Mostrando las entradas con la etiqueta matrimonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta matrimonio. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de febrero de 2019

Confirmación y matrimonio

Esta semana deseo habla de una pregunta y una respuesta.

Conversando con un compañero de estudio, Alberto, me mencionó que vivía en unión libre desde hacía seis años. Le pregunté si tenía temor al matrimonio. ¿Por qué no comprometerse más seriamente? Me respondió que no ha recibido el sacramento de la Confirmación. Le volví a interpelar: ¿No hace las vueltas de la Confirmación por desacuerdos con la fé? Me respondió: -No, es por la pereza de hacer el trámite e ir a un curso. No fue posible continuar la conversación. Tampoco tenemos la suficiente confianza ni era el lugar para profundizar en el tema.

La pregunta que me quedó fue ¿cómo hago para explicarle que el trámite es lo menor y que el Sacramento es lo mayor?

La respuesta me llegó con el Evangelio de la 6ª semana del Tiempo Ordinario, ciclo C:

"Llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?» Él, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan.» Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente todas las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo.»" Mc 8, 22-26.

He de advertir que fue Dios, por medio del padre Javier, el sacerdote que ofició la misa de hoy, quien me respondió:

En esta lectura le presentan un ciego a Jesús. Yo espero ser quien interceda ante Jesús por Alberto. Jesús lo sacó fuera del pueblo. Fue importante que el ciego de Betsaida accedió a retirarse del mundanal ruido e ir con Jesús. Seguramente no sabía muy bien de qué se trataba, pero fue con la mente y el corazón abierto a lo que podríamos llamar un retiro. Jesús le untó de saliva y le impuso las manos. Ese gesto recuerda al Bautismo, en donde no es saliva, sino agua lo que se vierte. Pero en ambos casos es el símbolo externo de la unción del Espíritu Santo. El Bautismo es la semilla de la fé. Alberto fue bautizado y lo sabe. Pero no es consciente de que la fé es un proceso, un camino en el que debemos hacer crecer esa semilla. La fé es un don, un regalo, una gracia, la cual se debe pedir y se debe cultivar. Y en el camino entre el Bautismo y la Confirmación se desarrolla el espíritu, la espiritualidad, el aprendizaje de estar en la intimidad con Jesús. Ese fue el caso del ciego de Betsaida. Estaba en las afueras del pueblo, a solas, con Jesús.

Luego de ese bautismo Jesús lo interroga. - ¿Ves algo? - Sí, algo lograba ver. El sacramento le ha permitido despertar a la vida espiritual, pero de manera imperfecta. Expresa que ve a los hombres como si fueran árboles, pero que se mueven. Eso nos pasa a todos. El despertar a la vida espiritual no implica que la entendamos, ni que la comprendamos bien. Hay que formarse y exigirse a uno mismo, para cultivar la semilla que nos fue dada.

Después volvió a imponerle las manos y ahí sí empezó a ver perfectamente. Ese segundo momento nos recuerda el sacramento de la Confirmación. Momento en que ya se supone nos hemos formado y desarrollado y podemos dar testimonio de nuestra fe. La Confirmación es un sacramento de envío. Somos mayores de edad en la fé y nos comprometemos a ser testimonio de dicha fé. Por esa razón escribo este diario – blog. Principalmente para mí, pero de vez en cuando para darle una respuesta a uno que otro amigo. Para dar razón de mi fé.

No es gratuito que para casarnos debamos primero confirmarnos. El matrimonio implica ser suficientemente maduro para afrontar nuevas responsabilidades, la de la vida compartida. Ya no será la vida sólo para nosotros. Hemos madurado. Y el casarnos implica el abrirnos a la vida en los hijos. Casarnos ante Dios implica ayuda por parte de Él. Recordemos que Sacramento significa también Presencia. Pero también implica educar a los hijos en la fé. No podemos comprometernos a educar en la fé si no estamos maduros espiritualmente. Por eso nos debemos formar y por eso solicitamos la unción del Espíritu Santo para estar en capacidad de dar testimonio de la fé, para estar en capacidad de dar fruto. Luego de que los hombres, que son como árboles, se desarrollan, deben dar fruto. Ese es el sentido de la formación y de la Confirmación como requisito para el matrimonio.

Realmente, el trámite es lo menor si lo entendemos como los pequeños trámites administrativos para formalizarlo frente al Estado y frente a la Iglesia. Pero no es lo menor si se trata de la formación. Y esta formación no es, ni debe ser, uno o dos fines de semana de preparación. La formación es el aprender a tener intimidad con Jesús en la oración. Nadie ama a quien no conoce. Y la formación es aunar fé y razón. Ambas las creó Dios. No son contradictorias.

El sacramento de la Confirmación es lo mayor si lo entendemos como la plenitud de la efusión del Espíritu Santo en nosotros, la cual empezó en el Bautismo, y lo entendemos como el compromiso de Dios de ayudarnos, pero, ante todo, como nuestra mayoría de edad en la fé y la responsabilidad subsecuente de transmitir la luz que nos da Dios para ver nuestro papel en este mundo: el de guiar hacia Dios a los demás, entendiendo que todos deseamos la felicidad y que nosotros somos los pies, las manos y la boca de Dios en medio del tiempo y lugar donde nos ubicó Dios.

viernes, 16 de marzo de 2018

Matrimonio y familia


Reflexiones sobre matrimonio y familia presentadas en el XVI Encuentro de Universitarios Católicos de la Universidad Católica de Colombia, denominado “El amor humano y sus desafíos actuales” a cargo de la invitada internacional Sara Gallardo González, Doctora en Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid-España, el 19 de agosto de 2017.


