material. En la jerarquía y en el pueblo de Dios puede haber manzanas corruptas, pero el núcleo de la religión es la riqueza espiritual y por eso subsiste en medio de los medios más corrompidos.

Los ojos de la fe observan una combate espiritual en donde aquellos que se han dejado engañar por el padre de la mentira, el que ofrece los espejismo de la riqueza, el poder o el hedonismo, atacan a los humildes, los honestos, los débiles, aquellos que precisamente son los predilectos de Dios. La mentira los ha convencido de que algo ganarán. Lo cierto es que ya han perdido. Por ahora, la paz en el corazón, la inocencia, la alegría y en el futuro: se juegan la vida eterna.

viernes, 3 de noviembre de 2017

La Política y la Fé.

En época de elecciones se vuelve una obligación para el cristiano indagar acerca de las opciones políticas que ofrecen candidatos y partidos (hoy en día no necesariamente están alineadas las propuestas de uno y otro), elegir una y votar. La perspectiva inmadura de no votar con el argumento de que hay mucha corrupción, o que ya se sabe quien va a ganar, o que son los organismos internacionales los que deciden lo que se realiza en el país, u otras varias es ir en contra de la obligación ética y moral de todo ciudadano y de todo creyente.

Jesús sentó “un principio de enormes consecuencias para la vida social de los pueblos y de las naciones, que están compuestas por personas individuales”, cuando dijo 'Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios' (Mt 22,21).1

Seamos claros, no puso en contraposición lo uno y lo otro, sino que nos pidió que pusiéramos cada cosa en su sitio.2

Hay dos tipos de soberanía de Dios. La soberanía espiritual y trascendente y la soberanía temporal o inmanente. Dios ejerce su soberanía temporal indirectamente, confiándonos como causa segunda la elección de nuestros gobernantes. César y Dios no están al mismo nivel, porque también el César depende de Dios y debe rendirle cuentas a Él3. Como Dios creador, es soberano de todo lo creado. Como soberano temporal, es Él quien permite que algunos hombres dirijan los pueblos: "El hace alternar estaciones y tiempos, depone a los reyes, establece a los reyes, da a los sabios sabiduría, y ciencia a los que saben discernir."(Dn 12, 21).

“Dad al César lo que es del César” significa, por tanto, “dad a Dios lo que Dios mismo quiere que le sea dado al César4. "Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas." (Rm, 13,1)

En nuestras sociedades democráticas no delegamos toda la responsabilidad en los gobernantes. Votamos por aquel que dirigirá el Poder Ejecutivo y votamos por aquellos que ejercerán el Poder Legislativo. Pero los ciudadanos mantenemos responsabilidades políticas: debemos colaborar en la construcción de una sociedad justa, debemos promover valores como la dignidad de la persona humana, la familia como célula de la sociedad o la solidaridad con los más débiles y/o pobres.

Transcribo, al respecto de la política, apartes del discurso de Benedicto XVI ante el Parlamento Federal de Alemania en su viaje apostólico de septiembre de 20115:
«En el primer Libro de los Reyes, se dice que Dios concedió al joven rey Salomón, con ocasión de su entronización, formular una petición. ¿Qué pedirá el joven soberano en este momento tan importante? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos? No pide nada de todo eso. En cambio, suplica: “Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal” (1 R 3,9). Con este relato, la Biblia quiere indicarnos lo que en definitiva debe ser importante para un político. Su criterio último, y la motivación para su trabajo como político, no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz. Naturalmente, un político buscará el éxito, sin el cual nunca tendría la posibilidad de una acción política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?”6, dijo en cierta ocasión San Agustín… Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente. El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos. ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente? La petición salomónica sigue siendo la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma.

Para gran parte de la materia que se ha de regular jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser un criterio suficiente. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación.
Una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación. En este punto quiero que seamos nosotros, los ciudadanos, quienes seamos responsables en los criterios que orienten nuestra selección de un candidato, ya sea presidencial o para alcaldía municipal, ya sea para el senado de la República.

Vivimos bajo el imperio de los extremismos a nivel político, ya sea de la izquierda, ya sea de la derecha. Los elementos comunes de estos extremismos son7:
  • Manipular los sentimientos para convencer.
  • Utilizar falacias y argumentos superficiales.
  • Omitir datos y manipular estadísticas.
  • Emplear falsas dicotomías dando sólo dos opciones extremas para inducir a que se elija una en concreto.
  • Demonizar grupos y estigmatizar ideas.
  • Manipular significados y redefinir el lenguaje.
  • Utilizar tácticas de despiste y desviar la atención.
Y para ello, los medios de comunicación son siervos útiles. Y muchas veces no sólo siervos, sino dirigentes de dichas tácticas.

