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viernes, 26 de abril de 2019

Dios como la base de nuestra vida.

En tiempo de Pascua se lee, además de los Hechos de los Apóstoles, el Apocalipsis: "Tocó el tercer Angel... Entonces cayó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre los manantiales de agua. La estrella se llama Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y mucha gente murió por las aguas, que se habían vuelto amargas." (Ap 8, 10-11)

En la Biblia, el agua salada suele indicar al mundo y el agua dulce a la Gracia del Espíritu Santo. Que la tercera parte de las aguas de los ríos y los manantiales de agua se convirtiesen en ajenjo es una manera de continuar meditando sobre el último tema: la llaga de Job. Quienes administran la Gracia en la Iglesia, el cuerpo místico de Cristo, son los sacerdotes. La visión de Juan nos advierte que la tercera parte de ellos se volvieron amargos y mucha gente murió para la vida eterna a causa de esto. Por esto pienso que la tercera trompeta ya ha sonado. O está sonando.

Benedicto XVI, el papá emérito diagnostica la causa en su carta de este año:

"¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado. Solo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro (de nosotros mismos) lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros.

Primero, sugeriría lo siguiente: si realmente quisiéramos resumir muy brevemente el contenido de la fe como está en la Biblia, tendríamos que hacerlo diciendo que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, solo puede ser, al final, que entremos en este amor. Es la verdadera fuerza contra el mal, ya que el poder del mal emerge de nuestro rechazo a amar a Dios. Quien se confía al amor de Dios es redimido. Nuestro ser no redimido es una consecuencia de nuestra incapacidad de amar a Dios. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención humana.

Tratemos de desarrollar un poco más este contenido esencial de la revelación de Dios. Podemos entonces decir que el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede entonces tener sentido.

Existe un Dios como creador y la medida de todas las cosas es una necesidad primera y primordial, pero un Dios que no se exprese para nada a sí mismo, que no se hiciese conocido, permanecería como una presunción y podría entonces no determinar la forma [Gestalt] de nuestra vida. Para que Dios sea realmente Dios en esta creación deliberada, tenemos que mirarlo para que se exprese a sí mismo de alguna forma. Lo ha hecho de muchas maneras, pero decisivamente lo hizo en el llamado a Abraham y que le dio a la gente que buscaba a Dios la orientación que lleva más allá de toda expectativa: Dios mismo se convierte en criatura, habla como hombre con nosotros los seres humanos.

En este sentido la frase “Dios es”, al final se convierte en un mensaje verdaderamente gozoso, precisamente porque Él es más que entendimiento, porque Él crea –y es– amor para que una vez más la gente sea consciente de esta, la primera y fundamental tarea confiada a nosotros por el Señor.

Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días fue que se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y no tiene nada que ofrecerle. Y esa es la razón por la que es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más. En puntos individuales, de pronto parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión de rutina.

Ese es el caso con la pedofilia. Se teorizó solo hace un tiempo como algo legítimo, pero se ha difundido más y más. Y ahora nos damos cuenta con sorpresa de que las cosas que les están pasando a nuestros niños y jóvenes amenazan con destruirlos. El hecho de que esto también pueda extenderse en la Iglesia y entre los sacerdotes es algo que nos debe molestar de modo particular.

¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? Al final de cuentas, la razón es la ausencia de Dios. Nosotros, cristianos y sacerdotes, también preferimos no hablar de Dios porque este discurso no parece ser práctico. Luego de la convulsión de la Segunda Guerra Mundial, nosotros en Alemania todavía teníamos expresamente en nuestra Constitución que estábamos bajo responsabilidad de Dios como un principio guía. Medio siglo después, ya no fue posible incluir la responsabilidad para con Dios como un principio guía en la Constitución europea. Dios es visto como la preocupación partidaria de un pequeño grupo y ya no puede ser un principio guía para la comunidad como un todo. Esta decisión se refleja en la situación de Occidente, donde Dios se ha convertido en un asunto privado de una minoría.