La familia surge de la concepción de una persona en el seno de una familia. Si no hay una nueva persona, se queda en matrimonio. Hay una relación directa entre matrimonio y familia, pero no siempre de la una surge la otra.

La cooperación con la creación de Dios implica ‘generar’ y ‘educar’: completar la formación del ser humano. De ahí se sigue que es obligación de los padres educar a sus hijos, a quienes concibieron, y no a otros, como la escuela o el estado, que sólo son subsidiarios. Los padres aman a sus hijos, condición principal de formación en el amor y la posterior capacidad de amar, de vivir en sociedad. Lo institucional no puede entregar ese amor. No puede amar quien no ha recibido el don del amor.

Para la mujer es importante el lugar del trabajo y es importante para la sociedad la presencia de la mujer en el lugar de trabajo. La mujer tiene la capacidad de mantener la cordura ante las extravagancias que pueden ocasionar la competitividad y la especialización, punto central de la psicología masculina.

Los padres no crean al hijo, no conocen al hijo que conciben ni lo pueden elegir, ya que sólo existe la persona en el momento de la concepción.

La educación es desarrollar la humanidad del hijo a su plenitud. Debe haber un proyecto de vida para poder educar. No se educa a un ser humano si no se conoce qué es el ser humano.

La educación en la verdad se debe mostrar completa, y se debe mostrar que la felicidad implica sacrificio y abnegación.

Matrimonio implica a sujetos, su fundamento y su vínculo. La pareja como madre/padre de mis hijos crea vínculo. No hay relación real si no hay reconocimiento mutuo, si no se impactan vital y mutuamente. Otro tipo de relación conduce a la degradación de la persona humana.

Los hijos adquieren significado cuando se perciben como un don, no como un derecho. Quien no acepta un regalo, es que no quiere establecer un vínculo con la persona que le ofrece el regalo. Quien no percibe a los hijos como dones, quiere evitar establecer un vínculo con Aquel que lo ofrece.

En la sociedad tenemos relaciones funcionales, en donde el vínculo es una prestación o servicio que realiza la persona. En el matrimonio y en la familia se tiene una relación personal: el motivo es la persona en sí misma.

La relación funcional es moral cuando no se reduce el valor que se le da a la otra persona solamente al ámbito de la prestación dada.

Mantener una visión sujeta a los términos del contrato va en contra de la dignidad de la persona humana.

La realidad es que sexualidad y amor van juntas. Amar implica una donación total porque la persona es indivisible. Si no se entrega la totalidad, no se ha dado a sí misma. Totalidad en el tiempo y totalidad en el espacio: eterna y fiel. Significa fidelidad, pero también castidad por razón de esa misma fidelidad. La sexualidad y el amor en su significado procreativo significa una entrega de la posibilidad de hacer fecundo al otro. Si restrinjo la fecundidad del entregarme en totalidad restrinjo mi entrega. Sólo cuando la otra persona se entrega de manera total, eterna, libre, fiel y fecunda, yo puedo hacerlo de la misma manera. En ese momento se da el matrimonio.

El matrimonio basado en el sentimiento convierte la relación en algo funcional, no personal.

La libertad de volar consiste en el conocimiento de las leyes de la aeronáutica. No basta con querer para ser libre. La libertad implica la libertad de decir no.

El querer lleva a la moción, el movimiento, la acción, pero hace falta el conocimiento. Si no conocemos qué es la libertad, no podremos disfrutarla. Si el ser humano no tiene la Verdad, aceptará como verdad lo que le presenten. Si el ser humano no tiene afectos, aceptará como afecto lo que le presenten.

Si aceptamos que cada uno tienen su propia verdad, restringimos nuestra existencia: se nos vuelve difícil vivir en la realidad de los demás porque es difícil vivir en la verdad de los demás: surgen conflictos.

El matrimonio contiene una comunidad indivisible de vida. El hombre no busca cualquier mujer, que sería lo biológico, sino que busca a una mujer determinada. Entra la razón. Un amor que no es capaz de buscar la total potencialidad de la pareja, no es un amor capaz de fundar un matrimonio. Los hijos son lo que nos trasciende.

viernes, 12 de agosto de 2016

IV. La Fecundidad

Ser imagen y semejanza de Dios es una primera aproximación para entender la dignidad de cada uno de nosotros como varón y como mujer para hacer efectiva la llamada vocacional a ser reflejo del amor de Dios.

En la fertilidad del cuerpo femenino se expresa de manera patente la gracia de la fecundidad a la que Dios nos invita y por medio de la cual nos hace partícipes de su obra creadora.

El Catecismo nos dice: "Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación" (GS[1] 48,1): Los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2,18), y que hizo desde el principio al ser humano, varón y mujer" (Mt 19,4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gn 1,28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tienden a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más (GS 50,1). La fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral, espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio de la educación. Los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos (GE[2] 3). En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida (FC 28). Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio”.[3]



[1] GS hace referencia al documento Gaudium et Spes, uno de los que componen el resultado del Concilio Vaticano II y trata sobre «la Iglesia en el mundo contemporáneo».
[2] GE hace referencia al documento Gravissimum Educationis, en latín «extrema importancia de la educación», es la declaración del Concilio Vaticano II respecto a la educación.
[3] Numerales 1652 a 1654 del Catecismo de la Iglesia Católica.

martes, 9 de agosto de 2016

III. Los valores. La castidad.

Al igual que el cuerpo cambia con la maduración, también cambian los intereses hacia las personas del sexo opuesto. Es natural querer relacionarse socialmente en la pubertad y la adolescencia y es natural sentir atracción hacia otra persona de una manera especial. Pero no debemos dejarnos llevar por los impulsos cual animales que carecen de la voluntad para decidir sobre lo que está bien.

