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martes, 19 de junio de 2018

El día del orgullo es abominable.



¿Cómo puede enorgullecer un desfile en el que los participantes realizan actos de los que se avergonzarían si los practicasen delante de su madre o de sus hermanos? ¿Cómo puede denominarse respetable dicho espectáculo si la intención es dejarse llevar sin consciencia para mezclarse con desconocidos en actos que atentan contra su propia salud y la virtud de la continencia? Pues contenerse es decir no a embriagarse, a drogarse, a participar en orgías de las que en sano juicio huirían.

A quienes denuncian tales costumbres los tildan de intolerantes. ¿Cómo pueden tachar de intolerantes a ciudadanos que lo que buscan es educar en la virtud a sus hijos con objeto de hacer de la Nación un lugar próspero, lo cual no se logra con la incontinencia hacia los deleites, sino con el esfuerzo de contenerse de lo fácil y de buscar trabajar la voluntad y la razón?

No es un escrito de este servidor. Es una traducción libre de un extracto de San Agustín, de su libro, La Ciudad de Dios. Libro I.

martes, 17 de enero de 2017

Las ofensas a la castidad

La introducción al blog especifica que comprende, entre otras, "ética en el contexto actual". Encuentro que además de hablar de cuestiones de derechos humanos, trato mucho el tema de la sexualidad. Pero no es de extrañar. Estamos en una sociedad que vende el sexo como sinónimo de felicidad. Bien nos advierte Pedro en I Pe 5,8 que Satanás es como león rugiente buscando devorar a su presa y Jesús en Jn 8,44 lo define como el padre de la mentira.

Lo que vende el mundo son ofensas a la castidad, o dicho de otra manera impureza. ¿Por qué es importante para Satanás la impureza? Lo cierto es que no es posible ver a través de agua turbia. Y en cuestiones espirituales no es posible ver el amor de Dios a través de la impureza. Una vez eres impuro, no te será claro el bien y el mal y quedas en manos del mundo y sus tentaciones, sin entender por qué te hacen mal.

Transcribo los numerales correspondientes a las ofensas a la castidad del Catecismo de la Iglesia Católica:

2351 La lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión.

2352 Por masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. “Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado”. “El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine”. Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de “la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 9).
Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral.

2353 La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción de menores.

2354 La pornografía consiste en sacar de la intimidad de los protagonistas actos sexuales, reales o simulados, para exhibirlos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico.

2355 La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, puesto que queda reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga peca gravemente contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha su cuerpo, templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6, 15-20). La prostitución constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero también a los hombres, los niños y los adolescentes (en estos dos últimos casos el pecado entraña también un escándalo). Es siempre gravemente pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el chantaje, y la presión social pueden atenuar la imputabilidad de la falta.

2356 La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (cf. incesto) o de educadores con los niños que les están confiados.

Algunas aclaraciones:

Desordenado significa que no está bajo el dominio (las órdenes) de uno mismo.

Venéreo significa "relativo o concerniente al place sexual".

De la masturbación, muchos nos justificamos diciendo que no le hacemos daño a nadie, no obstante, el daño es amplio y duradero. La venérea masturbación requiere de la fantasía sexual, por eso masturbación y pornografía van juntas. Dicha fantasía lleva a exigir de la pareja real comportamientos irreales, generando disconformidades que atentan contra el verdadero significado del amor y la sexualidad como entrega mutua (don de sí a la pareja). Los psicólogos dicen que alrededor del 70% de las separaciones matrimoniales tienen asociada la pornografía. Un camino cierto para llegar a la incapacidad de crear y mantener relaciones estables de pareja son estas ofensas contra la castidad. Por el contrario, si buscas una relación estable y feliz, evita a toda costa la pornografía y la consecuente masturbación. Sólo Dios es capaz de borrar las imágenes pornográficas impresas profundamente en la mente. Obsérvese que ambas ofensas las califica el Catecismo de 'graves'.

De la lujuria y la fornicación ya se ha hablado abundantemente en otras entradas.

La prostitución y la violación van mucho más allá de un pecado sexual comprendiendo en realidad un abanico completo de pecados.

viernes, 19 de agosto de 2016

VI. El Perdón

La Encuesta Nacional de Demografía y Salud ENDS del 2010 expone una realidad en la que crecen nuestros adolescentes: el 10.7% de las mujeres menores de 19 años ya han tenido uno o más hijos[1]. El 13.5% han iniciado relaciones sexuales antes de cumplir 15 años[2]. También es un hecho doloroso y conocido el engaño que adultos hacen a menores de edad para abusar de su dignidad y pureza.