¿Qué debemos hacer entonces para evitar caer en el facilismo o actuar como estúpidos que caen en tales populismos?
  • Cultivar la razón y apelar a ella para informarnos.
  • Tratar los temas en profundidad, con todas sus complejidades.
  • Buscar conocer la realidad, no la parcialidad.
  • Juzgar en base a las verdades de la Fé en las cuestiones fundamentales, a la luz del Magisterio de la Iglesia, sin permitir que utilicen de manera aislada versículos para apoyar visiones parcializadas.
  • Llamar a las cosas por su nombre y utilizar las palabras de acuerdo a su verdadero significado.
  • No especular alrededor de idealismos, sino atenerse a la realidad del hombre y la sociedad, abordando los temas sin evitar aquellos que puedan ser controversiales, que precisamente suelen ser los fundamentales.
Sepamos seleccionar al César, cumpliendo en ello la Voluntad de Dios. Pero conocer la Voluntad de Dios implica humildad, oración y formación.

¿Cuáles son las cuestiones fundamentales? Benedicto XVI en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis los denomina principios no negociables: "… el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana."[8]

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1 Mons. Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, España. Texto
2 Mons. Juan Ignacio González, obispo de San Bernardo en la Región Metropolitana de Chile.
3 Ibid
4 Ibid
5 Texto del discurso de Benedicto XVI
6 La Ciudad de Dios, IV, 4, 1.
7 Revista Misión. España. Varios números.
8 Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis del Santo Padre Benedicto XVI al episcopado, al clero, a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre la eucaristía fuente y culmen de la vida y de la misión de la iglesia. Numeral 83.

lunes, 2 de enero de 2017

Cine y sociedad

En estos días se estrena con gran expectativa la película “Silencio” de Martin Scorsese. Se trata de la traducción a la pantalla grande de una novela basada en hechos históricos escrita por un autor japonés: Shusako Endo. Se ha publicitado como una superproducción, y probablemente lo sea, pero en el ámbito católico ha creado gran expectativa por cuanto trata del proceso de evangelización llevado a cabo por los jesuitas en Japón en los siglos XVI y XVII y lleva a pensar en san Francisco Xavier.

Pero la película no trata del santo, ni de la santidad, ni de la gracia que se requiere para evangelizar y mantenerse fiel aún en la persecución. Por el contrario, protagoniza la historia un jesuita que apostata por el temor a ser torturado. Los protagonistas secundarios son miles de japoneses, que con una formación mucho más superficial mueren cruelmente torturados por no abdicar de su fe. Este punto hace mucho más impactante la apostasía del primero.

Junto al sacerdote, otro protagonista es un atormentado japonés cuya familia entera había sido sacrificada por sostenerse en su fe. El sobrevivió al abjurar. De hecho abjura una y otra vez, y cada vez se confiesa de ese pecado, reconociendo que su debilidad le impide no apostatar ante la amenaza. Es un recurso para anticiparnos el estado de ánimo del sacerdote. Es el tema central, la debilidad de la fe del ser humano al enfrentarse al dolor, el propio o el ajeno.

La película finaliza con el sacerdote viviendo cómodamente como filósofo, sostenido por el Estado, aunque se insinúa que en realidad sigue creyendo, pero para sí mismo.

Mons. Robert Barron, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Los Ángeles, hace aquí un comentario sobre la película. Rescato de su escrito que la película muestra la clase de cristianismo del que la cultura actual tiene preferencia: uno que expresa su fe en privado, de manera escondida e inofensiva.