Juan Pablo II define la castidad como un rechazo al deseo del placer con el objeto de que no desplace la llamada del amor. Cuando el amor está presente, el varón y la mujer tienen un sincero deseo de hacer lo que sea bueno para el otro. La castidad evita usar al otro cual objeto desechable y por tanto los hace capaces de un amor auténtico. Dios nos hace un llamado hacia la castidad para preservarnos como copa de cristal fino y brillante a Sus ojos, para preservarnos para la pareja adecuada con la que iniciaremos el camino hacia la santidad que no es otra cosa que un llamado a la felicidad. Cuando se entiende la castidad como una realización del Plan de Dios en el ser humano, se acepta por amor a Dios y no como una carga.

El Magisterio de la Iglesia enseña que la castidad es 'la energía espiritual que libera el amor del egoísmo y de la agresividad". La castidad es esa virtud (o hábito bueno) que hace que el ser humano sea capaz de dominar sus pasiones, para poner su sexualidad al servicio del verdadero amor. Si la persona no se domina a ella misma, o sea, no se posee a ella misma, no puede darse a sí misma. Sin la castidad, el "amor se hace progresivamente egoísta, es decir, deseo de placer y no ya don de sí”. El deseo del placer es la lujuria.

Bajo esa concepción, la castidad es un valor que debe permanecer toda la vida, aún en el matrimonio. Debemos procurar que el encuentro sea una entrega, no un deseo de satisfacción propia.

A los solteros, siempre se les ha enunciado la palabra de que "somos templo del Espíritu Santo" como argumento en contra de las relaciones sexuales fuera del matrimonio. ¿Por qué? Hace referencia a que nuestro cuerpo, así como nuestra alma, pertenece a Dios. No nos es posible entregar lo que no nos pertenece. Solo en el matrimonio válido nos convertimos en "una sola carne", es decir, un solo cuerpo. En el matrimonio, entregarnos al otro ya no es una transgresión al concepto, él y ella ahora son uno solo.

No confundamos celibato con castidad. En el matrimonio ente un hombre y una mujer se solicita castidad. En el matrimonio sacerdotal o religioso, se solicita celibato.

«La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los cielos.»(FC[1] 16)

La Iglesia valora, fomenta y solicita celibato de manera especial a los sacerdotes, religiosos y religiosas, pero también a aquellos que viven en una condición especial de vida: los casados, con matrimonio válido, que se han separado de su esposo o esposa y a aquellos que tienen una atracción sexual por personas de su mismo sexo.
El Amor Verdadero Espera (AVE[2])
El punto crucial es ¿cómo distinguir si tu atracción es un llamado de tu amor o un llamado de tu lujuria? Es sencillo. Elimina de tu relación todo afecto carnal. Identifica qué ocurre. ¿Pierdes el interés? Recuerda que el amor es capaz de esperar para darse, en cambio la lujuria es impaciente para tomar.

San Pablo dice a varones y mujeres en la primera carta a los Corintios que el verdadero amor es paciente y bondadoso, que no se comporta con rudeza ni es egoísta, que el amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad, que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." (I Cor. 13: 4-7. Ver también I Cor. 6: 18-20). Por eso debemos decir que el Amor Verdadero Espera.

Juan Pablo II en su carta titulada La Vocación nos dice: “la unión de los cuerpos ha sido siempre el lenguaje más fuerte con el que dos seres pueden comunicarse entre sí. Y por eso mismo, un lenguaje semejante, que afecta al misterio sagrado del hombre y de la mujer, exige que no se realicen jamás los gestos del amor sin que se aseguren las condiciones de una posesión total y definitiva de la pareja, y que la decisión sea tomada públicamente mediante el matrimonio.” Añade luego: “… el serio compromiso del matrimonio es cimiento de un sólido edificio. No se puede alimentar un hogar con el fuego del placer que se consume rápidamente, como un puñado de hierba seca. Los encuentros ocasionales son simples caricaturas del amor, hierven los corazones y descarnan el plan divino.”

La búsqueda de la santidad y la búsqueda de la felicidad es una misma cosa. Sólo llegamos a la plenitud de la felicidad cuando somos fieles a aquello para lo cual fuimos creados, es decir, cuando somos fiel reflejo de la imagen de Dios. Es el camino para hacernos uno con Dios.



[1] FC hace referencia a la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II sobre la función de la familia cristiana en el mundo de hoy.
[2] El acrónimo se ha tomado de una de las campañas sociales que fomenta el grupo mariano que dirige Felipe Gómez León en Bogotá y Barranquilla. 

martes, 2 de agosto de 2016

II. La vocación al matrimonio. La vida religiosa.

El evangelio según San Mateo, en su capítulo 19, nos relata que Jesús a continuación de remitirnos al principio (Génesis 2, 24) para ver cómo es el matrimonio en el Plan de Dios, añade que hay hombres que se han hecho célibes por el Reino de los Cielos. Se trata de otro tipo de llamado al matrimonio, en esta ocasión con la Iglesia. Juan Pablo II expone cómo aquellos que de manera libre y voluntaria aceptan el llamado al celibato por el Reino de los Cielos preservan la verdad integra de su humanidad sin perder en el camino ninguno de los elementos esenciales (ya presentados) del llamado de la persona a ser imagen y semejanza de Dios.