Una tarea primordial, que tiene que resultar de las convulsiones morales de nuestro tiempo, es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Por encima de todo, nosotros tenemos que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida en vez de dejarlo a un lado como si fuera una frase no efectiva. Nunca olvidaré la advertencia del gran teólogo Hans Urs von Balthasar que una vez me escribió en una de sus postales: “¡No presuponga al Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, preséntelo!”.

De hecho, en la teología Dios siempre se da por sentado como un asunto de rutina, pero en lo concreto uno no se relaciona con Él. El tema de Dios parece tan irreal, tan expulsado de las cosas que nos preocupan y, sin embargo, todo se convierte en algo distinto si no se presupone sino que se presenta a Dios. No dejándolo atrás como un marco, sino reconociéndolo como el centro de nuestros pensamientos, palabras y acciones.

Dios se hizo hombre por nosotros. El hombre como Su criatura es tan cercano a Su corazón que Él se ha unido a sí mismo con él y ha entrado así en la historia humana de una forma muy práctica. Él habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y asumió la muerte por nosotros. Hablamos sobre esto en detalle en la teología, con palabras y pensamientos aprendidos, pero es precisamente de esta forma que corremos el riesgo de convertirnos en maestros de fe en vez de ser renovados y hechos maestros por la fe.

Consideremos esto con respecto al asunto central: la celebración de la Santa Eucaristía. Nuestro manejo de la Eucaristía solo puede generar preocupación. El Concilio Vaticano II se centró correctamente en regresar este sacramento de la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo, de la presencia de Su persona, de su Pasión, Muerte y Resurrección, al centro de la vida cristiana y la misma existencia de la Iglesia. En parte esto realmente ha ocurrido y deberíamos estar agradecidos al Señor por ello.

Y sin embargo prevalece una actitud muy distinta. Lo que predomina no es una nueva reverencia por la presencia de la muerte y resurrección de Cristo, sino una forma de lidiar con Él que destruye la grandeza del Misterio. La caída en la participación de las celebraciones eucarísticas dominicales muestra lo poco que los cristianos de hoy saben sobre apreciar la grandeza del don que consiste en Su Presencia real. La Eucaristía se ha convertido en un mero gesto ceremonial cuando se da por sentado que la cortesía requiere que sea ofrecido en celebraciones familiares o en ocasiones como bodas y funerales a todos los invitados por razones familiares.

La forma en la que la gente simplemente recibe el Santísimo Sacramento en la comunión como algo rutinario muestra que muchos la ven como un gesto puramente ceremonial. Por lo tanto, cuando se piensa en la acción que se requiere primero y primordialmente, es bastante obvio que no necesitamos otra Iglesia con nuestro propio diseño. En vez de ello se requiere, primero que nada, la renovación de la fe en la realidad de que Jesucristo se nos es dado en el Santísimo Sacramento."


Extracto de la carta del papa emérito Benedicto XVI a la Iglesia Católica.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Lo bello, lo bueno y lo santo.

Los conversos eminentes tienen interés por cuanto usualmente son personas que nacieron fuera del contexto de la Iglesia Católica y por tanto aportan una mirada fresca a las riquezas del catolicismo que no son vistas por los propios católicos que nacieron inmersos en ésta. Solemos dar por sentadas muchas cosas sin ser capaces de apreciar su belleza.

Para explicar el tema, quiero transcribir una descripción dada por John Henry Newman en su novela Perder y Ganar[1]: En el capítulo séptimo de la Primera Parte el protagonista se hace preguntas sobre la razonabilidad de la fe: "Siempre he pensado que la razón era un don general y la fe un don particular, personal. Si la fe es realmente racional, todos deberían darse cuenta de que es racional, pero, según eso, será que no es racional. Pero, ¿cómo vamos a encontrar la verdad si no es mediante la razón?". Luego se responde a sí mismo: "Los hombres nos movemos por sentimientos, por pasiones, por el sentido de lo bello, lo bueno y lo santo. Religión es hermosura: nubes, sol y cielo, los campos, los bosques, todo es religión." Luego continúa, haciendo referencia a que en la Iglesia Católica “.. el celebrante, el diácono, los acólitos con cirios, el incienso, los cantos, todo apuntando a un mismo fin, a un solo acto de culto. Notas que realmente estás adorando; todos tus sentidos, ojos, oídos, el olor, todo te dice que se está llevando a cabo un acto de culto ... el coro cantando el Kyrie y el sacerdote y sus ayudantes, inclinados, diciéndose el «Yo confieso» unos a otros. Esto es adoración y está a años luz por encima de la razón."

