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domingo, 29 de septiembre de 2019

Filosofía realista y antropología personalista

Un tema que me ha guiado en el entender de mi fe ha sido la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II. Un sacerdote que estudió el tema afirmó que se basa en una filosofía realista y una antropología personalista.

Alguna intuición de lo que esto puede significar tengo, pero creo que es preferible asentar los conceptos. Lo comparto.

En primer lugar, el tema de la filosofía, el más difícil, sobre todo para quienes no hemos estudiado formalmente el tema. Encontré una entrevista a un pensador católico, Stefano Fontana, que me pareció buena como contexto inicial:
La teología necesita a la filosofía, que le proporciona las categorías conceptuales para poder seguir adelante. No es verdad, como se dice hoy en día, que la doctrina católica puede ir de acuerdo con cualquier filosofía. La fe necesita la razón, pero no cualquier tipo de razón. Si la teología presta atención a filosofías que son incompatibles con la doctrina de la fe católica, poco a poco también la visión de esta se deforma y, sin darse cuenta, empezará a creer en una fe distinta…. Ciertamente, no hay un solo filósofo que pueda representar a la filosofía compatible con la fe cristiana, porque esta no se sitúa al mismo nivel que ninguna otra filosofía en concreto; pero esto no significa que haya que aceptar el pluralismo ya que, de hecho, este hace que la fe sea indiferente a la razón. Si la fe puede estar de acuerdo con todo tipo de razón, significa que es indiferente a las razones de la razón. De esta manera, se destruye el nexo íntimo existente entre razón y fe, y pensando que somos católicos, en realidad somos protestantes[1].
Es decir, la filosofía es importante para la teología, pero si no se quiere desviar el contenido de la revelación tal como lo transmiten las escrituras, la enseñanza apostólica y el Magisterio de la Iglesia, debe elegirse bien el tipo de filosofía que se estudia y en la que se sustenta el intento de explicación mediante la razón de los misterios divinos.

Hay muchas escuelas filosóficas. La filosofía realista es una. Ésta critica la filosofía idealista que deja de referirse “al real ser de las cosas y se convierte en ciencia del ser necesario y posible”[2]. Es decir, a idealismos y concepciones puramente intelectuales que no se sustentan en la realidad. La filosofía realista también se opone a las filosofías escepticistas, aquellas que parten de la duda de que se pueda llegar a conocer la realidad. El relativismo moral es una, pero no la única.

Dentro de la filosofía realista hay dos corrientes que es necesario diferenciar. Berthold Wald, un filósofo católico, las denomina: la interna, aquella que niega que pueda diferenciarse lo que es la realidad y su modo de existencia, en contraste con la metafísica, la que supone una diferenciación entre la realidad y su representación conceptual. Esta última es la filosofía realista en la que se basa la Teología del Cuerpo. Como filosofía, estudia la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad. Parte de Aristóteles y Tomás de Aquino.

Resulta que el personalismo también es una corriente filosófica. Surgió en la Europa de entre la I y II guerras mundiales con el objetivo de ofrecer una alternativa al colectivismo fascista y comunista que buscaba el bienestar social imponiéndose sobre la libertad de la persona, y el individualismo capitalista que olvidaba su aspecto interpersonal[3]. El personalismo considera la persona como un yo y quién, con afectividad y subjetividad, un ser relacional esencialmente social y comunitario, concibiendo a la persona en tres niveles: corpóreo, psíquico y espiritual, con sexo: varón y mujer, y quien le da primacía al amor, la libertad como posibilidad de autodeterminación, un carácter narrativo a su existencia y a la trascendencia como relación con un Tú[4].

Los estudiosos fundan el origen de esta alternativa, en su versión cristiana, en los escritos filosóficos de Dietrich von Hildebrand, filósofo y teólogo católico alemán, y luego en Karol Wojtyła, muy influido por los escritos del primero sobre el matrimonio y la sexualidad[5].

Ahora la antropología. Es la ciencia que estudia al ser humano de una forma integral, tanto sus características físicas como animales como su cultura, que es el rasgo único no biológico[6].

Uniendo ambos conceptos se llega a la antropología personalista, la cual se explicita en el numeral 357 del catecismo de la Iglesia Católica: “Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.”

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[1] https://www.vanthuanobservatory.org/esp/el-realismo-liberador-de-la-filosofia-cristiana-entrevista-a-stefano-fontana/
[2] http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0120-00622016000200017
[3] https://proyectoscio.ucv.es/articulos-filosoficos/antropologia-personalista-cuestiones-clave-por-raquel-vera/
[4] Ibid.
[5] Wikipedia Dietrich von Hildebrand
[6] Wikipedia Antropología

martes, 10 de enero de 2017

Sexualidad, voluntad y derechos

Algunas frases sobre el tema:

Sobre la sexualidad y la voluntad.

“… los hombres, despreciando cosas mejores y dudando acerca de su percepción, prefirieron buscar lo más cercano a ellos, y lo más cercano a ellos era su propio cuerpo y sus sentidos … más cuando, instigados por la serpiente, se apartaron de la consideración de Dios y comenzaron a considerarse a sí mismos, entonces fue cuando cayeron en el deseo del cuerpo y se dieron cuenta de que estaban desnudos.” San Atanasio de Alejandría en “Contra los paganos”

Esto depende ante todo de la constitución del ser humano, que está compuesto de cuerpo y alma. El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado cuando se logra esta unificación. Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el cuerpo y por tanto a la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza. Dios es Amor. Benedicto XVI.

Ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor – el eros- puede madurar hasta su verdadera grandeza. Dios es Amor. Benedicto XVI.

Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza. Dios es Amor. Benedicto XVI.

Dios todopoderoso… concedió al alma irracional memoria, sentidos y apetito, y a la racional, además de éstas cualidades, espíritu, inteligencia y voluntad. San Agustín. La Ciudad de Dios.