“¿Cómo es posible esto? Buena pregunta. Nuestra bendita Madre, María de Nazaret hizo la misma pregunta por primera vez ante el extraordinario plan al que Dios la había destinado. Y la respuesta que recibió María de Dios Todopoderoso es la misma que nos da a nosotros: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti porque para Dios nada es imposible»”[1].

Juan Pablo II expone en su libro La Vocación que “La llamada de Jesús «Ven y sígueme» es una declaración de amor. Nuestra respuesta es entrega, amistad, amor manifestado en la donación de la propia vida, como seguimiento definitivo y como participación permanente en su misión y en su consagración. Decidirse es amarlo con toda el alma y con todo el corazón, de forma que ese amor sea la norma y el motor de nuestras acciones”[2]

“La vocación religiosa es un don libremente ofrecido y libremente aceptado. Es una profunda expresión del amor de Dios hacia vosotros y, por nuestra parte, requiere a cambio un amor total a Cristo. Por tanto toda la vida de un religioso está encaminada a estrechar el lazo de amor que fue primero forjado en el sacramento del bautismo”[3].

Explorando cómo se expresa la femeneidad en la vida religiosa, Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), monja carmelita, reflexionó que hacerse toda de otro para poseer a ese otro es el deseo más profundo del corazón femenino porque está naturalmente orientado hacia el otro. Sólo Dios es capaz de aceptar ese don ilimitado y aceptarlo en manera que no se pierda el alma sino que la gane. El principio de la vida religiosa es el pleno don de sí misma y la única vía posible donde tienen cumplimiento los deseos femeninos. Renunciar a toda posesión, a todo tipo de ligamen y unión humana y vital y a la renuncia de la propia voluntad.

Juan Pablo II dijo que le era grato reafirmar con fuerza el papel eminentemente apostólico de las monjas de clausura. Dejar el mundo para dedicarse -en la soledad- a una oración más profunda y constante no es más que una forma particular... de ser apóstol.

“«Haced lo que Él os diga». En estas palabras María expresa, sobre todo, el secreto más profundo de su vida. En estas palabras está toda Ella. Su vida, de hecho, ha sido un «Sí» profundo al Señor. Un «Sí» lleno de gozo y de confianza”[4];. María fue la primera consagrada a servir y a amar a Jesús.

------------------------------

[1] La Vocación explicada por Juan Pablo II. Pedro Beteta. Ediciones Palabra. Madrid. 2011.
[2] Ibid
[3] Ibid
[4] Ibid

viernes, 29 de julio de 2016

II. La vocación del matrimonio. El sacerdocio.

El caso del sacerdocio es un caso de especial importancia en donde se manifiesta la masculinidad. Los varones acuden a un seminario, cuya etimología proviene de semen semilla y arium lugar para que estén cosas o vivan allí. Se preparan para inseminar la semilla del Reino en la Iglesia. Es una labor que corresponde al sacerdote una vez reciben el sacramento del orden. Al igual que el matrimonio entre un varón y una mujer se consuma cuando se hacen una sola carne, el sacerdote consuma su matrimonio con la Iglesia la primera vez que preside la Eucaristía haciéndose uno con Cristo quien es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Jesús desnudo en la cruz entregó su cuerpo y su sangre a toda la Iglesia para consumar su matrimonio con ella. Son los sacerdotes quienes inseminan la Iglesia, su esposa, mediante la distribución del cuerpo de Cristo. Por eso el sacerdocio no es una profesión, sino una vocación a la paternidad espiritual[1].

Los discípulos fueron elegidos por el Maestro. La amistad que ofrece Jesús es completamente gratuita. Y el que se siente querido de Jesús también se siente obligado a ser un discípulo fiel y activo. Y esto es dar fruto[2].

Como conclusión a la vocación al matrimonio presentados en los sacramentos del matrimonio y el del orden sacerdotal, debemos reflexionar que la santidad es la respuesta de la Novia al Regalo que otorga el Novio. La novia es la Iglesia, cada uno de nosotros, y el novio es Dios. En el cielo el matrimonio que se consumará es el del ser humano con Dios.



[1] Christian West
[2] La Vocación explicada por Juan Pablo II. Pedro Beteta. Ediciones Palabra. Madrid. 2011.

martes, 26 de julio de 2016

II. La vocación del matrimonio. Entre un hombre y una mujer.

El Catecismo nos expone que la Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26- 27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" (Ap 19,7.9). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su "misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación "en el Señor" (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia (cf Ef 5,31-32).

El catecismo continúa: “Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal. Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos (Gn 3, 12); su atractivo mutuo, don propio del creador (Gn 2, 22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (Gn 3, 16b); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (Gn 1, 28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (Gn 3, 16-19). No obstante, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, que en su misericordia infinita, jamás les ha negado (Gn 3, 21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó «al principio». En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas que son consecuencia del pecado, "los dolores del parto" (Gn 3,16), el trabajo "con el sudor de tu frente" (Gn 3,19), constituyen también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de sí”.

Hay diversos textos en el antiguo testamento en que Dios compara el amor esponsal con el amor que Él siente por nosotros. Y lo que más rechaza es la infidelidad. (cf Oseas 1 - 11).