El punto no es menor. Algunas denominaciones protestantes procuraban ser muy austeras en tiempos de Newman, y la facción pro protestante de la Iglesia Anglicana entendía la liturgia muy centrada en La Palabra, sin adornos. Por el contrario la Iglesia Católica siempre ha llenado la Liturgia de signos que resaltan el contenido del culto, y aprovechan los cincos sentidos para transmitir el mensaje: los gestos, las luces, el humo de los cirios en la atmósfera, los colores litúrgicos, la música y los cantos, el incienso, el abrazo de la paz, los responsorios, las oraciones comunes, ... el ser humano en su integridad cuerpo-alma elevan a Dios su plegaria y su alabanza.

En el capítulo veinte de la Segunda Parte de la misma novela Newman pone en boca de un amigo del protagonista, converso al catolicismo, la descripción de sus sentimientos por la Misa: "No se trata de recitar unas palabras. Es una gran Acción, la Acción más grande que puede darse en la tierra. Es no solo la invocación sino ... la evocación del Dios Eterno. El que hace temblar a los demonios, el que recibe la reverencia constante de los ángeles, Él mismo se hace presente sobre el altar en cuerpo y sangre. Ése es el hecho sobrecogedor que da sentido a toda la Misa. Las palabras hacen falta, pero sólo como medios, no como fines. Las palabras hacen mucho más que dirigirse al trono de la gracia, son instrumentos de algo que es mucho más alto: la consagración, el sacrificio. Que todo es muy apresurado, dices tú ... Sí, las palabras van rápidas..., como si estuvieran impacientes por cumplir su misión. Son rápidas; todo es rápido, porque todas son partes de una acción única. Son rápidas, porque son las palabras impresionantes de un sacrificio, algo demasiado grande como para demorarse en ellas. «Lo que has de hacer, hazlo rápido». Pasan de prisa porque el Señor Jesús pasa con ellas; como pasó de prisa por el lago llamando primero a uno, después a otro. Pasan rápidas, porque como el relámpago reluce de una parte a otra del cielo, así es la venida del Hijo del Hombre. Pasan rápido, porque son como las palabras de Moisés invocando el nombre de Dios, que descendía cubriéndole con su nube. Como Moisés en la montaña, nosotros también «corremos e inclinamos la cabeza hasta el suelo, adorando». Nosotros también, no solo el sacerdote, cada uno desde su sitio y en todas partes anhelamos el gran advenimiento, «aguardamos el movimiento del agua». Cada uno en su sitio, desde su corazón, sus deseos, sus pensamientos, sus intenciones, con su propia petición; distintos pero unidos, contemplando lo que pasa, contemplando cómo pasa, uniéndose a la consumación de todo aquello... y no limitándose a seguir de principio a fin, aburrido y cansado, unas fórmulas monótonas; todos y cada uno. Como instrumentos musicales, distintos y unánimes, participando con el sacerdote de Dios, apoyándole, guiados por él, lanzamos al cielo una plegaria de valor infinito..."

Este extracto creo que da cuenta del atractivo de la prosa del cardenal Newman. En la próxima entrada tocaremos otras de sus reflexiones.


[1] Perder y ganar. John Henry Newman. Editorial Encuentro. 5ta edición. Madrid 2017. Pags. 313 y 314.

miércoles, 7 de junio de 2017

Los padres de la Iglesía (III)

San Cirilo (315 - 386). Nacido en Cesaréa Marítima, ciudad situada al norte de la región de Samaria. Fue una ciudad portuaria construida por Herodes el Grande entre los años 25 y 13 a.C., y se convirtió en la capital administrativa romana de la provincia a comienzos del año 6 a.C. En 1961 se descubrió en esta ciudad la Piedra de Pilato, el único objeto arqueológico que menciona al prefecto romano Poncio Pilato, que ordenó la crucifixión de Jesús.