La rebeldía del hombre contra Dios, relatada en el Génesis, ha pasado en el mundo moderno a manifestarse en una rebeldía del hombre contra lo espiritual, dándole un valor supremo a la ciencia; en una rebeldía hacia el prójimo, dándole valor positivo al conservar o utilizar mis cualidades para mi propio dominio y disfrute; y del hombre contra sí mismo, convirtiendo vicios como la droga, el alcohol o el sexo en valores sociales aceptables, defraudando lo que somos llamados a ser.

Puede ocurrir que hayamos perdido nuestra pureza. ¿Cómo restaurarla cuando se ha perdido por cualquier circunstancia? La visión del hombre en su entretejida relación cuerpo-alma entiende que todo lo que afecta al alma afecta al cuerpo y viceversa. Dios ha provisto el Sacramento de la Reconciliación, que en contra de lo usualmente pensado, no solo restaura el estado espiritual, sino también el corporal, ya que como se debe insistir permanentemente, el hombre es sólo uno, creado con cuerpo y alma (cuerpo-vida). En la creación, al único ser que Dios creador insufla su espíritu es al ser humano (Gn 2, 7).

El sacramento de la Penitencia nos devuelve la verdadera libertad de los hijos de Dios, nos da las gracias (regalos) que requiere cada uno para vencer la concupiscencia, los malos hábitos y las tentaciones. Además nos restablece la paz y seguridad de conciencia.

La promesa de Jesús es la resurrección, pero no es solo el espíritu quien resucita. En el credo profesamos también la resurrección de la carne. El Catecismo de la Iglesia Católica en su número 990 nos dice claramente basado en la carta a los Romanos en su capítulo 8: “El término carne designa al hombre en su condición de debilidad y mortalidad. La resurrección de la carne significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros cuerpos (Rm 8: 11) volverán a tener vida”. Luego, en el numeral 999 y 1000 explica que en Cristo todos resucitarán con el cuerpo que tienen ahora, pero será un cuerpo transfigurado en cuerpo de gloria, en cuerpo espiritual. San Pablo en Filipenses 3, 20-21 dice “Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas”. Nos explican que la Eucaristía nos da ya un anticipo[3] de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo en algo terreno y celestial.

Es importante entender que la virginidad no es un tejido, se debe trascender la concepción popular al respecto y llevarla hacia un sentido más amplio y profundo, por ejemplo, entender que la virginidad es estar libre y limpio de todo lo que no es de Dios. Por ello María es La Virgen por excelencia.

Hay personas que dejan sus faltas al sexto mandamiento: “No fornicarás” o “No cometerás actos impuros”, por fuera de la confesión en el sacramento de la reconciliación, por ser tan íntimos, tal vez por delicadeza para con el sacerdote, tal vez por vergüenza, pero eso es renunciar a las grandes gracias que el sacramento proporciona. Basta con evitar un lenguaje explícito o gráfico. En Su infinita misericordia, la Gracia de Dios todo lo perdona, excepto el negarse a admitir la culpa (cf. Mc 3, 29). Y Jesús delegó el perdón de los pecados en los sacerdotes (Jn 20, 23). No quiere decir que Su Misericordia no actúe de muchas otras maneras, pero en circunstancias normales, todo católico tiene la obligación de meditar sobre aquello que lo aleja de Dios, de sentir dolor por estar alejado de la fuente de la felicidad, de hacerse el propósito de no volver a darle la espalda a Dios, de acercarse a un sacerdote y de palabra confesar su conciencia sucintamente y de satisfacer plenamente la penitencia que le sea impuesta. Y si le es posible, resarcir el pecado cometido.

Jesús nos cuenta una parábola en Lucas 15, 8-9: “O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido." La moneda bien puede ser tu amistad con Dios, bien puede ser tu inocencia. El barrer con la escoba bien puede ser el acercarse al Sacramento de la Reconciliación. Y la alegría y el anuncio es el del Reino de Dios y la alegría que trae a tu corazón.

"… Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada." (Ef 5:25-27)

Y si a pesar de nuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez somos débiles no cumpliendo … sus mandamientos, ¡no nos desanimemos! ¡Cristo nos sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane'. Cristo es amigo que nunca defrauda[4].