Me vienen cuatro ideas a la cabeza: 1. Quien niegue a Jesús ante los hombres será negado por Jesús ante Dios. Frase fuerte del mismo Jesús, y que viene al caso. Cristiano es el que sigue a Cristo y Él entregó su vida muriendo crucificado en un madero, tratado como criminal. Podría la película tratar sobre el miedo que todos tenemos a ser martirizados por defender nuestra fe, pero entonces debería explicar cómo esa fidelidad es don de Dios y no cualidad del hombre, pero no lo hace. 2. Los laicos sumamos, pero los sacerdotes multiplican. Es impactante e importante que tantos cristianos nipones anónimos hayan muerto martirizados por defender su fe. Podría tratar la película sobre la opresión de los gobernantes y príncipes de este mundo, de la injusticia y de cómo el mensaje cristiano es una esperanza para salir de tal estado. Pero sólo resalta cómo los tiranos se salieron con la suya en el Japón del siglo XVII. 3. El título de la película hace referencia a que en medio de sus temores y circunstancias, el jesuita no oye la voz de Dios. Hay una intensa lucha espiritual dentro de esa alma. Podría la película explorar cómo el silencio de Dios es parte del crisol en que se depura nuestra fe. Pero no lo hace. 4. Los samurais exponen que consideran peligrosa la fe cristiana y que por eso la persiguen. La película en ningún momento reflexiona acerca del por qué. Recordemos que era una sociedad feudal que consideraba a los seres humanos como propiedad de la que se podía disponer como se quisiera. El mensaje de esperanza y dignidad cristianas eran la fuente del peligro.

Una escena fundamental es la conversación entre un sacerdote que ya ha apostatado y otro que se niega a hacerlo. El primero, haciendo referencia a lo dura que es la vida en Japón, dice: "Encontramos nuestra naturaleza humana en Japón, tal vez eso sea encontrar a Dios". Ahí esta el punto clave: toda la película se queda en lo humano. No hace presencia la Gracia.

Los medios de comunicación ponderan positivamente la película y resaltan que sea una película de contenido católico, dando a entender que es un tema vigente y pertinente, y que tiene una visión de muchas aristas que dará para filosofar durante mucho tiempo.

Desde un punto de vista de fe, la película poco ayuda. No sugiero que no la vean, pero sí sugiero que la motivación no sea el contenido de fe, porque la voz del mundo es la que se resalta en la película, no la de Dios. Me asalta a la mente un escena del Evangelio: "!Apártate de mi Satanás¡ Piensas como los hombres, no como Dios".

Las decisiones que tomamos sobre lo correcto e incorrecto es un tema personal, pero en los cristianos está iluminada por una ética basada en una concepción antropológica personalista y una filosofía realista que propende por la dignidad de la persona humana y la libertad de conciencia. Toda actuación de los poderes públicos o de la sociedad civil que atente contra dichos principios debe ser denunciada y expuesta a la luz. Esa es la posición que incomoda a la cultura actual y esos valores de coraje y claridad basados en la Verdad son los que deberían mostrar los medios de comunicación como el cine.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Abstinencia, Evidencia y Analogías

Hace rato no escribo. Hoy transcribo el artículo: https://c-fam.org/turtle_bay/abstinence-evidence-analogies

Rebecca Oas, Ph.D | 15 de diciembre de 2016
En agosto escribí acerca de un comentario publicado en The Lancet que argumentaba que las resoluciones de la ONU deberían dejar de promover la abstinencia y la fidelidad como componentes centrales de la prevención del VIH. Los autores de ese comentario se posicionaron como proponentes de la evidencia sobre la ideología:

"Con evidencia científica más que dogma, los países deben adoptar e implementar una agenda progresista para acabar con el SIDA y asegurar la salud sexual y el bienestar para todos".

Este lenguaje figurado de la ciencia sobre la enseñanza religiosa es una característica frecuente de argumentos que son profundamente ideológicos por derecho propio. La frase anterior refiere de manera informal el "es" de la observación empírica e inmediatamente gira hacia el "deber" de las prescripciones de política infundidas por la visión del mundo.

Pero la formulación de política es intrínsecamente prescriptiva, por lo que también podemos poner nuestras cartas sobre la mesa: todos somos ideológicos hasta cierto punto, ya sea notificado por la religión o alguna otra tradición filosófica. (Como un aparte, hay pocas personas más dogmáticas en sus pronunciamientos en estos días que aquellos que dicen evadir el dogma.)

Volviendo al debate sobre la abstinencia como una característica de las resoluciones de las Naciones Unidas y de la salud pública en términos más generales, la revista Lancet publicó recientemente una correspondencia adicional relacionada con el comentario original. Chika Edward Uzoigwe y Luis Carlos Sánchez Franco respondieron que, aunque no todos los programas basados ​​en la abstinencia son igualmente eficaces, la efectividad de la abstinencia, el retraso en el inicio sexual y la reducción del número de parejas sexuales es incuestionable en la prevención del VIH.