San Cirilo fue un obispo de Jerusalén, declarado doctor de la Iglesia en 1883. Hay que contextualizarlo en el Concilio de Nicea y en las disputas contra los arrianos. Eso lo llevó en una ocasión a retirarse a Tarso. En ese tiempo fue oficialmente encargado de vender propiedades de la Iglesia para ayudar a los pobres, al parecer una excusa para apartarlo de enseñar la doctrina del Concilio de Nicea y no la arriana en su catecismo.

Más tarde fue exiliado de Jerusalén, hasta la ascensión del emperador Juliano el Apóstata que le permitió regresar. Pero el emperador Valente, que era arriano, lo volvió a deportar en el año 367. Posteriormente participó en el Primer Concilio de Constantinopla (381). En ese concilio, votó por la aceptación del término homoioussios en el entendido de que hay consubstancialidad de las tres personas de la Trinidad[1], en referencia a la naturaleza de Dios.[2]

He aquí un escrito suyo acerca de la catolicidad[3]:

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

Con toda propiedad se la llama Iglesia o convocación, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entrada de la Tienda de Reunión. Y es de notar que la primera vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es precisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Convoca el pueblo a asamblea, para que yo le haga oír mis palabras y aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, de en medio del fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis.» También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.

Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno no la derrotarán.

En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que estaba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis -dice el Señor de los ejércitos-, añadiendo a continuación: Desde el oriente hasta el poniente es grande mi nombre entre las naciones.

Acerca de esta misma santa Iglesia católica escribe Pablo a Timoteo: Sabrás ya de este modo cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.

En un escrito de sus Catequesis, menciona su enseñanza sobre el Cuerpo y la Sangre[4]:

1. Incluso esta sola enseñanza de Pablo sería suficiente para daros una fe cierta en los divinos misterios. De ellos habéis sido considerados dignos y hechos partícipes del cuerpo y de la sangre del Señor. De él se dice que «la noche en que fue entregado» (I Cor 11,23), nuestro Señor Jesucristo «tomó pan, y después de dar gracias, lo partió» (1 Cor 11,23-24) «y, dándoselo a sus discípulos, dijo: "tomad, comed, éste es mi cuerpo". Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: "Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre"» (Mt 26,26-28). Así pues, si es él el que ha exclamado y ha dicho acerca del pan: «Este es mi cuerpo», ¿quién se atreverá después a dudar? Y si él es el que ha afirmado y dicho: «Esta es mi sangre», ¿quién podrá dudar jamás diciendo que no se trata de su sangre?

2. En una ocasión, en Cana de Galilea, cambió el agua en vino (Jn 2,1-10), que es afín a la sangre. ¿Y ahora creeremos que no es digno de fe al cambiar el vino en sangre? Invitado a unas bodas humanas, realizó aquel prodigio admirable. ¿No confesaremos mucho más que a los hijos del tálamo nupcial les dio para su disfrute su propio cuerpo y sangre?

3. Por ello, tomémoslo, con convicción plena, como el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues en la figura de pan se te da el cuerpo, y en la figura de vino se te da la sangre, para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas partícipe de su mismo cuerpo y de su misma sangre. Así nos convertimos en portadores de Cristo, distribuyendo en nuestros miembros su cuerpo y su sangre. Así, según el bienaventurado Pedro, nos hacemos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4).

4. En cierta ocasión, discutiendo Jesús con los judíos, decía: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6,53). Pero como aquellos no entendiesen en sentido espiritual lo que se estaba diciendo, se retiraron ofendidos (cf. 6,60) creyendo que les invitaba a comer carnes.

5. Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la proposición; pero, puesto que se referían a una alianza caduca, tuvieron un final. Pero, en la nueva Alianza, el pan es celestial y la bebida saludable, y santifican el alma y el cuerpo. Pues, como el pan le va bien al cuerpo, así también el Verbo le va bien al alma.

