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viernes, 19 de junio de 2020

La castidad, una virtud liberadora

Monseñor Munilla, Obispo de San Sebastián, es un pastor con muchas cualidades, pero destaco dos: es un gran comunicador y no teme a hablar de temas difíciles.

Hoy, con mi esposa, oímos una de sus charlas en EWTN sobre la castidad. Muy claro.

Resumo aquí algunas de sus ideas, que además de estar basadas tanto en la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II, el Grande, y en palabras de la exhortación apostólica Amoris Laetitia del Papa Francisco, contiene asociaciones de ideas que me parecen novedosas en cuanto no las había escuchado juntas:

Hablar de castidad es políticamente incorrecto, pero la Iglesia debe dar el mensaje de Cristo en su integridad. Y éste incluye el sexto mandamiento.

Las administraciones del nivel municipal y nacional han sido cobardes en tratar el tema de la sexualidad. Se combate la violencia sexual contra la mujer, pero no se ataca a la pornografía. Van de la mano. No se puede atacar la una y permitir la otra.

Y el mensaje de las administraciones para controlar la transmisión de enfermedades sexuales y el embarazo no deseado ha sido el uso de “filtros”. Como si para combatir el tabaquismo hubieran obligado a ponerle triple filtro a los cigarrillos o para evitar la accidentalidad vial hayan decretado más cinturones. La solución está en dejar de fumar, en controlar la velocidad y en la castidad.

Lujo y lujuria van de la mano. Etimológicamente ambas provienen del latín “luxus”: desviación. Cuando el ser humano entra en el consumismo y el lujo, entra fácilmente a la lujuria. Tales “luxus” se combaten con las virtudes de la austeridad y la generosidad.

El amor libre proclamado por la revolución de mayo del 68 y el puritanismo victoriano tienen en común una antropología desviada. Ni somos sólo cuerpo, ni el cuerpo es pecaminoso. La sexualidad incorpora la totalidad del ser: cuerpo y alma.

La cultura de los encuentros sexuales momentáneos mata la capacidad de amar y de sentirse amados. La entrega de la intimidad a un desconocido crea heridas e impide llegar a sentirse amado, lo más fundamental para el ser humano.

En el noviazgo, la cultura permite la sexualidad. Pero el noviazgo es una época de discernimiento acerca de la otra persona y cuando hay de por medio una entrega sexual, se genera un compromiso antes de haber tomado una decisión. No tiene sentido. Además, en ese discernimiento se hallan dificultades en la relación. Si se tapan con la sexualidad, no se afrontan, no se resuelven.

Cada divorcio es un fracaso que causa heridas. La convivencia durante algunos meses lleva a vivir una sucesión de mini divorcios. Le has entregado la totalidad de tu ser a una persona que pasa a ser un desconocido al cabo de un tiempo. Eso mata la capacidad de amar.

La sexualidad tiene fines claros: nos da identidad, nos permite expresar el amor y nos permite procrear.

El cristianismo no busca como ideal la felicidad. Busca la entrega y el servicio como ideal. La felicidad llega como consecuencia. Del mismo modo, la sexualidad busca como ideal la entrega de la totalidad del ser a la pareja. El placer no es el fin, sino una consecuencia. No nos dejemos confundir.

Somos frágiles y podemos caer. La castidad es posible por gracia del Espíritu Santo. La fidelidad a Dios y al otro consiste en custodiar nuestra fragilidad y ponerla en diálogo con el Señor. Se trata de cultivar las virtudes de la perseverancia y la constancia. Y de buscar el perdón de Dios. El perdón de Dios nos da un corazón virgen cada vez que somos perdonados.


viernes, 3 de junio de 2016

El Matrimonio

Ya explicados seis sacramentos, no debo dejar de lado el séptimo. El origen y pleno significado del matrimonio es explicado en otra entrada. En general, los protestantes están de acuerdo con los católicos en la mayoría de puntos, pero sólo en la mayoría. Luego de una corta introducción resalto algunos puntos importantes de diferencia.

Jesús en la conversación que se relata en Mateo 19 remite al libro del Génesis para referir cómo es el matrimonio en el Plan de Dios desde el principio. En Génesis 2, 24 se nos dice “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne”.     

En el matrimonio católico, los esposos se hacen una promesa mutua delante de Dios. Son ellos mismos los que se administran mutuamemnte el sacramento. El sacerdote sólo es un testigo. ¿Cuáles son esos votos? Los que hacen referencia a amarse de manera libre, total, eterna, fiel y fecunda: “… te quiero a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”, … “recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad a ti”, … “recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes que vamos a compartir”.

Pero si bien la presencia del sacerdote parece sólo accidental, ya que podrían ser otros los testigos, he aquí que la necesaria presencia del sacerdote en la Iglesia Católica obedece a una característica del matrimonio y es que se realiza en el seno de la comunidad. Las películas norteamericanas de hace algún tiempo mostraban frecuentemente escenas de una pareja que se escapaba a la ciudad de Las Vegas parta casarse a escondidas delante de un pastor que actuaba de testigo. Otras muchas películas muestran cómo se casan con la presencia de familiares y amigos al borde de un acantilado, con una vista magnífica, o al borde del mar, o en un jardín hermoso. En un ámbito católico esto no es posible. El matrimonio se realiza de manera pública en el seno de la comunidad, y la mayor y más perfecta asamblea del pueblo de Dios es la celebración Eucarística, en la que la Iglesia Universal se reúne, y se reúne en un lugar consagrado para tal efecto. Por eso, en el seno de la celebración de la misa es que se realizan los matrimonios católicos, en un templo, y por su puesto, con la presencia de un ministro ordenado. He ahí una diferencia importante con nuestros hermanos protestantes.

Luego de las promesas mutuas el sacerdote realiza una pregunta a los contrayentes: ¿están preparados para recibir responsable y amorosamente a sus hijos como don de Dios?, ¿y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?[3]. Esa pregunta tiene que ver con el rechazo a la contracepción, otro punto de diferencia con nuestros hermanos protestantes, explicada en otra entrada, y la voluntad expresa de educarlos en la fe.

Esa vocación a la unión libre, total, eterna, fiel y fecunda entre un hombre y una mujer es una llamada a la conformación de una familia. Es el llamado a ser fiel imagen y semejanza del Dios trino, comunidad de amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La familia es una comunidad de amor trinitaria: padre, madre e hijos.

Un tema que presenta dificultad para muchos católicos, incluso instruidos, es la indisolubilidad del matrimonio. El tema era claro para Jesús. “Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.»” (Marcos 10, 9-12).

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada… pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.” (Efesios 5, 25b-27 y 30-32). Pablo nos explica cómo el matrimonio entre varón y mujer es una imagen del matrimonio entre Jesús y la Iglesia. Decir que un matrimonio se disuelve es como decir que la unión entre Jesucristo y la Iglesia se disuelve, lo cual es imposible, ya que Dios no muda de parecer. La unión de un hombre y una mujer se consuma en el momento que se entregan el uno al otro en el altar del lecho nupcial. Cristo consumó en el altar de la Cruz su matrimonio con la Iglesia, no hay vuelta atrás.



[1]Texto del numeral 1602 del Catecismo de la Iglesia Católica.
[2] Ibid, numerales 1606 a 1609.
[3] Cantidades enormes de hombres y mujeres católicos están fracasando en el cumplimiento de las promesas que hicieron en el matrimonio de llevar a sus hijos a Cristo y criarlos en la fe de la Iglesia. (Basado en Thomas J. Olmsted, Obispo de Phoenix en su exhortación apostólica “Firme en la brecha”. 2015).