Precisamente por esto, por ser diferente, se erije en juez de los sentidos, y lo que aquellos perciben, ésta lo discierne y lo recuerda, y les indica lo que es mejor. Pues lo propio del ojo es ver, y de los oídos oir, y de la boca gustar, y de la nariz percibir olores … pero lo que hay que ver y oír, lo que hay que tocar, gustar y oler, no le toca a los sentidos discernirlo, sino al alma y a la mente que hay en ella. San Atanasio de Alejandría en “Contra los paganos”.

El amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, ni sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca. “El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará” (Lc 17, 33). Dios es Amor. Benedicto XVI.

La unión de los cuerpos ha sido siempre el lenguaje más fuerte con el que dos seres pueden comunicarse entre sí. Y por eso mismo, un lenguaje semejante, que afecta al misterio sagrado del hombre y de la mujer, exige que no se realicen jamás los gestos del amor sin que se aseguren las condiciones de una posesión total y definitiva de la pareja, y que la decisión sea tomada públicamente mediante el matrimonio. Carta apostólica sobre La Vocación. Juan Pablo II. 

Sobre los Derechos Humanos

Existe precisamente un cierto número de derechos que la sociedad no está en condiciones de conceder porque esos derechos son anteriores a la sociedad; sin embargo, la sociedad tiene la función de preservarlos y hacerlos cumplir. Estos son algunos de los que hoy son llamados “derechos humanos”, y que nuestra época se jacta de haber formulado. Evangelium Vitae. Juan Pablo II.

El primer derecho de la persona humana es su vida. Ella tiene otros bienes, y algunos son más preciosos, pero éste es fundamental, condición de todos los otros. Por lo tanto, debe ser protegido por encima de todos los demás. No pertenece a la sociedad, ni pertenece a la autoridad pública, en ninguna forma, el reconocer este derecho para unos y no para otros. No es el reconocimiento por parte de otros que constituye este derecho. Este derecho es algo anterior a su reconocimiento; exige reconocimiento, y es absolutamente injusto negarlo. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, la instrucción “On procurado Aborto”, 18 de noviembre de 1974, nn 10-13, en la Justicia Social Review, noviembre de 1974, p. 207.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Contracepción

Una amiga me contó la historia de los esposos Scott y Kimberly Hahn, teólogos de la denominación protestante presbiteriana. Ambos convertidos al catolicismo por diferentes caminos. La historia de ella es la que me dio pie para escribir esta entrada, tema pendiente en la exposición de posiciones diferenciales entre católicos y protestantes. El punto es que ella se preguntaba sobre la razonabilidad bajo la fe de autorizar a la conciencia de cada cristiano el uso de los métodos contraceptivos como método de planificación familiar. Eso implica plantearse muy diversos temas éticos: ¿cuál es el papel de la sexualidad entre los esposos?, ¿es lícito desligar el acto conyugal de la concepción?, ¿desde qué momento podemos considerar que una persona es una persona?

Vamos por partes. Lutero, monje agustino del cual ya hemos hablado en alguna entrada anterior, tenía preocupación por la mentalidad de su época en contra de la familia y la fertilidad[1]. Estamos hablando del siglo XVI. Los primeros protestantes entendían cómo la contracepción llevaba hacia una visión egoísta. Pero bien saben que prefiero tomar fuentes protestantes para discutir estos temas controversiales. El teólogo Albert Mohler [2], Baptista, advierte cómo las iglesias protestantes no tenían teología sustancial acerca del matrimonio, el sexo y la familia entre 1930 y 1970, época en que las teorías maltusianas del control de la natalidad y las eugenésicas de Margaret Sanger estaban en boga. Los protestantes dieron la bienvenida a los métodos contraceptivos.

Los católicos también, pero el Magisterio de la Iglesia no. La Iglesia Católica tenía como guía la encíclica escrita en 1880 por el papa León XIII “Arcanum divinae sapientiae”, y el Papa Pío XI escribió en 1930 “Casti connubii”, ambas sobre el tema del matrimonio cristiano. Para la década de los años sesenta había una muy fuerte presión para que el Magisterio se pronunciase a favor de los métodos contraceptivos. El Papa Pablo VI afrontó el reto y, en contra de la opinión de la mayoría del clero que abordó el asunto, declaró ilícitos los métodos contraceptivos en 1968. Comprendía que la mejora de la salubridad había traído un crecimiento demográfico sin precedentes, que la tasa de mortalidad de niños de 0 a 5 años había disminuido drásticamente y que el tamaño de las familias presionaba unas condiciones socioeconómicas difíciles para los hogares. A su vez, comprendía que la revolución industrial había desplazado a los campesinos hacia las urbes generando condiciones sociales denigrantes debido a la alta densidad poblacional, y que la desvinculación del campo ocasionaba problemas de abastecimiento de alimentos para las familias numerosas que devengaban sueldos mínimos. Pero también argumentaba que el matrimonio cristiano es válido sólo bajo los fundamentos de la unión, el amor, la fidelidad y la fecundidad y que el acto conyugal no puede separar los dos principios que lo rigen: el unitivo y el procreativo[3]. También que la interrupción directa de un proceso reproductivo que ya se haya iniciado va en contra de las leyes morales e indica diversas consecuencias que podrían darse del uso de medios no naturales para el control de la natalidad: se abriría el camino para la infidelidad conyugal y la degradación de la moralidad, se perdería el respeto por la mujer que podría llegar a ser considerada como un mero objeto de placer, y se abriría la puerta para que los estados intervengan en temas íntimos de la pareja y en la implementación de políticas para el control de la natalidad. Finalmente solicitó a las autoridades públicas que se opusieran a las leyes que deteriorasen las leyes naturales de moralidad, a los científicos que estudiasen mejores métodos de control natal natural, y a doctores, enfermeras, y sacerdotes para que promovieran los métodos naturales[4]. Fue una encíclica profética. El papa Juan Pablo II reafirmó todas estas tesis y las extendió a los temas de reproducción asistida mediante documentos como:
  • Teología del Cuerpo (conferencias entre 1979-1984)
  • Evangelium Vitae, Teología y Moral familiar y de la vida, encíclica del 25 de marzo de 1995.
  • Donum Vitae, Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe (entonces presidida por el cardenal Ratzinger, luego papa Benedicto XVI), sobre el respeto a la vida humana y la procreación, febrero de 1987.
  • El Catecismo de la Iglesia Católica de 1992
  • Y Veritatis splendor, encíclica sobre la Moral Fundamental, del 6 de agosto de 1993.
Las Iglesias protestantes en cambio le dieron su visto bueno a los nuevos métodos contraceptivos mecánicos, como los implantes en el útero que impiden el anidamiento del óvulo fecundado, y a aquellos que alteraban la química corporal para impedir las condiciones de anidamiento o que creaban barreras de algún tipo.