6. Por lo cual no debes considerar el pan y el vino (de la Eucaristía) como elementos sin mayor significación. Pues, según la afirmación del Señor, son el cuerpo y la sangre de Cristo. Aunque ya te lo sugieren los sentidos, la fe te otorga certidumbre y firmeza. No calibres las cosas por el placer, sino estáte seguro por la fe, más allá de toda duda, de que has sido agraciado con el don del cuerpo y de la sangre de Cristo.

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[1] http://www.mercaba.org/VocTEO/H/homoousios.htm bajado el 8 de junio de 2017
[2] Wikipedia.
[3] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/sync/2017/jun/07/oficio.htm
[4] http://www.mercaba.org/TESORO/CIRILO_J/Cirilo_24.htm bajado el 8 de junio de 2017

martes, 23 de agosto de 2016

¿Cuando se estableció la misa?

Otro mito difundido entre los protestantes es que la misa fue establecida en el año 1,100 d.C., así que promulgan que ni los apóstoles ni la primitiva iglesia cristiana sabían de ella.

Pero tenemos en la patristica muchas referencias, entre ellas[1].

Ignacio de Antioquía, a quien se conoce como uno de los padres apostólicos de la Iglesia por la fecha en que vivió. Se considera que murió mártir alrededor del año 110 d.C. En su carta a los romanos (7:3) escribe "el pan es la carne de Jesucristo, el vino la sangre". Y en su carta a los Esmirniotas (6:2-7:1): "algunos malos se apartan de la iglesia por no confesar que la Eucaristía es la carne de nuestro salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados". Éstas son dos de siete cartas que redactó en el transcurso de unas pocas semanas, mientras era conducido desde Siria a Roma para ser ejecutado

La Enseñanza de los doce apóstoles o Enseñanza del Señor a las naciones por medio de los doce apóstoles, conocida comúnmente como Didaché es una obra de la literatura cristiana primitiva que pudo ser compuesta en la segunda mitad del siglo I, acaso antes de la destrucción del Templo de Jerusalén por uno o varios autores. En el capítulo 9 exponen las oraciones del ofertorio de la misa:

“Respecto a la acción de gracias, lo haréis de esta manera: Primeramente sobre el cáliz: «Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de tu siervo Jesús. A ti sea la gloria por los siglos. »

Luego sobre el fragmento de pan: «Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestastes por medio de tu siervo Jesús. A ti sea la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso por los montes y después, al ser reunido, se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente.»

Pero que de vuestra acción de gracias coman y beban sólo los bautizados en el nombre del Señor, pues acerca de ello dijo el Señor: No deis lo santo a los perros. Después de saciaros, daréis gracias de esta manera: «Te damos gracias, Padre Santo, por tu santo nombre que hiciste morar en nuestros corazones, y por el conocimiento y la fe y la inmortalidad que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos. Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por causa de tu nombre y diste a los hombres comida y bebida para que disfrutaran de ellas. Pero, además, nos has proporcionado una comida y bebida espiritual y una vida eterna por medio de tu Siervo. Ante todo, te damos gracias porque eres poderoso. A ti sea la gloria por los siglos. »”

Justino Martir fue uno de los primeros apologístas (defensores de la fe) cristianos. Nació entre el año 100 y el 114 d.C. y murió entre el año 162 y 168 d.C.. En su Primera Apología, en el capítulo 66, Justino dice que el pan no es cualquier pan ni el vino cualquier bebida, sino Jesús que por el poder de su palabra nos alimenta con su cuerpo y su sangre, el mismo cuerpo y sangre de nuestra naturaleza que él toma al hacerse hombre. "Porque recibimos de los Apóstoles que Jesús dijo «Esto es mi sangre y se les dio»".

Ireneo de Lyon fue obispo de dicha ciudad desde el 189 d.C. Escribió el tratado "Contra las herejías" en cinco tomos. En 4:32-33, escribió: "El vino y el pan, al recibir las palabras de la consagración, se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo".