[1] No solo es cuestión de falta de educación o recursos. El 14.2% de las mujeres entre 15 y 19 años que han terminado su educación secundaria ya han tenido al menos un hijo. El 5.5% de las mujeres entre 15 y 19 años que pertenecen al 20% de la población con mayor índice de riqueza ya han tenido al menos un hijo.
[2] La encuesta ha sido planeada y aplicada por parte de Profamilia los años 1995, 2000, 2005 y 2010. Dicha entidad promociona el derecho por una salud sexual y reproductiva, que es un eufemismo para fomentar los métodos contraceptivos y el aborto, ambas blasfemias ya que van en contra del Plan de Dios para con los hombres. Pero los datos de la encuesta son válidos también para conocer la realidad y la toma de decisiones en favor de la vida y la dignidad de la mujer y del no nacido.
[3] A veces dicen “viático” en vez de anticipo.
[4] La Vocación explicada por Juan Pablo II. Pedro Beteta. Ediciones Palabra. Madrid. 2011.

martes, 16 de agosto de 2016

V. El pecado original

Las ideologías del mundo que nos ofrecen sucedáneos son espejismos que satisfacen de manera momentánea nuestra química corporal o cerebral. Pero en seguida la dinámica de esta química pide más, nunca siendo saciada y nos envuelve en las adicciones, el dolor, la ambición desmedida por el querer tener y el poder tener.

El pecado original consistió en darle la espalda al amor de Dios y considerar que no lo necesitaríamos al hacernos como Él. Una de las consecuencias fue la tergiversación del significado del cuerpo. Mientras para el hombre original el cuerpo era la manifestación visible de realidades invisibles como por ejemplo la capacidad que tenemos de expresar el amor entregándonos al otro y valorándolo por sí mismo, no por lo que me pueda dar, para el hombre histórico, es decir, el ser humano después de la pérdida de la inocencia originaria, pasa a ver al otro como objeto del deseo: ya sea mediante la concupiscencia de la carne, de los ojos o la soberbia de la vida, como menciona San Juan en I Jn 2, 16.

En sentido etimológico, la ‘concupiscencia’ puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana.

Juan Pablo II nos dice que “en el ser humano, porque es un ser compuesto de espíritu y cuerpo, existe cierta tensión, y se desarrolla una lucha de tendencias entre el ‘espíritu’ y la ‘carne’. Pero, en realidad, esta lucha pertenece a la herencia del pecado. Es una consecuencia de él, y, al mismo tiempo, confirma su existencia. Forma parte de la experiencia cotidiana del combate espiritual: para el apóstol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad personal, sino que trata de las obras -mejor dicho, de las disposiciones estables -, virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de sumisión (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo caso) a la acción salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: ‘si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu’ (Ga 5, 25)”.

La radical ideologíade la sexualidad que pequeños pero muy influyentes lobbies han ido introduciendo en las leyes y las cartas de navegación de las entidades encargadas del control de la salud y la educación reivindica la creación[1] de unos falsos derechos sexuales y reproductivos que invitan a la población a dejarse llevar por el deseo y participar en cualquier tipo de actividad sexual, la cual, mientras sea consentida libremente debe ser respetada so riesgo de ser acusado de intolerancia.

Dicho lobby, en contra de la verdadera santa sexualidad, ha ido desarrollándose por vías legales en pasos sucesivos[2]:

  • Sexualidad sin matrimonio: el amor libre de la revolución sexual derivó en el reconocimiento de la unión libre en pro de conceder unos derechos adquiridos por la convivencia “de hecho”.
  • Sexualidad sin la apertura a la vida: la legalidad de los métodos anticonceptivos y abortivos en pro de ayudar a las víctimas de la violación, o “la carga” de cuidar a un niño nacido con defectos físicos o mentales o “la carga” de un hijo nacido de un amor adolescente e inconsciente.
  • Sexualidad sin amor: la consolidación legal de la prostitución y la pornografía como realidad que la ley debe “legislar” para evitar que se prive de derechos a las trabajadoras sexuales en el primer caso y de regular un mercado que debe restringirse a “los mayores de edad” en el segundo.
  • Producción de hijos sin relación sexual: la legalidad de la inseminación artificial y el alquiler de vientres, en pro de permitir el avance de la ciencia o el derecho a la familia para aquellos que no han podido tener hijos.
  • Separación de la sexualidad de la persona: la promulgación de la ideología de género como un derecho por sí mismo, así vaya en contra de la propia ley natural, la tradición jurídica o los estudios científicos, en pro de ampliar los derechos de una minoría, menoscabando los derechos de una mayoría.
El libre albedrio lo reducen a poder elegir cuándo, cómo y dónde realizar las actividades sexuales. Dicha ideología vendida de especial manera a la juventud no considera válida la posibilidad de reservarse para donarse por entero en fidelidad, aún antes de conocerlo, a aquel que ha de hacerse una sola carne conmigo en el sacramento del matrimonio. Va en contra de la posibilidad de plenificar el Amor de Dios en nosotros para hallar la felicidad en la tierra y en el cielo.