Si bien hoy en día los protestantes están alineados con el catolicismo en el rechazo al aborto, aún hoy en día admiten los contraceptivos. Apenas en esta última década es que empieza a haber una conciencia de varios factores que el Dr. Mohler expone en su artículo:
  • Aceptan que la mentalidad contraceptiva lleva a una mentalidad abortiva. 
  • Aceptan que todo matrimonio debe estar abierto al don de los hijos, lo que los católicos denominamos “estar abiertos a la vida”. Los esposos que demandan una unión sexual que no esté abierta a la vida contradicen el plan de Dios para con el ser humano: los hijos nunca deben verse como una carga, sino como un regalo de Dios.
  • Aceptan que los métodos contraceptivos llevan con facilidad a la infidelidad y la inmoralidad sexual, lo que lleva a la promiscuidad y la miseria (sentimental y espiritual).
  • Admiten que es lícito realizar una planificación familiar. La distinción entre la planificación familiar natural que propone la Iglesia Católica y la planificación familiar artificial con la que denominamos a los restantes métodos les parece postiza y el Dr. Mohler propone generar una teología protestante propia.
  • Aceptan que las parejas usen en momentos determinados métodos contraceptivos con conciencia clara de las razones, pero que en términos generales su matrimonio esté abierto a la vida, y sobre todo, que los métodos que elijan sean inequívocamente anticonceptivos, no abortivos.
No puedo sentir otra cosa que satisfacción al leer que hay una voz importante del protestantismo planteando estas cuestiones. La Iglesia Católica se ha sentido acompañada de los grupos pro-vida protestantes en su lucha en contra del aborto, pero se siente sola en su lucha contra los métodos contraceptivos. Dos aclaraciones de importancia, tanto para los protestantes como para los propios católicos, acerca del punto de vista católico:
  • Muchos católicos creímos durante mucho tiempo que la Iglesia Católica también dejaba el tema a la conciencia de cada pareja cristiana, pero Juan Pablo II fue enfático en afirmar que el uso de contraceptivos artificiales no es una práctica aceptada por la Iglesia Católica bajo ninguna circunstancia. Aquellas circunstancias que lleven a una relación sexual con algún tipo de peligro para la salud llama a la castidad en el matrimonio.
  • A medida ha habido investigaciones sobre el tema, se ha ido aclarando que todo método anticonceptivo termina de alguna manera siendo abortivo, por tanto la determinación del siglo pasado de declarar como moralmente malo cualquier método artificial se ha abierto camino, a pesar de que dichos resultados definitivamente no se han difundido por parte de los medios de comunicación y en muchos casos se han querido ocultar[5].
  • La planificación familiar natural es igual o más efectiva que la artificial, a pesar de que los colegios médicos se niegan a considerarla por cuanto disminuye los ingresos de los gineco-obstetras y de la industria farmacéutica. El método Creighton[6] es científico y es el recomendado actualmente. No conocerlo es una falta de omisión. Creer que no son efectivos es creer que la ciencia sigue al nivel que tenía en 1968.

viernes, 19 de agosto de 2016

VI. El Perdón

La Encuesta Nacional de Demografía y Salud ENDS del 2010 expone una realidad en la que crecen nuestros adolescentes: el 10.7% de las mujeres menores de 19 años ya han tenido uno o más hijos[1]. El 13.5% han iniciado relaciones sexuales antes de cumplir 15 años[2]. También es un hecho doloroso y conocido el engaño que adultos hacen a menores de edad para abusar de su dignidad y pureza.

La rebeldía del hombre contra Dios, relatada en el Génesis, ha pasado en el mundo moderno a manifestarse en una rebeldía del hombre contra lo espiritual, dándole un valor supremo a la ciencia; en una rebeldía hacia el prójimo, dándole valor positivo al conservar o utilizar mis cualidades para mi propio dominio y disfrute; y del hombre contra sí mismo, convirtiendo vicios como la droga, el alcohol o el sexo en valores sociales aceptables, defraudando lo que somos llamados a ser.

Puede ocurrir que hayamos perdido nuestra pureza. ¿Cómo restaurarla cuando se ha perdido por cualquier circunstancia? La visión del hombre en su entretejida relación cuerpo-alma entiende que todo lo que afecta al alma afecta al cuerpo y viceversa. Dios ha provisto el Sacramento de la Reconciliación, que en contra de lo usualmente pensado, no solo restaura el estado espiritual, sino también el corporal, ya que como se debe insistir permanentemente, el hombre es sólo uno, creado con cuerpo y alma (cuerpo-vida). En la creación, al único ser que Dios creador insufla su espíritu es al ser humano (Gn 2, 7).

El sacramento de la Penitencia nos devuelve la verdadera libertad de los hijos de Dios, nos da las gracias (regalos) que requiere cada uno para vencer la concupiscencia, los malos hábitos y las tentaciones. Además nos restablece la paz y seguridad de conciencia.

La promesa de Jesús es la resurrección, pero no es solo el espíritu quien resucita. En el credo profesamos también la resurrección de la carne. El Catecismo de la Iglesia Católica en su número 990 nos dice claramente basado en la carta a los Romanos en su capítulo 8: “El término carne designa al hombre en su condición de debilidad y mortalidad. La resurrección de la carne significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros cuerpos (Rm 8: 11) volverán a tener vida”. Luego, en el numeral 999 y 1000 explica que en Cristo todos resucitarán con el cuerpo que tienen ahora, pero será un cuerpo transfigurado en cuerpo de gloria, en cuerpo espiritual. San Pablo en Filipenses 3, 20-21 dice “Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas”. Nos explican que la Eucaristía nos da ya un anticipo[3] de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo en algo terreno y celestial.