San Pablo nos dice: "Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable. Así mismo el esposo debe amar a su esposa como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo.» Esto es un misterio profundo; yo me refiero a Cristo y a la iglesia. En todo caso, cada uno de ustedes ame también a su esposa como a sí mismo, y que la esposa respete a su esposo." (Ef 5:25-33).

Christopher West, autor norteamericano centrado en la teología del cuerpo, reflexiona que el primer milagro de Jesús ocurrió en las bodas de Caná. Jesús quiere restaurar el vino, que significa la sangre, que significa la verdadera entrega, en las relaciones humanas, específicamente en el matrimonio, imagen de Dios.

Esa vocación a la unión total, eterna, libre, fiel y fecunda entre un hombre y una mujer es una llamada a la conformación de una familia.

viernes, 3 de junio de 2016

El Matrimonio

Ya explicados seis sacramentos, no debo dejar de lado el séptimo. El origen y pleno significado del matrimonio es explicado en otra entrada. En general, los protestantes están de acuerdo con los católicos en la mayoría de puntos, pero sólo en la mayoría. Luego de una corta introducción resalto algunos puntos importantes de diferencia.

Jesús en la conversación que se relata en Mateo 19 remite al libro del Génesis para referir cómo es el matrimonio en el Plan de Dios desde el principio. En Génesis 2, 24 se nos dice “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne”.     

En el matrimonio católico, los esposos se hacen una promesa mutua delante de Dios. Son ellos mismos los que se administran mutuamemnte el sacramento. El sacerdote sólo es un testigo. ¿Cuáles son esos votos? Los que hacen referencia a amarse de manera libre, total, eterna, fiel y fecunda: “… te quiero a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”, … “recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad a ti”, … “recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes que vamos a compartir”.

Pero si bien la presencia del sacerdote parece sólo accidental, ya que podrían ser otros los testigos, he aquí que la necesaria presencia del sacerdote en la Iglesia Católica obedece a una característica del matrimonio y es que se realiza en el seno de la comunidad. Las películas norteamericanas de hace algún tiempo mostraban frecuentemente escenas de una pareja que se escapaba a la ciudad de Las Vegas parta casarse a escondidas delante de un pastor que actuaba de testigo. Otras muchas películas muestran cómo se casan con la presencia de familiares y amigos al borde de un acantilado, con una vista magnífica, o al borde del mar, o en un jardín hermoso. En un ámbito católico esto no es posible. El matrimonio se realiza de manera pública en el seno de la comunidad, y la mayor y más perfecta asamblea del pueblo de Dios es la celebración Eucarística, en la que la Iglesia Universal se reúne, y se reúne en un lugar consagrado para tal efecto. Por eso, en el seno de la celebración de la misa es que se realizan los matrimonios católicos, en un templo, y por su puesto, con la presencia de un ministro ordenado. He ahí una diferencia importante con nuestros hermanos protestantes.

Luego de las promesas mutuas el sacerdote realiza una pregunta a los contrayentes: ¿están preparados para recibir responsable y amorosamente a sus hijos como don de Dios?, ¿y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?[3]. Esa pregunta tiene que ver con el rechazo a la contracepción, otro punto de diferencia con nuestros hermanos protestantes, explicada en otra entrada, y la voluntad expresa de educarlos en la fe.

Esa vocación a la unión libre, total, eterna, fiel y fecunda entre un hombre y una mujer es una llamada a la conformación de una familia. Es el llamado a ser fiel imagen y semejanza del Dios trino, comunidad de amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La familia es una comunidad de amor trinitaria: padre, madre e hijos.

Un tema que presenta dificultad para muchos católicos, incluso instruidos, es la indisolubilidad del matrimonio. El tema era claro para Jesús. “Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.»” (Marcos 10, 9-12).

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada… pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.” (Efesios 5, 25b-27 y 30-32). Pablo nos explica cómo el matrimonio entre varón y mujer es una imagen del matrimonio entre Jesús y la Iglesia. Decir que un matrimonio se disuelve es como decir que la unión entre Jesucristo y la Iglesia se disuelve, lo cual es imposible, ya que Dios no muda de parecer. La unión de un hombre y una mujer se consuma en el momento que se entregan el uno al otro en el altar del lecho nupcial. Cristo consumó en el altar de la Cruz su matrimonio con la Iglesia, no hay vuelta atrás.



[1]Texto del numeral 1602 del Catecismo de la Iglesia Católica.
[2] Ibid, numerales 1606 a 1609.
[3] Cantidades enormes de hombres y mujeres católicos están fracasando en el cumplimiento de las promesas que hicieron en el matrimonio de llevar a sus hijos a Cristo y criarlos en la fe de la Iglesia. (Basado en Thomas J. Olmsted, Obispo de Phoenix en su exhortación apostólica “Firme en la brecha”. 2015).

miércoles, 4 de mayo de 2016

Hilvanando una cadena: La ideología de género.