[1] Los derechos son proclamados, no creados. Se proclama lo que ya existe, pero no se pueden “crear” derechos.
[2] Pasos a partir de la Conferencia “Hacia la Comprensión de la Homosexualidad” de María Cecilia Henao del lunes 19 de mayo de 2014, organizado por Red Familia Colombia.

martes, 10 de mayo de 2016

El Perdón del pecado cometido y la función sacerdotal

Las denominaciones protestantes conceden que Juan en su primera carta nos dice que si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarlos y limpiarnos de toda maldad (I Juan 1, 8-9), pero hablan de la confesión de los pecados directamente a Dios, sin necesidad de la intermediación de un hombre, porque sólo Dios puede perdonar los pecados (Mc 2, 7 y Lc 5, 21).

Algunos cristianos no católicos citan Hebreos 10, 19-22: “Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia carne, y con un Sumo Sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura.” y lo interpretan en el sentido de que “… el velo era un simbolismo de Cristo mismo, como el único camino hacia el Padre (Juan 14:6). Esto está simbolizado en el hecho de que el sumo sacerdote tenía que entrar en el Lugar Santísimo a través del velo. Ahora Cristo es nuestro mayor y supremo Sumo Sacerdote, y como creyentes en Su obra terminada, nosotros tomamos parte de Su mejor sacerdocio. Nosotros podemos entrar ahora en el Lugar Santísimo por Él”, y terminan concluyendo que ya no es necesario un intermediario entre Dios y el hombre para obtener el perdón de pecados, ya que el sacerdote era quien atravesaba el velo para realizar el sacrificio expiatorio[1].

O sea, el punto está en si es apostólica la confesión mediada por la presencia del sacerdote. Debe considerarse que la Iglesia Católica siempre considera al sacerdote en sus funciones sacramentales como el medio visible de una realidad invisible: la persona de Cristo. La Iglesia Católica entiende que hay dos pasos para el perdón de los pecados por parte de Dios[2]: los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción; y por otra parte, la acción de Dios por el ministerio de la Iglesia.

Que sólo Dios perdone los pecados es una verdad que no se contradice con los medios que Dios utilice para ello. A este respecto el Evangelio según San Juan 20, 21-23 nos relata: “Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»”. Se lo dijo a los apóstoles. Palabras semejantes le son dichas a Pedro por parte de Jesús: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»” (Mt. 16, 19)

La realidad sacramental de la Iglesia es precedida en la historia por su modelo profético, la Ley Mosaica. En ella vemos (Levítico cc. 4 y 5) que Dios exigía un sacrificio ceremonial por los pecados cometidos. El sacrificio se realizaba en el Tabernáculo (luego en el Templo) y delante de los sacerdotes, lo cual en sí es una admisión pública del pecado. El ejercicio de estas ceremonias era público y además enseñaba a los pecadores la inevitable consecuencia del pecado: la muerte. El animal que se sacrificaba moría en lugar del pecador. El modo de ejecución de dichos sacrificios es un equivalente del sacramento de la reconciliación en el que tanto el sacerdote como el fiel tienen una participación claramente definida.[3]

El apóstol Santiago nos aconseja en su carta: “Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.” (Sg. 5, 16). Los primeros cristianos declaraban sus prácticas pecaminosas en público al convertirse: “Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar sus prácticas.” (Hechos 19, 18). Ya ocurría con Juan el Bautista: “Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.” (Mateo 3, 5-6). En ambos casos se indica que se confesaban frente a otros hombres los pecados, no a los afectados directamente.

De tal modo que el signo de la Reconciliación, no solo dada interiormente a Dios, es un hecho apostólico.

¿Cómo administraban este poder los apóstoles una vez el Señor ascendió al lado de Dios Padre? No está escrito explícitamente. En la segunda carta de San Pablo a los Corintios algo se trasluce: “Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación.” (II Cor 5, 18)

La alternativa que conocemos para acercarnos a cómo era ese signo entre las primigenias comunidades cristianas es la lectura acerca de lo que manifestaron al respecto los primeros padres de la Iglesia:

Orígenes vivió en Alejandría hasta el 231, pasó los últimos veinte años de su vida en Cesárea del Mar, Palestina y viajando por el Imperio Romano. Fue el mayor maestro de la doctrina cristiana en su época y ejerció una extraordinaria influencia como intérprete de la Biblia.