Es importante entender que la virginidad no es un tejido, se debe trascender la concepción popular al respecto y llevarla hacia un sentido más amplio y profundo, por ejemplo, entender que la virginidad es estar libre y limpio de todo lo que no es de Dios. Por ello María es La Virgen por excelencia.

Hay personas que dejan sus faltas al sexto mandamiento: “No fornicarás” o “No cometerás actos impuros”, por fuera de la confesión en el sacramento de la reconciliación, por ser tan íntimos, tal vez por delicadeza para con el sacerdote, tal vez por vergüenza, pero eso es renunciar a las grandes gracias que el sacramento proporciona. Basta con evitar un lenguaje explícito o gráfico. En Su infinita misericordia, la Gracia de Dios todo lo perdona, excepto el negarse a admitir la culpa (cf. Mc 3, 29). Y Jesús delegó el perdón de los pecados en los sacerdotes (Jn 20, 23). No quiere decir que Su Misericordia no actúe de muchas otras maneras, pero en circunstancias normales, todo católico tiene la obligación de meditar sobre aquello que lo aleja de Dios, de sentir dolor por estar alejado de la fuente de la felicidad, de hacerse el propósito de no volver a darle la espalda a Dios, de acercarse a un sacerdote y de palabra confesar su conciencia sucintamente y de satisfacer plenamente la penitencia que le sea impuesta. Y si le es posible, resarcir el pecado cometido.

Jesús nos cuenta una parábola en Lucas 15, 8-9: “O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido." La moneda bien puede ser tu amistad con Dios, bien puede ser tu inocencia. El barrer con la escoba bien puede ser el acercarse al Sacramento de la Reconciliación. Y la alegría y el anuncio es el del Reino de Dios y la alegría que trae a tu corazón.

"… Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada." (Ef 5:25-27)

Y si a pesar de nuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez somos débiles no cumpliendo … sus mandamientos, ¡no nos desanimemos! ¡Cristo nos sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane'. Cristo es amigo que nunca defrauda[4].





[1] No solo es cuestión de falta de educación o recursos. El 14.2% de las mujeres entre 15 y 19 años que han terminado su educación secundaria ya han tenido al menos un hijo. El 5.5% de las mujeres entre 15 y 19 años que pertenecen al 20% de la población con mayor índice de riqueza ya han tenido al menos un hijo.
[2] La encuesta ha sido planeada y aplicada por parte de Profamilia los años 1995, 2000, 2005 y 2010. Dicha entidad promociona el derecho por una salud sexual y reproductiva, que es un eufemismo para fomentar los métodos contraceptivos y el aborto, ambas blasfemias ya que van en contra del Plan de Dios para con los hombres. Pero los datos de la encuesta son válidos también para conocer la realidad y la toma de decisiones en favor de la vida y la dignidad de la mujer y del no nacido.
[3] A veces dicen “viático” en vez de anticipo.
[4] La Vocación explicada por Juan Pablo II. Pedro Beteta. Ediciones Palabra. Madrid. 2011.

martes, 16 de agosto de 2016

V. El pecado original

Las ideologías del mundo que nos ofrecen sucedáneos son espejismos que satisfacen de manera momentánea nuestra química corporal o cerebral. Pero en seguida la dinámica de esta química pide más, nunca siendo saciada y nos envuelve en las adicciones, el dolor, la ambición desmedida por el querer tener y el poder tener.

El pecado original consistió en darle la espalda al amor de Dios y considerar que no lo necesitaríamos al hacernos como Él. Una de las consecuencias fue la tergiversación del significado del cuerpo. Mientras para el hombre original el cuerpo era la manifestación visible de realidades invisibles como por ejemplo la capacidad que tenemos de expresar el amor entregándonos al otro y valorándolo por sí mismo, no por lo que me pueda dar, para el hombre histórico, es decir, el ser humano después de la pérdida de la inocencia originaria, pasa a ver al otro como objeto del deseo: ya sea mediante la concupiscencia de la carne, de los ojos o la soberbia de la vida, como menciona San Juan en I Jn 2, 16.

En sentido etimológico, la ‘concupiscencia’ puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana.

Juan Pablo II nos dice que “en el ser humano, porque es un ser compuesto de espíritu y cuerpo, existe cierta tensión, y se desarrolla una lucha de tendencias entre el ‘espíritu’ y la ‘carne’. Pero, en realidad, esta lucha pertenece a la herencia del pecado. Es una consecuencia de él, y, al mismo tiempo, confirma su existencia. Forma parte de la experiencia cotidiana del combate espiritual: para el apóstol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad personal, sino que trata de las obras -mejor dicho, de las disposiciones estables -, virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de sumisión (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo caso) a la acción salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: ‘si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu’ (Ga 5, 25)”.

La radical ideologíade la sexualidad que pequeños pero muy influyentes lobbies han ido introduciendo en las leyes y las cartas de navegación de las entidades encargadas del control de la salud y la educación reivindica la creación[1] de unos falsos derechos sexuales y reproductivos que invitan a la población a dejarse llevar por el deseo y participar en cualquier tipo de actividad sexual, la cual, mientras sea consentida libremente debe ser respetada so riesgo de ser acusado de intolerancia.