Sigamos hilvanando la cadena de las consecuencias de aceptar como existentes los derechos sexuales y reproductivos, tema discutido en la entrada anterior. Si consideramos válido socialmente, es decir, en la praxis y en la ley, desligar mi dimensión biológica de mi dimensión espiritual en pro del goce sexual y por tanto evitar el embarazo a como dé lugar, incluido el asesinato en el vientre, como ya ha quedado de manifiesto en las leyes aprobadas, queda supuesto inmediatamente que el goce sexual puede ser buscado de diversas maneras. Entonces, queda supuesto como consecuencia que coartar la búsqueda de ese placer es injusto. Ya estamos entrando en la siguiente fase. No sería sólo injusto sino que quien mantenga esa visión es intolerante. ¿Intolerante a qué? A buscar regocijarse de múltiples maneras: con la mujer del vecino, o intercambiando parejas, o mujer con mujer, u hombre con hombre, o con menores de edad. Son las consignas del grupo de presión LGBT a nivel mundial.

Eliminar el valor intrínseco de la dignidad de la persona humana, independientemente de su estado o condición como fundamento ético, es lo que abre la puerta a consecuencias funestas. Es decir, es algo similar a legislar que las escuelas de ingeniería y arquitectura deben dejar de enseñar que las construcciones deben tener cimientos. ¿Qué obtenemos?

Los extremistas LGBT proclaman ante los legisladores y los medios de comunicación que aceptar el valor intrínseco de la dignidad de la persona humana lleva a que la sociedad sea discriminatoria con las personas que tienen inclinaciones sexuales por personas de su mismo sexo. Es una aseveración falsa. El valor intrínseco de la dignidad de la persona humana proclama que la naturaleza y la dignidad son independientes de toda situación o condición. La sociedad debe acoger a las personas que tienen inclinaciones sexuales por personas de su mismo sexo, pero dicha acogida no implica que se deban incluir en la ley y en la praxis unos pretendidos derechos sexuales y reproductivos. Si la sociedad discrimina está errando y debe proponer y ejecutar correctivos, pero estos correctivos no son eliminar el cimiento de los derechos humanos ni crear artificialmente algo que denominen derecho humano pero que se salta su esencia.

Los extremistas LGBT también proclaman que aceptar el valor intrínseco de la dignidad de la persona humana lleva a que la sociedad descarte de plano la discusión sobre el matrimonio homosexual, violando el derecho a la igualdad. Esa es otra aseveración basada en una premisa falsa. El origen etimológico de la palabra matrimonio es del latín: matrem (mujer) y monium (calidad de), es decir, hace referencia a “las cosas de la maternidad”. Y el origen jurídico también proviene de allí. No tiene sentido hablar sobre “las cosas de la maternidad” en relaciones homosexuales o lesbianas. Eso no implica que los homosexuales no tengan derechos. Pero no los tienen en función a su condición de homosexuales. Los tienen en función a que son personas humanas y en tal sentido, tienen los mismos derechos que cualquier persona humana. No es necesario que tengan derechos específicos y si los necesitasen, no deben ser asimilados al matrimonio y a la familia. Son situaciones diferentes que no se deben mezclar del mismo modo que no se debe mezclar la legislación para el sector de seguros con la del sector minero. Son cosas diferentes, así ambas coexistan en nuestra sociedad.

Es importante entender que violamos el principio del valor intrínseco de la dignidad de la persona humana cuando legislamos en función a situación o condición. Es lo que se hace cuando abrimos la puerta a la legislación “inclusiva” tal como se entiende hoy en día. La filosofía de la “inclusión” es que a partir de que cada ser humano tiene características, intereses, capacidades y necesidades distintas deben involucrarse cambios y modificaciones en la sociedad, bajo una visión común, que incluya a todos en la convicción de que es la responsabilidad del sistema social atender la amplia diversidad de dichas características y necesidades. El grupo de presión LGBT entiende esto como incorporar lo que ellos denominan derechos sexuales y reproductivos en la lista de los derechos humanos.

La educación de las nuevas generaciones en la perspectiva de la búsqueda del propio placer, lo que se llama hedonismo, es una estrategia enfocada a ganar apoyo. Las cátedras en derechos sexuales y reproductivos se han introducido de manera obligatoria en los colegios. En dichas cátedras no es válida la visión del rechazo al deseo del placer con el objeto de darle paso a la llamada a un amor que busque el bien del otro, en otras palabras, no se permite exponer la castidad, ni exponer la opción de postergar las relaciones sexuales hasta el matrimonio, ni siquiera hasta la mayoría de edad. Tampoco es válido mencionar que el hedonismo fomenta una visión de uso del otro cual objeto desechable, ni mencionar una visión alternativa que explore cómo ser capaces de un amor auténtico. Lo que es válido exponer es la autoexploración del cuerpo para determinar dónde y cómo se obtiene mayor placer. No es válido explicar que la bioquímica y la psicología del placer son adictivas y que cada vez es necesaria mayor novedad, que dicha adicción va atrapando por encima de su voluntad a muchas personas de manera viciosa en el sexo. No es válido hablar que el hedonismo lleva a perder el sentido de la fidelidad y por tanto hace inviable la estabilidad familiar.

Este último punto es importante. La búsqueda del placer hace insatisfactorias las relaciones de pareja estables. El usar al prójimo se vuelve monótono. El placer exige variedad de parejas y experiencias. El matrimonio se vuelve una alternativa no deseable.

La búsqueda del placer también hace válida la pornografía como medio personal de explorar la fantasía. No es permitido mencionar que tal posibilidad nos ata a fantasías que ninguna pareja real podrá satisfacer, malogrando la posibilidad de una relación sentimental que trascienda lo físico y que llegue a ser estable y plena.