Orígenes afirma que luego del bautismo hay medios para obtener el perdón de los pecados cometidos luego de éste. Entre ellos enumera la penitencia: “Además de esas tres hay también una séptima [razón] aunque dura y laboriosa: la remisión de pecados por medio de la penitencia, cuando el pecador lava su almohada con lágrimas, cuando sus lágrimas son su sustento día y noche, cuando no se retiene de declarar su pecado al sacerdote del Señor ni de buscar la medicina, a la manera del que dice «Ante el Señor me acusaré a mi mismo de mis iniquidades, y tú perdonarás la deslealtad de mi corazón.»" [4]

San Cipriano nació hacia el año 200, probablemente en Cartago, de familia rica y culta. Se dedicó en su juventud a la retórica. El disgusto que sentía ante la inmoralidad de los ambientes paganos, contrastado con la pureza de costumbres de los cristianos, le indujo a abrazar el cristianismo hacia el año 246 d.C. Poco después, en 248 d.C., fue elegido obispo de Cartago. En una de sus epístolas deja el testimonio siguiente: "Os exhorto, hermanos carísimos, a que cada uno confiese su pecado, mientras el que ha pecado vive todavía en este mundo, o sea, mientras su confesión puede ser aceptada, mientras la satisfacción y el perdón otorgado por los sacerdotes son aún agradables a Dios"[5].

El poder dado por Jesús a los apóstoles es evangélico. El ejercicio de perdonar o retener los pecados fue ejercido claramente desde antes del año 250 d.C.

El Catecismo de la Iglesia Católica expresa: “A lo largo de los siglos, la forma concreta según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después de su bautismo (por ejemplo, idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo, durante largos años, antes de recibir la reconciliación. A este “orden de los penitentes” (que sólo concernía a ciertos pecados graves) sólo se era admitido raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica “privada” de la penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, esta es la forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días.”[6]

La práctica de la Iglesia Católica se ha inspirado en la misericordia de Dios. Jesús dijo “«Por eso os digo: Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada.” (Mt 12, 31). La blasfemia contra el Espíritu Santo es el rechazo radical a la gracia que Dios ofrece para la conversión.

Los pasos que exige la Iglesia para el perdón del pecado son: 1. Examinar la propia conciencia en relación a las faltas cometidas contra Dios y los hombres en pensamientos, palabras, obras u omisión, especialmente las graves, a partir de la última confesión bien hecha. Repasar cada mandamiento de la Ley de Dios es la alternativa sugerida; 2. Arrepentimiento, ojalá por dolor de haber ofendido a Dios (contricción) en vez del temor de ser castigado por Él (atricción); 3. Propósito de enmendarse, evitando las ocasiones de pecado, pidiéndole ayuda a Dios para mejorar y trabajando en ello; 4. Confesión mediante un acto de humildad de ir a un sacerdote y relatar dichas faltas, necesariamente las graves, de manera sincera, no gráfica ni dando nombres, pero sí la relación (familiar, laboral, etc), sin detalles, pero sí especificando si hubo agravantes para hacer de la falta más gravosa; 5. Cumplir con la penitencia que le sea impuesta, que siempre es algo para nuestro propio bien espiritual y 6. Reparar al ofendido o a sus familiares por el mal realizado. Se repara en la medida de lo posible porque hay males que no se pueden reparar. Por ejemplo, un pecado de difamación requiere disculpa pública, pero el mal hecho no se puede echar para atrás.

La explicación está fundamentada con lo bien expuesto en http://www.apologeticacatolica.org/ Sacramentos/SacramN01.html, bajada el 1 de enero de 2015.




[1] http://www.gotquestions.org/Espanol/velo-templo-rasgado.html#ixzz3akDVjhKV el 20 de junio de 2015.
[2] Numeral 1448 del Catecismo de la Iglesia Católica
[3] http://www.apologeticacatolica.org/Sacramentos/SacramN01.html, bajada el 1 de enero de 2015.
[4] The Faith of the Early Fathers", Vol. 1 pp. 207. William A. Jurgens. Publ. Liturgical Press, 1970. Collegeville, Minnesota. Homilías Sobre los Salmos 2, 4.
[5] De Lapsi 28; Epistolae 16, 2.
[6] Numeral 1447