Dicho lobby, en contra de la verdadera santa sexualidad, ha ido desarrollándose por vías legales en pasos sucesivos[2]:

  • Sexualidad sin matrimonio: el amor libre de la revolución sexual derivó en el reconocimiento de la unión libre en pro de conceder unos derechos adquiridos por la convivencia “de hecho”.
  • Sexualidad sin la apertura a la vida: la legalidad de los métodos anticonceptivos y abortivos en pro de ayudar a las víctimas de la violación, o “la carga” de cuidar a un niño nacido con defectos físicos o mentales o “la carga” de un hijo nacido de un amor adolescente e inconsciente.
  • Sexualidad sin amor: la consolidación legal de la prostitución y la pornografía como realidad que la ley debe “legislar” para evitar que se prive de derechos a las trabajadoras sexuales en el primer caso y de regular un mercado que debe restringirse a “los mayores de edad” en el segundo.
  • Producción de hijos sin relación sexual: la legalidad de la inseminación artificial y el alquiler de vientres, en pro de permitir el avance de la ciencia o el derecho a la familia para aquellos que no han podido tener hijos.
  • Separación de la sexualidad de la persona: la promulgación de la ideología de género como un derecho por sí mismo, así vaya en contra de la propia ley natural, la tradición jurídica o los estudios científicos, en pro de ampliar los derechos de una minoría, menoscabando los derechos de una mayoría.
El libre albedrio lo reducen a poder elegir cuándo, cómo y dónde realizar las actividades sexuales. Dicha ideología vendida de especial manera a la juventud no considera válida la posibilidad de reservarse para donarse por entero en fidelidad, aún antes de conocerlo, a aquel que ha de hacerse una sola carne conmigo en el sacramento del matrimonio. Va en contra de la posibilidad de plenificar el Amor de Dios en nosotros para hallar la felicidad en la tierra y en el cielo.



[1] Los derechos son proclamados, no creados. Se proclama lo que ya existe, pero no se pueden “crear” derechos.
[2] Pasos a partir de la Conferencia “Hacia la Comprensión de la Homosexualidad” de María Cecilia Henao del lunes 19 de mayo de 2014, organizado por Red Familia Colombia.

viernes, 12 de agosto de 2016

IV. La Fecundidad

Ser imagen y semejanza de Dios es una primera aproximación para entender la dignidad de cada uno de nosotros como varón y como mujer para hacer efectiva la llamada vocacional a ser reflejo del amor de Dios.

En la fertilidad del cuerpo femenino se expresa de manera patente la gracia de la fecundidad a la que Dios nos invita y por medio de la cual nos hace partícipes de su obra creadora.

El Catecismo nos dice: "Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación" (GS[1] 48,1): Los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2,18), y que hizo desde el principio al ser humano, varón y mujer" (Mt 19,4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gn 1,28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tienden a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más (GS 50,1). La fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral, espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio de la educación. Los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos (GE[2] 3). En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida (FC 28). Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio”.[3]



[1] GS hace referencia al documento Gaudium et Spes, uno de los que componen el resultado del Concilio Vaticano II y trata sobre «la Iglesia en el mundo contemporáneo».
[2] GE hace referencia al documento Gravissimum Educationis, en latín «extrema importancia de la educación», es la declaración del Concilio Vaticano II respecto a la educación.
[3] Numerales 1652 a 1654 del Catecismo de la Iglesia Católica.

martes, 9 de agosto de 2016

III. Los valores. La castidad.

Al igual que el cuerpo cambia con la maduración, también cambian los intereses hacia las personas del sexo opuesto. Es natural querer relacionarse socialmente en la pubertad y la adolescencia y es natural sentir atracción hacia otra persona de una manera especial. Pero no debemos dejarnos llevar por los impulsos cual animales que carecen de la voluntad para decidir sobre lo que está bien.

Juan Pablo II define la castidad como un rechazo al deseo del placer con el objeto de que no desplace la llamada del amor. Cuando el amor está presente, el varón y la mujer tienen un sincero deseo de hacer lo que sea bueno para el otro. La castidad evita usar al otro cual objeto desechable y por tanto los hace capaces de un amor auténtico. Dios nos hace un llamado hacia la castidad para preservarnos como copa de cristal fino y brillante a Sus ojos, para preservarnos para la pareja adecuada con la que iniciaremos el camino hacia la santidad que no es otra cosa que un llamado a la felicidad. Cuando se entiende la castidad como una realización del Plan de Dios en el ser humano, se acepta por amor a Dios y no como una carga.

El Magisterio de la Iglesia enseña que la castidad es 'la energía espiritual que libera el amor del egoísmo y de la agresividad". La castidad es esa virtud (o hábito bueno) que hace que el ser humano sea capaz de dominar sus pasiones, para poner su sexualidad al servicio del verdadero amor. Si la persona no se domina a ella misma, o sea, no se posee a ella misma, no puede darse a sí misma. Sin la castidad, el "amor se hace progresivamente egoísta, es decir, deseo de placer y no ya don de sí”. El deseo del placer es la lujuria.

Bajo esa concepción, la castidad es un valor que debe permanecer toda la vida, aún en el matrimonio. Debemos procurar que el encuentro sea una entrega, no un deseo de satisfacción propia.

A los solteros, siempre se les ha enunciado la palabra de que "somos templo del Espíritu Santo" como argumento en contra de las relaciones sexuales fuera del matrimonio. ¿Por qué? Hace referencia a que nuestro cuerpo, así como nuestra alma, pertenece a Dios. No nos es posible entregar lo que no nos pertenece. Solo en el matrimonio válido nos convertimos en "una sola carne", es decir, un solo cuerpo. En el matrimonio, entregarnos al otro ya no es una transgresión al concepto, él y ella ahora son uno solo.

No confundamos celibato con castidad. En el matrimonio ente un hombre y una mujer se solicita castidad. En el matrimonio sacerdotal o religioso, se solicita celibato.

«La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los cielos.»(FC[1] 16)

La Iglesia valora, fomenta y solicita celibato de manera especial a los sacerdotes, religiosos y religiosas, pero también a aquellos que viven en una condición especial de vida: los casados, con matrimonio válido, que se han separado de su esposo o esposa y a aquellos que tienen una atracción sexual por personas de su mismo sexo.
El Amor Verdadero Espera (AVE[2])
El punto crucial es ¿cómo distinguir si tu atracción es un llamado de tu amor o un llamado de tu lujuria? Es sencillo. Elimina de tu relación todo afecto carnal. Identifica qué ocurre. ¿Pierdes el interés? Recuerda que el amor es capaz de esperar para darse, en cambio la lujuria es impaciente para tomar.

San Pablo dice a varones y mujeres en la primera carta a los Corintios que el verdadero amor es paciente y bondadoso, que no se comporta con rudeza ni es egoísta, que el amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad, que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." (I Cor. 13: 4-7. Ver también I Cor. 6: 18-20). Por eso debemos decir que el Amor Verdadero Espera.