La Ley debe preservar el principio del valor intrínseco de la dignidad de la persona humana sin distingo de situación y condición, y el gobierno debe procurar la protección del Estado a las personas más débiles, precisamente en razón a situación y condición. Puede que en ciertos sectores de la sociedad las personas con orientación sexual hacia personas del mismo sexo sean los débiles y es lícito reforzar que puedan ejercer sus derechos. Pero en general, los más débiles son los enfermos, los ancianos y los niños. Enfermos, ancianos y niños de cualquier situación socioeconómica, raza, credo u orientación sexual.

Pero la filosofía del derecho sexual y reproductivo busca evitarlos. Busca evitar que haya enfermos mediante la clasificación de los bebes no nacidos en viables y no viables. No viables son los que probablemente nazcan con malformaciones, los que tengan “enfermedades” tales como síndrome de Down, microcefalia u otras que afectan el intelecto, o aquellos con probabilidades, dictadas por el ADN, de que en un futuro desarrollen enfermedades incurables. Es el aborto selectivo. En fin, dado el aborto, es posible seleccionar quienes vivirán y quiénes no. Es lo que se denomina la eugenesia. La selección a criterio de los más fuertes de quiénes merecen vivir y quiénes no.

En los países donde el aborto es legal desde hace poco tiempo, sólo es aceptado dicho asesinato si se realiza dentro del primer trimestre de embarazo. Otros países que llevan más tiempo, lo aceptan si se realiza dentro del primer semestre de embarazo. Unos pocos ya hablan de la permisividad en cualquier tiempo de gestación, pero claro, si es por razones médicas. Los países considerados más progresistas ya están discutiendo en sus cámaras legislativas la permisividad durante el primer trimestre luego del parto. Siempre por razones médicas. Lo uno va llevando a lo otro. La pérdida de vista del valor intrínseco de la dignidad de la persona humana va llevando a una audacia cada vez mayor.

Los países en donde es aceptada la eutanasia sólo la permiten sobre ancianos o sobre personas que han permanecido en estado de coma por un prolongado tiempo, bajo el consentimiento previo del individuo. Los que llevan mayor tiempo con dicha legislación permiten ahora que sean los familiares quienes determinen si es deseable acabar con el sufrimiento del pariente, sobre todo si se trata del padre o la madre. Es válido incluir consideraciones económicas sobre el costo de mantener viva a dicha persona y no hará falta el consentimiento del sujeto sobre el cual se está decidiendo la muerte.

Los gobiernos están permitiendo que las personas con mayor fortaleza política y económica en un momento dado decidan sobre la vida o la muerte de los más débiles: los niños, los enfermos y los ancianos. Una vez aceptado el asesinato selectivo por la sociedad, los criterios con base en los cuales se determine irán cambiando de acuerdo a la ideología imperante. Los gobiernos han perdido de vista el valor intrínseco de la vida humana. Y nosotros, los ciudadanos, somos testigos impávidos y acríticos. Los pocos que levantan su voz son tachados de intolerantes y anti progresistas. Se instaura la dictadura de la tolerancia: sólo se permite ser tolerante, no se permite contradecir.

Anticoncepción, aborto y hedonismo, es decir, los derechos sexuales y reproductivos son sólo un componente de un ideario más ambicioso, el de la ideología de género. Esta ideología abarca también, como se ha expuesto, la eutanasia, la eugenesia, la cátedra del hedonismo, y la supresión de toda oposición en una cadena de eslabones bien proyectada. Todo conduce a un totalitarismo, lo más contrario a la libertad democrática buscada por los individuos que componen la sociedad.

viernes, 8 de abril de 2016

Razones por las cuales no es posible el concepto de “matrimonio homosexual”.

Ayer, en una decisión sin precedentes, la Sala Plena de la Corte Constitucional de Colombia decidió que la unión de dos personas del mismo sexo se puede llamar "matrimonio" y por tanto abre paso para que tengan los mismos derechos y deberes que las parejas heterosexuales.

Es un sinsentido desde varios puntos de vista, pero aquí lo expongo desde el punto de vista doctrinal basado en la Teología del cuerpo de san Juan Pablo II, la carta encíclica 'Dios es Amor' (Deus caritas est) de Benedicto XVI y otros documentos del magisterio de la Iglesia.

En el matrimonio cristiano, los esposos se hacen promesas mutuas delante de Dios. Son ellos mismos los que se administran mutuamente el sacramento. El sacerdote sólo es un testigo[1]. ¿Cuáles son esas promesas o votos? “: … te quiero a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”,… “recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad a ti”,… “recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes que vamos a compartir”.

Hasta este punto las promesas indican una alianza mutua de entrega libre, total, eterna y fiel.

En caso que las promesas hayan sido realizadas bajo coacción de cualquier tipo, indica la nulidad, por cuanto falta el componente de libertad.

Si previamente al acto de promesa mutua, hay algún evento de importancia que uno de los promitentes conoce y no ha manifestado al otro, carecería del elemento de entrega total, ya que se ha reservado algo para sí mismo. Un evento de importancia serían antecedentes de una enfermedad mental y/o psicológica, actos delictivos en los que la legislación considera la prisión como castigo o una situación legal de vínculo tal como un matrimonio previo válido. También es de importancia omitir situaciones sabidas de antemano y que afectan directamente a la situación de la pareja: infertilidad, una tendencia homosexual, o una relación sentimental simultánea al momento del matrimonio. Pueden ser razones muy diversas.

La entrega ha de ser de carácter exclusivo, y bajo la premisa de que se permanecerá en fidelidad.