Clemente de Roma, Papa, discípulo de los apóstoles y que murió entre el año 97 y el 101 d.C. en su carta a los Corintios escribe que "Tenemos que hacer todo lo posible para presentar las ofrendas y ritos sagrados en los tiempos especificados por el Señor, de una manera ordenada y no al azar, y en los tiempos y horas prescritos. Se celebrará, según su excelsísima voluntad, cumplir todo escrupulosamente de acuerdo a su beneplácito."[2]

Por tanto, los ritos sagrados son mencionados por discípulos de los propios apóstoles y tienen menciones claras en la primera Iglesia.



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[1] Tomado de http://luxdomini.net/_ap/contenido1/debateucaristia1.htm el 1 de junio de 2016 y de Wikipedia.
[2] Traducción libre (ayudado del traductor de google) de "Cunctus ordine debemus facere, quae nos Dominus statutis temporibus peragere iussit, oblationes scilicet et officia sacra perfici, neque temere et inordinate fieri praecepit, sed statutis temporibus et horis. Ubi etiam et a quibus celebrari vult, ipse excelsissima sua voluntate definivit, ut religiose omnia secundum eius beneplacitum adimpleta, accepta essent voluntati eius", a su vez tomado de "Historia de la Liturgia" de Mario Riguetti. BAC. Madird. 1955. pag 38.

miércoles, 1 de junio de 2016

¿La carne para nada aprovecha?

No obstante, los protestantes miran los versículos de la Biblia del capítulo sexto de Juan de otro modo:

Aluden a Juan 6, 63 para insistir que Jesús dijo que la carne para nada aprovecha, sino que es el espíritu el que da vida, y que es la palabra la que es vida.

Revisemos de nuevo varios pasajes de Juan[1]

1.- Cristo le dice a Nicodemo que hay que nacer de nuevo (Juan 3, 1-21).
Nicodemo cree que se refiere a "reimplantarse" en el seno materno.
Cristo le explica que se refiere a un nacimiento del agua y del Espíritu.

2.- Cristo les dice que reconstruirá el templo en tres días (Juan 2, 19-21).
Sus oyentes creen que se refiere al templo de Jerusalén.
El evangelista explica que se refiere a su cuerpo.

3.- Cristo les dice que Lázaro duerme (Juan 11, 11 – 13).
Los discípulos creen que se refiere al reposo corporal, al sueño común.
Cristo les explica que Lázaro murió.

Contrastemos estos versículos con Juan 6:

1.- Cristo les dice que tienen que "comer su carne".
Sus oyentes creen que, como suena, se refiere a comer su carne (v. 52) Y Cristo no explica que se refiere a "creer en él".

2.- Cristo les dice que tienen que "beber su sangre".
Sus oyentes, al igual que con la carne, creen que habla literalmente, y dicen "Duro es este lenguaje". (v. 60)
Y Cristo no explica que se refiere a "creer en el Nuevo Pacto".

Todos los ejemplos son del Evangelio según san Juan. En los tres primeros pasajes san Juan narra cómo Jesús corrije el malentendido inmediatamente. En el capítulo 6 no hace mención a ninguna corrección acerca del entendido de que se refería a su propia carne y su propia sangre, por el cual se escandalizaron sus discípulos y muchos se marcharon. San Juan no menciona que Jesús lo corrija ni inmediatamente ni posteriormente, por tanto, san Juan deja claro que no hay malentendido, que en realidad Jesús estaba hablando literalmente.

La pregunta "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?", se presenta en el versículo 52, y las palabras de Cristo "la carne nada aprovecha", surgen hasta el versículo 63. Entre ambos versículos, hay una notoria insistencia por parte de Cristo en el asunto de comer Su carne y beber Su sangre. No es aceptable, por lo tanto, admitir que el versículo 63 es una respuesta directa al versículo 52. En todo caso sería una respuesta indirecta, significando que el alimento que nos da es espiritual[2].




[1] Tomado de http://luxdomini.net/_ap/contenido1/debateucaristia1.htm el 1 de junio de 2016.
[2] No obstante, en mi humilde opinión es que también tiene la capacidad de transformar nuestro propio cuerpo si vivimos en estado de gracia como en anticipo de la resurrección de la carne.

martes, 31 de mayo de 2016

La Sagrada Eucaristía

Este pasado domingo celebramos los católicos el Corpus Christi. He aquí que esta entrada argumenta sobre este pilar de nuestra fe.