Juan Pablo II en su carta titulada La Vocación nos dice: “la unión de los cuerpos ha sido siempre el lenguaje más fuerte con el que dos seres pueden comunicarse entre sí. Y por eso mismo, un lenguaje semejante, que afecta al misterio sagrado del hombre y de la mujer, exige que no se realicen jamás los gestos del amor sin que se aseguren las condiciones de una posesión total y definitiva de la pareja, y que la decisión sea tomada públicamente mediante el matrimonio.” Añade luego: “… el serio compromiso del matrimonio es cimiento de un sólido edificio. No se puede alimentar un hogar con el fuego del placer que se consume rápidamente, como un puñado de hierba seca. Los encuentros ocasionales son simples caricaturas del amor, hierven los corazones y descarnan el plan divino.”

La búsqueda de la santidad y la búsqueda de la felicidad es una misma cosa. Sólo llegamos a la plenitud de la felicidad cuando somos fieles a aquello para lo cual fuimos creados, es decir, cuando somos fiel reflejo de la imagen de Dios. Es el camino para hacernos uno con Dios.



[1] FC hace referencia a la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II sobre la función de la familia cristiana en el mundo de hoy.
[2] El acrónimo se ha tomado de una de las campañas sociales que fomenta el grupo mariano que dirige Felipe Gómez León en Bogotá y Barranquilla. 

viernes, 5 de agosto de 2016

III. Los valores. El pudor.

Juan Pablo II nos dice que el cuerpo humano con su masculinidad y su femeneidad es no solo fuente de fecundidad y procreación, como todo en el orden de la naturaleza, sino que tiene dos capacidades adicionales, ya mencionadas, que denomina como los atributos esponsalicios del cuerpo: la capacidad de expresar el amor y la capacidad de vivir el hecho de que el otro – la mujer para el varón y el varón para la mujer – sea alguien a quien Dios ha querido por sí mismo como ser único e irrepetible.

La dignidad del ser humano debe llevarnos a saber expresarle nuestro amor y a saber valorarlo por quien es. El pecado original lleva a que el ser humano invierta los valores y le dé preeminencia a la búsqueda de la satisfacción de los sentidos[1].

Juan Pablo II analiza el comienzo de la vergüenza relatado en el libro del Génesis. Una vez Adán y Eva comen del fruto prohibido: “…se les abrieron los ojos y ambos se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron pues unas hojas de higuera, y se hicieron unos taparrabos. Oyeron después la voz de Yavé Dios que se paseaba por el jardín, … El hombre y la mujer se escondieron entre los árboles del jardín para que Yavé Dios no los viera. Yavé Dios llamó al hombre y le dijo: «¿dónde estás?». Este contestó: «He oído tu voz en el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo; por eso me escondí»” (Gen 3, 7 y 9-10).

El pudor natural nos lleva a ocultar nuestros cuerpos con las prendas de vestir con el objeto de evitar que nos miren con burla o con intenciones de usarnos cual vaso desechable. Lo que buscamos es que nos miren y nos amen por quienes somos, es decir, de la misma manera como nos mira y nos ama Dios.

Cuando una mujer o un hombre se visten de tal modo que resalte su cuerpo, en cierta manera está expresando que lo mejor que tiene es el cuerpo. ¿No tienes nada más que ofrecer? ¿Qué hay de tu experiencia, tu inteligencia, tu sensibilidad, tu ternura?, ¿Qué hay de la totalidad de tu ser? ¿Qué hay de tu capacidad de expresar el amor y tu capacidad de vivir el hecho de que Dios te ha querido por tí mismo como ser único e irrepetible?



[1] La búsqueda de la satisfacción de los sentidos se llama “sensualidad”, y cuando lo estableces como fin y fundamento, se llama "hedonismo".

martes, 2 de agosto de 2016

II. La vocación al matrimonio. La vida religiosa.

El evangelio según San Mateo, en su capítulo 19, nos relata que Jesús a continuación de remitirnos al principio (Génesis 2, 24) para ver cómo es el matrimonio en el Plan de Dios, añade que hay hombres que se han hecho célibes por el Reino de los Cielos. Se trata de otro tipo de llamado al matrimonio, en esta ocasión con la Iglesia. Juan Pablo II expone cómo aquellos que de manera libre y voluntaria aceptan el llamado al celibato por el Reino de los Cielos preservan la verdad integra de su humanidad sin perder en el camino ninguno de los elementos esenciales (ya presentados) del llamado de la persona a ser imagen y semejanza de Dios.

“¿Cómo es posible esto? Buena pregunta. Nuestra bendita Madre, María de Nazaret hizo la misma pregunta por primera vez ante el extraordinario plan al que Dios la había destinado. Y la respuesta que recibió María de Dios Todopoderoso es la misma que nos da a nosotros: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti porque para Dios nada es imposible»”[1].

Juan Pablo II expone en su libro La Vocación que “La llamada de Jesús «Ven y sígueme» es una declaración de amor. Nuestra respuesta es entrega, amistad, amor manifestado en la donación de la propia vida, como seguimiento definitivo y como participación permanente en su misión y en su consagración. Decidirse es amarlo con toda el alma y con todo el corazón, de forma que ese amor sea la norma y el motor de nuestras acciones”[2]

“La vocación religiosa es un don libremente ofrecido y libremente aceptado. Es una profunda expresión del amor de Dios hacia vosotros y, por nuestra parte, requiere a cambio un amor total a Cristo. Por tanto toda la vida de un religioso está encaminada a estrechar el lazo de amor que fue primero forjado en el sacramento del bautismo”[3].

Explorando cómo se expresa la femeneidad en la vida religiosa, Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), monja carmelita, reflexionó que hacerse toda de otro para poseer a ese otro es el deseo más profundo del corazón femenino porque está naturalmente orientado hacia el otro. Sólo Dios es capaz de aceptar ese don ilimitado y aceptarlo en manera que no se pierda el alma sino que la gane. El principio de la vida religiosa es el pleno don de sí misma y la única vía posible donde tienen cumplimiento los deseos femeninos. Renunciar a toda posesión, a todo tipo de ligamen y unión humana y vital y a la renuncia de la propia voluntad.