La promesa se realiza hasta el momento de la muerte, dándole un cariz de promesa eterna en cuanto a la vida corporal. Por ello se insiste en que la promesa abarca salud y enfermedad, situaciones de alegría y aquellas de dolor y angustia. Una unión en que alguno de los contrayentes, o ambos, no expresen o no tengan intención de hacer de este compromiso uno que abarque todos los días de su vida, es inválido ya que la protección  de la Iglesia, y en esto coincide con la que debe dar el  Estado, se da siempre a los miembros más débiles y en el caso del matrimonio esos son el miembro que caiga enfermo, por falta de salud o por deterioro natural consecuencia de la edad, o el fruto natural del matrimonio, es decir, la prole, y su bienestar está mediado por la estabilidad familiar. Y la estabilidad familiar se da en cuanto haya fidelidad mutua en las promesas y a las promesas.

Y he aquí que ya hemos mencionado el quinto elemento de promesa mutua: la fecundidad. Una pregunta que realiza el sacerdote a los contrayentes es: ¿están preparados para recibir responsable y amorosamente a sus hijos como don de Dios?, ¿y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?[2]

La justicia supone buena fe y debe considerar válido que dos personas deseen realizar compromisos de carácter mutuo. De hecho, desde un punto de vista civil se han realizado durante muchos años. Para efectos de la presente exposición, supongamos que uno de estos acuerdos civiles es realizado por dos personas con tendencia homosexual, y lo realizan con carácter libre, total, que abarcan el periodo hasta el momento de la muerte y en mutua fidelidad, pero es imposible que considere la fecundidad.

La carencia de fecundidad hace inviable desde el punto de vista formal el matrimonio homosexual, pero una visión positivista del derecho podría involucrar elementos en que se subsanara dicha falencia si se añade en la legislación el compromiso de “adopción”. No obstante, la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador: “El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas (Gn 4, 1-2; 4, 25-26; 5, 1). Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la paternidad de Dios. De este modo, en primer lugar, la sexualidad entre personas del mismo sexo no es imagen en la carne de la generosidad y la fecundidad de Dios. Por eso los católicos decimos que la actividad homosexual es un desorden de carácter moral. Se queda en la sensualidad y en lo temporal, sin trascender.

En segundo lugar, la prole no es un derecho sino el don más excelente del matrimonio. Son personas humanas[3]. El hijo o hija no puede ser considerados como un objeto de propiedad, a lo que conduciría el reconocimiento de un pretendido “derecho a la adopción”. A este respecto, sólo los hijos poseen verdaderos derechos: el de ser el fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y el de ser respetado como persona desde el momento de su concepción.

Para el cristiano, el matrimonio no es sólo la expresión de una voluntad del ser humano, sino la respuesta a un llamado, a una vocación. Esa vocación a la unión libre, total, eterna, fiel y fecunda entre un hombre y una mujer es una llamada a la conformación de una familia. Es el llamado a ser fiel imagen y semejanza del Dios trino, comunidad de amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La familia es una comunidad de amor trinitaria: padre, madre e hijos. El amor de Dios es así: libre, total, eterno, fiel y fecundo.

Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de los cónyuges ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia y la sociedad.

Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad.

En tercer lugar, los católicos entendemos el amor conyugal como una entrega de la propia vida en pro de la felicidad del otro. El pecado original consistió en darle la espalda al amor de Dios y considerar que no lo necesitaríamos al hacernos como Él. Una de las consecuencias fue la tergiversación del significado del cuerpo. Mientras para el hombre original el cuerpo era la manifestación visible de realidades invisibles como por ejemplo la capacidad que tenemos de expresar el amor entregándonos al otro y valorándolo por sí mismo, no por lo que me pueda dar, para el hombre histórico, es decir, el ser humano después de la pérdida de la inocencia originaria, pasamos a ver al otro como objeto de nuestro deseo. Es válido el amor entre cualquier par de personas, pero en la castidad.

El Magisterio de la Iglesia enseña que la castidad es 'la energía espiritual que libera el amor del egoísmo y de la agresividad". La castidad es esa virtud, o hábito bueno, que hace que el ser humano sea capaz de dominar sus pasiones, para poner su sexualidad al servicio del verdadero amor. Si la persona no se domina a ella misma, o sea, no se posee a ella misma, no puede darse a sí misma. Sin la castidad, el "amor se hace progresivamente egoísta, es decir, deseo de placer y no ya don de sí”. El amor entre dos personas debe darse sobre la virtud de la castidad. Sólo en el matrimonio, ese doble bien, el de los esposos y el de la transmisión de la vida es el que lleva a considerar como virtud la sexualidad, en la castidad.

Queda explicado cómo no es factible denominar “matrimonio” a un compromiso entre dos personas del mismo sexo desde el punto de vista doctrinal de la Iglesia Católica.




[1] Es testigo por cuanto, en el matrimonio cristiano, la alianza se hace inmersa en la vida de la Iglesia, por ello siempre se busca realizarlo en un templo, acompañado del sacramento de la Eucaristía como principal actividad eclesial de la asamblea del pueblo de Dios.
[2] Cantidades enormes de hombres y mujeres católicos están fracasando en el cumplimiento de las promesas que hicieron en el matrimonio de llevar a sus hijos a Cristo y criarlos en la fe de la Iglesia. (Basado en Thomas J. Olmsted, Obispo de Phoenix en su exhortación apostólica “Firme en la brecha”. 2015).
[3] Catecismo de la Iglesia Católica 2378