Uzoigwe y Sánchez Franco hacen una analogía con otras dos importantes preocupaciones de la salud pública: el tabaquismo y la nutrición:

"El mensaje primordial del CDC[1] es sencillo, intransigente e inequívoco de que fumar mata y dejar de fumar resulta en sustanciales beneficios para la salud. La evidencia de que este mensaje no disuade a los 1 a 2 millones anuales de nuevos fumadores nunca podría justificar abdicar de nuestra responsabilidad profesional para resaltar comportamientos y prácticas que engendren riesgo bajo y aquellos que conllevan riesgo alto. Lo mismo se aplicaría a la dieta, el ejercicio y la sexualidad".

Los autores de la pieza original, Kent Buse, Sarah Hawkes y Mikaela Hildebrand, respondieron, cuestionando algunas de las analogías utilizadas por Uziogwe y Sánchez Franco:

"Ellos citan el tabaco y defienden la abstinencia, omitiendo mencionar la ausencia de cualquier beneficio conocido en la salud por fumar. Una mejor analogía sería la nutrición. Varios efectos no deseados pueden ocurrir si la gente come los alimentos equivocados o demasiado de los alimentos adecuados. Es nuestro deber como profesionales de la salud no refrenarlos de comer, sino guiarlos hacia una alimentación saludable ".

Es cierto que ambas analogías son insuficientes, como todas las analogías lo son inevitablemente hasta un cierto punto. Además de no impartir ningún beneficio para la salud, fumar es totalmente opcional. Por otra parte, comer de acuerdo con las directrices nutricionales básicas no sólo es algo que puede mejorar la salud, sino que también es esencial no sólo para la calidad de vida, sino para la vida misma. La abstinencia prolongada del sexo puede ser indeseable, pero la abstinencia prolongada de los alimentos es letal. Buse y sus colegas continúan:

"Planteamos que hay muchos beneficios para la salud de experiencias sexuales placenteras y seguras, libres de coerción, discriminación y violencia. Sin embargo, en el mundo real hay riesgo de relaciones sexuales no seguras, incluyendo embarazos no deseados, ETS[2] y VIH. Por lo tanto, apoyamos programas basados ​​en evidencia para reducir esos riesgos - en lugar de nociones especulativas de abstinencia (¿durante cuánto tiempo?) O reducir el número de parejas sexuales (¿qué sería un número seguro?)".

Este fatalismo es sorprendente en yuxtaposición a la referencia inmediatamente anterior a los "efectos indeseables" de comer "los alimentos equivocados o demasiado de los alimentos correctos." ¿Cómo creen exactamente Buse y colegas que hemos llegado a nuestras nociones de lo que constituye un buen comportamiento nutricional? ¿No podría adoptarse un enfoque similar con respecto al comportamiento sexual? ¿Qué es exactamente "especulativo" acerca de la promoción de la abstinencia hasta el matrimonio y la fidelidad dentro del matrimonio como un ideal, tanto desde la perspectiva de la epidemiología como, más ampliamente, de la prosperidad humana?

La afirmación de "beneficios para la salud de experiencias sexuales placenteras y seguras" también necesita ser examinada más de cerca: al menos, parecería ser altamente contextual en cuanto a la edad de los individuos, la naturaleza y la estabilidad de su relación, la presencia de cualquier pareja simultánea y otros factores como el consumo de drogas o alcohol. Por ejemplo, hay poca evidencia que sugiera que la actividad sexual entre los adolescentes es absolutamente beneficiosa para su bienestar o correlacionada con mejores resultados en la vida.

Volviendo una vez más a la analogía alimentaria, la política de salud pública se ocupa no sólo del valor nutricional de los diversos tipos de alimentos, sino también de su procedencia y manejo dentro de las cadenas de suministro. Una dieta rica en frutas y vegetales para ser verdaderamente saludable debe estar libre de patógenos que produzcan enfermedades. Del mismo modo, la promesa de una vida sexual sana y placentera puede ser rápidamente socavada por la exposición innecesaria al riesgo de muchas parejas. En un contexto en el que las infecciones de transmisión sexual se están propagando rápidamente y, preocupantemente, cada vez más resistentes a tratamiento, es sumamente irresponsable sugerir que el número de parejas sexuales, o la concurrencia de múltiples parejas no importa y no debe ser el foco de la política sanitaria.

Para terminar, Buse y sus colegas aluden al debate más amplio:

"Existe un proyecto político más amplio dirigido por la moralidad que busca limitar los derechos sexuales - incluyendo la prohibición de la educación sexual integral, el aborto y las relaciones sexuales homosexuales. Una vez más, vemos que asegurar la salud y los derechos sexuales y reproductivos para todos requiere más que evidencia, requiere administrar la política inherente en ella".