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El signo de la Eucaristía, al igual que el pasaje del camino de Emaús, se compone de dos partes: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia del Pan. Liturgia es el trabajo que realiza el hombre con la mediación de Jesús para acercarse a su plenitud, que es Dios, más estrictamente es el “culto integral del Cuerpo Místico de Jesucristo, cabeza y miembros, a Dios”.

En relación a la Liturgia de la Palabra, nuestros hermanos protestantes no tienen ninguna objeción. Pero en relación a la Liturgia del Pan hay una fuerte diferencia.

La parte principal de la Liturgia del Pan es la consagración de las especies del pan y del vino a la manera que Jesús lo instituyó en la Última Cena. Es descrito en Mateo 26, 26-28; Marcos 14, 22-24 y Lucas 22, 19-20. San Pablo muestra cómo dicha tradición es parte de la primera iglesia en I Corintios 11, 23-26.

Tiene raíces en el Antiguo Testamento[1] en Génesis 14, 18: “Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo,” y en Éxodo[2] 12: “El animal será sin defecto, macho, de un año. Lo escogeréis entre los corderos o los cabritos. Lo guardaréis hasta el día catorce de este mes; y toda la asamblea de la comunidad de los israelitas lo inmolará entre dos luces. Luego tomarán la sangre y untarán las dos jambas y el dintel de las casas donde lo coman. En aquella misma noche comerán la carne. La comerán asada al fuego, con ázimos y con hierbas amargas. Nada de él comeréis crudo ni cocido, sino asado, con su cabeza, sus patas y sus entrañas. Y no dejaréis nada de él para la mañana; lo que sobre al amanecer lo quemaréis.” (Ex 12, 5-10).

A diferencia de los tres evangelios sinópticos mencionados, el evangelio según San Juan profundiza en el sentido de dicha institución: En Jn. 6, 1 y siguientes nos relata la multiplicación de los panes, a raíz de la cual surgen las siguientes palabras del Señor descritas en el evangelio según San Juan, capítulo sexto de los versículos 18 a 68 (Jn 6, 26-68):

“Procuren el pan que mi Padre les puede dar”.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo.” (51)

“En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes.” (53)

“El que come mi carne y bebe mi sangre vive vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.” (54)

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.” (55)

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (56)

“Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mi.”(57)

“Este es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el que comieron vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre.” (58)

Es un capítulo bastante insistente en el tema. Cuando lo judíos lo impugnaban preguntándose ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?, el evangelio según san Juan, en su idioma original, el griego antiguo, cambia del verbo fagéin y sus derivados (comer, consumir, ingerir), a trógon (ho trógon mou tén sarka), masticar, en el versículo 54, lo cual implica una matización mucho más radical aún que señala un sentido literal. El verbo se repite en Jn 13, 18, mientras se efectuaba la última cena de Jesús con sus discípulos[3].

En I Corintios, capítulo 10, San Pablo reconviene a dicha iglesia por su mala observancia de la Eucaristía (versículos 15-22). En el capítulo 11 San Pablo añade, “Por lo tanto, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Cada uno, pues, discierna y luego podrá comer el pan y beber de la copa. El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación por no reconocer el cuerpo.” (versículos 27-29) El verbo “discernir” en este contexto significa “darse cuenta” (determinar; decidirse por la realidad de lo que está de fondo; distinguir la verdad de lo que está frente a uno) de la presencia que subyace frente a uno en la mesa del Señor. “… El discernir con el cernidor era la acción de darse cuenta, de identificar, de establecer un juicio certero de que lo que quedó después del ejercicio discernidor fue el trigo de verdad, lo que en realidad se buscaba, lo que importaba y daba sentido a la búsqueda. En otras palabras, el que no se da cuenta del verdadero cuerpo (mé diakrínon tó sóma [v. 28]) del Señor, el que no descubre esa realidad maravillosa que es Cristo mismo, se está metiendo en un grave problema que puede costarle la salud o la muerte…”[4]

Los hermanos cristianos separados, al igual que la Iglesia primitiva en sus primeras reuniones, parten el pan a manera de memorial. Pero la Iglesia en su crecimiento y evolución, por obra del Espíritu Santo, llegaría a darse cuenta de las múltiples riquezas de lo que son dones (regalos) de Cristo:

Una iluminación fue reconocer que dicho memorial era como una anticipación del regreso de Cristo.