Juan Pablo II dijo que le era grato reafirmar con fuerza el papel eminentemente apostólico de las monjas de clausura. Dejar el mundo para dedicarse -en la soledad- a una oración más profunda y constante no es más que una forma particular... de ser apóstol.

“«Haced lo que Él os diga». En estas palabras María expresa, sobre todo, el secreto más profundo de su vida. En estas palabras está toda Ella. Su vida, de hecho, ha sido un «Sí» profundo al Señor. Un «Sí» lleno de gozo y de confianza”[4];. María fue la primera consagrada a servir y a amar a Jesús.

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[1] La Vocación explicada por Juan Pablo II. Pedro Beteta. Ediciones Palabra. Madrid. 2011.
[2] Ibid
[3] Ibid
[4] Ibid

viernes, 29 de julio de 2016

II. La vocación del matrimonio. El sacerdocio.

El caso del sacerdocio es un caso de especial importancia en donde se manifiesta la masculinidad. Los varones acuden a un seminario, cuya etimología proviene de semen semilla y arium lugar para que estén cosas o vivan allí. Se preparan para inseminar la semilla del Reino en la Iglesia. Es una labor que corresponde al sacerdote una vez reciben el sacramento del orden. Al igual que el matrimonio entre un varón y una mujer se consuma cuando se hacen una sola carne, el sacerdote consuma su matrimonio con la Iglesia la primera vez que preside la Eucaristía haciéndose uno con Cristo quien es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Jesús desnudo en la cruz entregó su cuerpo y su sangre a toda la Iglesia para consumar su matrimonio con ella. Son los sacerdotes quienes inseminan la Iglesia, su esposa, mediante la distribución del cuerpo de Cristo. Por eso el sacerdocio no es una profesión, sino una vocación a la paternidad espiritual[1].

Los discípulos fueron elegidos por el Maestro. La amistad que ofrece Jesús es completamente gratuita. Y el que se siente querido de Jesús también se siente obligado a ser un discípulo fiel y activo. Y esto es dar fruto[2].

Como conclusión a la vocación al matrimonio presentados en los sacramentos del matrimonio y el del orden sacerdotal, debemos reflexionar que la santidad es la respuesta de la Novia al Regalo que otorga el Novio. La novia es la Iglesia, cada uno de nosotros, y el novio es Dios. En el cielo el matrimonio que se consumará es el del ser humano con Dios.



[1] Christian West
[2] La Vocación explicada por Juan Pablo II. Pedro Beteta. Ediciones Palabra. Madrid. 2011.

martes, 26 de julio de 2016

II. La vocación del matrimonio. Entre un hombre y una mujer.

El Catecismo nos expone que la Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26- 27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" (Ap 19,7.9). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su "misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación "en el Señor" (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia (cf Ef 5,31-32).

El catecismo continúa: “Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal. Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos (Gn 3, 12); su atractivo mutuo, don propio del creador (Gn 2, 22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (Gn 3, 16b); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (Gn 1, 28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (Gn 3, 16-19). No obstante, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, que en su misericordia infinita, jamás les ha negado (Gn 3, 21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó «al principio». En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas que son consecuencia del pecado, "los dolores del parto" (Gn 3,16), el trabajo "con el sudor de tu frente" (Gn 3,19), constituyen también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de sí”.

Hay diversos textos en el antiguo testamento en que Dios compara el amor esponsal con el amor que Él siente por nosotros. Y lo que más rechaza es la infidelidad. (cf Oseas 1 - 11).

San Pablo nos dice: "Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable. Así mismo el esposo debe amar a su esposa como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo.» Esto es un misterio profundo; yo me refiero a Cristo y a la iglesia. En todo caso, cada uno de ustedes ame también a su esposa como a sí mismo, y que la esposa respete a su esposo." (Ef 5:25-33).

Christopher West, autor norteamericano centrado en la teología del cuerpo, reflexiona que el primer milagro de Jesús ocurrió en las bodas de Caná. Jesús quiere restaurar el vino, que significa la sangre, que significa la verdadera entrega, en las relaciones humanas, específicamente en el matrimonio, imagen de Dios.

Esa vocación a la unión total, eterna, libre, fiel y fecunda entre un hombre y una mujer es una llamada a la conformación de una familia.

viernes, 22 de julio de 2016

I. Creados a imagen y semejanza de Dios

Mil veces hemos escuchado que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios (Gen 1:26). Como con muchas cosas de Dios, es difícil responder en qué manera somos imagen y semejanza de Él, ya sea en lo corporal, ya sea en lo espiritual. A continuación daremos algunos esbozos de lo que los teólogos y las escrituras nos dicen al respecto.

Dios es amor


La primera carta de Juan, capítulo 4 nos dice: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.” Pero, ¿cómo es ese amor?. Podemos caracterizarlo como total, eterno, libre, fiel y fecundo[1].

Total y Eterno: «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga la Vida eterna» (Jn 3:16). No sólo el Padre es quien entrega a su Hijo unigénito, es el hijo quien se entrega haciendo la voluntad del padre (Sal 40: 8-9; Lc 22: 42). Si es total, es para siempre. Si no es para siempre, no es total.

 Libre: Dios nos ama sin merecimiento por parte nuestra. No somos bellos ni perfectos, ni le podemos ofrecer a Dios algo que Él no tenga. Nos ama sin condicionamientos, nos ama libremente.

Fiel: La fidelidad está ligada a la fe. Fiel es el que tiene fe. La fe consiste en la confianza depositada en Dios o en una persona. La fe exige una respuesta convencida y estable a la que llamamos precisamente fidelidad. Dios es el primero que es "el siempre fiel" (Isaías 49:15; Josué 23:14; I Pedro 4:19). La fidelidad en el ser humano consiste en una respuesta permanente a un compromiso dado, a una alianza, a un pacto[2].