Por fin admiten que en realidad no se trata de evidencia, sino de un proyecto político en oposición a lo "moralista", o un "dogma" secular bajo otro nombre.


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[1] Centers for Disease Control and Prevention. Nota del editor del blog.
[2] ETS - Enfermedades de Transmisión Sexual. Nota del editor del blog.

martes, 12 de julio de 2016

La separación de poderes entre la Iglesia y el Estado

El concepto de lo que es la separación de poderes entre la Iglesia y el Estado está siendo mal utilizado por los medios de comunicación. La presente reflexión intenta aclararselo al lector lego con el objeto de permitirle la toma de posición como ciudadano, sea creyente o no.

La separación Iglesia-Estado desde el punto de vista legal y político es un concepto por el cual las instituciones del Estado y las religiosas se mantienen disociadas. Debido al concreto ámbito histórico latinoamericano, haré referencia específica a partir de ahora a la Iglesia Católica. También deseo recalcar al lector que no debe confundir el Estado con el gobierno. El Estado es un concepto mucho más amplio que involucra la forma en la que se organiza la sociedad para poder funcionar mejor. Es la unión de la población, las instituciones públicas que la organizan (las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, pero también el organismo electoral, la defensoría del pueblo, la contraloría, etc…) y la cultura. El concepto radica en que ni la Iglesia Católica interviene en los asuntos públicos, ni el Estado en cuestiones de fe. Cada parte tiene una autonomía para tratar los temas relacionados con sus esferas de influencia. El concepto también incluye que el Estado, como garante de la búsqueda del bien común y de la libertad individual, debe también ser garante de la libertad de culto.

La separación Iglesia-Estado es una de las medidas por las cuales se busca el establecimiento de un Estado laico o aconfesional, y hace parte del proceso de secularización de la sociedad frente a una realidad histórica que no fue así[1]. Con el término de “secularización del Estado” se hace referencia al proceso de pasar diversas instituciones y bienes de la esfera religiosa a la civil. La separación Iglesia-Estado está relacionada con la extensión de la libertad de culto a todos los ciudadanos, y se condiciona a partir de este derecho la relación entre el Estado y la Iglesia. Ocurre sobre todo en aquellos estados con religión de Estado u oficial que favorecían legal y/o informalmente una religión en detrimento de las demás[2].

Los Estados regulan las relaciones con la Iglesia Católica a través de tratados denominados concordatos que atañen a ámbitos de participación en la vida civil (enseñanza, matrimonios, divorcios, beneficencia, entierros, ...).

La idea implica que la Iglesia no debe involucrarse en política partidista. Es decir, no debe indicar por quién votar o por cuál partido votar, ni debe apoyar a un candidato o partido en particular. La razón de ello es porque la misión de la Iglesia es de orden trascendente, su objetivo es llevar a las personas a Cristo para que Él les de vida eterna; mientras que la de los partidos y la del propio Estado es inmanente, es decir, consiste en la búsqueda del bien común en la tierra.

Por esa misma razón, la Iglesia Católica no debe imponer sus leyes eclesiásticas al resto de la sociedad. Por ejemplo, no puede imponer una ley que obligue a todo el mundo a asistir a misa los domingos. Sólo por medio del buen ejemplo y la persuasión honesta es que los cristianos deben convencer a otros de que lo sean[3].

Por razón de su misión trascendente, la Iglesia Católica y otros credos sí pueden y deben intervenir en los asuntos de Estado en cuanto éstos involucren cuestiones de moral de carácter universal, es decir, aquellas cuestiones morales que son permanentes e independientes del contexto histórico y geográfico, y que todo ser humano debe siempre respetar, sea creyente o no.

“El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política… Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios, esto es, entre el Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de las realidades temporales.”[4]

“La justicia es el objeto y, por tanto, también la medida intrínseca de toda política. La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y su meta están precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética… Para llevar a cabo rectamente su función, la razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente.”[5]

“En este punto, política y fe se encuentran. Sin duda, la naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo, un encuentro que nos abre horizontes mucho más allá del ámbito propio de la razón. Pero, al mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. Al partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma.”[6]

Estamos en una época en que muchos miembros de la sociedad se ubican en posiciones extremas: por un lado quienes propugnan que la razón es incapaz de comprender la verdad, por tanto sólo existe lo que es útil o pragmático. Se trata del pragmatismo o relativismo. Pero la naturaleza de la razón del hombre, su capacidad de raciocinio, lo lleva a buscar la verdad. El relativismo esclaviza al hombre, porque le impide desarrollar su natural búsqueda de la verdad. Sólo la verdad libera al hombre. Afirmar dictatorialmente que “todo es relativo” es una contradicción en sí misma[7].