Fecundo: «He venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn 16:16) «El que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí nada pueden hacer» (Jn 15:5)

El Señor nos invita a que reflejemos su amor, pues al amor hemos sido llamados[3]. La plenitud de nuestro deseo de amar y ser amados se logra cuando nuestro amor es como el de Dios: total, eterno, libre, fiel y fecundo.

El amor humano no puede ser total si tiene fecha de vencimiento: te amo por dos años... o hasta que me canse... o consiga otra/otro mejor.... Por eso el compromiso mutuo es "hasta que la muerte nos separe". No pueden haber aventuras amorosas, porque se traiciona la fidelidad. No puede haber anticonceptivos porque debemos estar abiertos a la fecundidad. Y, por supuesto, no debe estar mediado por situaciones en que "lo que me da" es lo que me une, o mientras las circunstancias favorables estén presentes. La libertad exige amar sin esperar nada a cambio.

Dios es una comunidad de amor


Con la presencia de Jesús se manifiesta de manera clara el Misterio Trinitario de Dios: tres personas y un solo Dios.

La Anunciación relatada en el primer capítulo del Evangelio según San Lucas, en sus versículos 30 a 32 dice: “El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo… »”, y en el versículo 35: “«El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.»”. También se manifiesta dicha comunidad trinitaria de amor en el siguiente pasaje sobre lo que le fue manifestado a Juan el Bautista: “Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.»” (Mateo 3: 16-17).

San Pablo en la primera carta a los Corintios 11: 3 esboza una triple analogía entre la Trinidad, la Iglesia y nosotros los hombres, abriendo paso a una teología trinitaria: “Sin embargo, quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios.” Primero expone la relación entre Cristo y la Iglesia, luego entre el varón y la mujer y finalmente entre Dios padre y Dios hijo.[4]


En el Credo decimos: “Creo en el Espíritu Santo, engendrado, no creado, que procede del Padre y el Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. Es decir, Dios Padre amó a Dios Hijo, y Dios Hijo correspondió al amor de Dios Padre, y de ese mutuo amor se engendra el Espíritu Santo, aliento vital del amor humano que quiere ser total, eterno, fiel, libre y fecundo.

La exégesis que Juan Pablo II realiza acerca de los capítulos primero y segundo del libro del Génesis profundiza acerca de la creación del ser humano y de cómo Dios nos creó varón y mujer. La Iglesia nos enseña cómo el varón ama a la mujer y la mujer corresponde al amor del varón y de ese mutuo amor se engendran los hijos en un paralelo con el amor trinitario. Hemos encontrado dos semejanzas de la creatura con el Creador: la familia como comunidad de amor y la procreación como manifestación de la participación humana en la creación, por designio de Dios.

El numeral 2331 del Catequismo de la Iglesia Católica publicado bajo el pontificado de Juan Pablo II expone: “Dios es Amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor; creando al hombre a su imagen, Él ha inscrito en la humanidad del varón y la mujer la ‘vocación’ y por lo tanto, la capacidad y la responsabilidad del amor y la comunión”. El numeral 2335 añade: “La unión del varón y la mujer en el matrimonio es una forma de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador”.



[1] Se toman como adjetivos suficientes éstos por dos razones significativas: los utiliza Pablo VI en su Encíclica Evangeli Vita y corresponde a las promesa que se hacen mutuamente un hombre y una mujer el día de su matrimonio.
[3] Numeral 1604 del Catecismo de la Iglesia Católica.
[4] El Misterio de las Bodas, Trinidad, Iglesia, Familia. Triple Analogía. P. Fernando Umaña. Ediciones Nuestra Señora del Paraíso. 2000.

martes, 19 de julio de 2016

Introducción a la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II

El Santo Padre Juan Pablo II expuso que la existencia de una teología del cuerpo no debe extrañar a nadie. Desde el momento en que Jesús se encarnó, el cuerpo pasó a ser parte de la Teología: el estudio de las cosas de Dios.

Juan Pablo II desde antes de ser pontífice estaba interesado en profundizar en el sentido de la familia humana y el matrimonio y, por extensión, de la persona humana, la cual también está constituida por su cuerpo. El cuerpo es la manera de hacer visible a la persona, de revelarla a los ojos, pero nuestro cuerpo es sexuado y debía tener un sentido profundo dentro del Plan de Dios.

En la audiencia general de los miércoles desde 1979 hasta 1984, en 129 charlas, enseñó sus meditaciones sobre el sentido de la sexualidad humana tocando dicho tema de manera novedosa. Juan Pablo II hace inherente la persona y el cuerpo–sexo. El pontífice meditó sobre la persona y su cuerpo antes del pecado original y lo unió con el sentido del cuerpo y el matrimonio en el Paraíso. El ser humano fue creado desde el principio como varón y mujer, por tanto Dios hizo la unidad a partir de dos seres, cada uno de los cuales es persona en sí mismo. Se trata de un elemento de la imagen y semejanza con que Dios creó al hombre. Varón y mujer se constituyen como dos diversos modos de ser cuerpo del ser humano en la unidad de dicha imagen. La unidad a partir de dos seres manifiesta la comunidad de amor que es Dios, es el reflejo del misterio de la Divina Trinidad. Además el cuerpo sexuado varón mujer nos hace don recíproco y comunidad. En el relato del Génesis la unidad de dos seres a través del cuerpo tiene una ética y una dimensión sacramental que es explicada por el Papa.

Y deliberó también sobre el papel de la castidad y el celibato, acerca de que aquellos que de manera libre y voluntaria aceptan el llamado al celibato por el Reino de los Cielos preservan la verdad integra de su humanidad sin perder en el camino ninguno de los elementos esenciales del llamado de la persona a ser imagen y semejanza de Dios.

Los temas que se exponen a continuación son la sustentación de los temas que se presentan a manera de taller respecto a la Teología del Cuerpo con el propósito de iluminar diversos valores que siempre ha defendido la Iglesia Católica[1].





[1] En las entradas de las siguientes semanas, cuando no se cita, los textos de san Juan Pablo II provienen de su libro Varón y Mujer. Teología del Cuerpo (I). 8va edición o La Redención del Corazón. Teología del Cuerpo (II) 4ta edición. Ediciones Palabra. Madrid 2011.