En el otro extremo están los racionalistas puros que pretenden que son capaces de abarcar todo con la razón. Niegan la existencia de Dios por cuanto es un ser más grande que la razón. No obstante, lo cierto es que la razón del hombre es capaz de darse cuenta de que fue creada y de ahí que se abra, de manera natural, a la trascendencia. No hacerlo implica negar la razón y entrar en contradicción[8].

Ambas posiciones intentan evitar que la Iglesia exponga a la luz de la moral sus puntos de vista en foros públicos, científicos y legislativos por considerar que se inmiscuyen en temas por fuera de su ámbito natural de acción. Pero esa es una apreciación incorrecta que los ciudadanos debemos evitar. La persona humana es el gran destinatario tanto de la acción estatal que busca el bien común como de las enseñanzas de la Iglesia que buscan mostrar a los hombres y mujeres de todo tiempo su naturaleza trascendente y su destino eterno.

Cuando la razón secular no es capaz de fundamentarse en una verdadera humanidad termina en la violencia, pierde su racionalidad y conduce al nihilismo que lleva en sí una dinámica autodestructiva. Esto ocurre cuando quienes dirigen el Estado no saben quién es el hombre y tampoco son capaces de conducirlo a su fin, por cuanto también les es desconocido[9].

Todas las esferas de la vida humana tienen una dimensión moral ya que la moral es el modo de vivir que respeta y realiza el bien de la persona y en toda actividad humana ese bien está en juego[10]. Conmino al lector a no dejarse confundir. Una discusión acerca de temas fundamentales en los que se ve involucrada la ética universal o moral natural, es un asunto que atañe directamente a los credos y es lícita y necesaria su participación para dar luz a la sociedad acerca de hacia dónde se está dirigiendo[11].

(Continúa)



[1] Conceptos extraídos de Wikipedia.
[2] La historia de las naciones muestra muy diversos ejemplos de la unión de la Iglesia y el Estado y sus consecuencias negativas para una y otro. La Iglesia Católica apoya fehacientemente dicha separación (por ejemplo ver Gaudium et Spes del Concilio vaticano II) siempre que no implique la eliminación de lo trascendente y del derecho a la libertad de culto por considerarlo como limitante del espíritu humano.
[3] Primera carta de Pedro, capítulo 3, versículo 15 (I Pe 3, 15)
[4] Carta Encíclica Deus Caritas Est. Benedicto XVI. Ediciones Paulinas. 2005. Pag 45-46.
[5] Ibid
[6] Ibid
[7] Para quien no halle evidente la contradicción, piénselo: no se puede afirmar que “todo” es relativo, porque “todo” implica que la afirmación dada no es una verdad sino que depende de si el oyente la acepta o no la acepta. A su vez, si “todo es relativo”, excepto el postulado básico, entonces no “todo” es relativo.
[8] Pablo Domínguez Prieto, sacerdote diocesano, filósofo y teólogo español, decano de la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid en exposición sobre la búsqueda de la verdad y crisis de la razón, extraído de https://www.youtube.com/watch?v=7O1_f7zM054 en abril de 2015.
[9] Javier Martínez, doctor en Filosofía y Lenguas Semíticas, arzobispo de Granada.
[10] La universalidad de algún sistema moral es uno de los objetivos de la ética-objetiva cuyo contenido o efecto no se considera relativo ni subjetivo, sino efectivo y aplicable para todo hombre racional bajo un contexto determinado, siempre y cuando el agente capaz de comportamiento pueda actuar de manera racional, entendido como aquello en lo que todos los seres humanos puedan estar de acuerdo cuando decidan buscar un comportamiento moral específico que se juzgue "de bien" o "correcto", que mantenga o cause aceptable calidad de vida o evite alguna consecuencia inconveniente, y que surja a causa de la repetición de ciertos comportamientos probables para la humanidad (extraído de Wikipedia).
[11] No significa que sea la única luz que hay que consultar, pero sí es lícito y necesario consultar dicha luz.