Otra iluminación puede derivarse de la profundización del pasaje de Emaús. Dicho pasaje manifiesta que Jesús rememoró, delante de los ojos de los acompañantes, la acción de gracias, la bendición y la fracción del pan de la Ultima Cena, pero pareció que se esfumó inmediatamente después de eso. Pero ¿Jesús aún permanecía con los discípulos del camino de Emaús? ¿No fue ese momento una prefiguración de la presencia real de Cristo en la especie del pan?

También el hecho de que Jesús se aparecía sin abrir puertas ni ventanas en medio de sus apóstoles cuando éstos estaban encerrados compartiendo y rememorando podía verse como una huella de la prefiguración de la presencia del Señor en el memorial de la Última Cena.

Otra iluminación fue descubrir el componente “sacrificial” de la Última Cena por cuanto la Eucaristía vuelve a hacer presente la muerte del Señor hasta que vuelva. Se trata del sacrificio permanente, único y eterno de Jesús en la Cruz y que el único sacerdote es el mismo Cristo. El sacerdote oficia la liturgia del pan, pero es “Cristo mismo el sacerdote y la ofrenda”[5]. Por eso la liturgia de la Eucaristía se realiza en todas sus acciones y palabras como una ofrenda a Dios Padre por parte de Dios Hijo. De nuevo, el sacerdote sólo hace presente de manera sensible al Hijo, que es el Único que puede ofrecerse al Padre.

La Eucaristía, vista a la luz del maná, es el alimento que nos conserva la vida sobrenatural; vista a la luz de la ofrenda de Melquisedec, (pan y vino Gen 14, 18) es la ofrenda de los bienes de la tierra puestos al servicio de la vida sobrenatural; a la luz del sacrificio de Isaac, es la ofrenda de la vida humana en la persona de la víctima agradable al Padre, es el Cordero que salva de la muerte; y por último, en relación con los sacrificios que sella el pacto del Sinaí, es la inmolación de la víctima que sella la celebración de la Alianza Nueva y Eterna[6].

La conversión (transubstanciación) del pan y el vino en Cuerpo y Sangre ocurre por el poder de la acción del Espíritu Santo y por la eficacia de la Palabra de Cristo[7]. Esto quiere decir que se realiza cuando el sacerdote, como signo visible de la persona de Cristo, ejecuta el signo de la Epiclesis, es decir, cuando invoca al Espíritu Santo mediante la imposición de las manos encima de las especies del pan y del vino, y a continuación repite textualmente las palabras de Jesús tal como son relatadas en el Evangelio, sin cambios. Sin estos dos requisitos, no hay Cuerpo y Sangre del Señor, son sólo pan y vino.



[1] Veterotestamentario
[2] La Soteriología es la parte de la Teología que estudia la historia de la salvación de la humanidad gracias al sacrificio de Jesucristo.
[4] Ibid
[5] San Pablo en la carta a los Hebreos explica esto haciendo referencia al Antiguo Testamento respecto a Melquisedec rey de Salem y sacerdote, tanto en Génesis 14, 18-20 como en el Salmo 110, 4.
[6] Sofia Cavaleti. Historia de la Salvación.
[7] Numeral 1375 de catecismo de la Iglesia Católica.

viernes, 20 de mayo de 2016

En la Eucaristía Cristo mismo es el sacerdote y la ofrenda

La Eucaristía como alimernto de la Iglesia es repetida múltiples veces en las escrituras. Por ejemplo, Efesios 5, 29: “pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la Iglesia”;

A pesar de todo lo expuesto, algunas denominaciones cristianas interpretan que cada vez que Jesús mencionaba el verbo comer, hacía referencia al alimentarse espiritual, por tanto hablaba en sentido figurado acerca de creer en su palabra. El argumento que presentan como apoyo a la Eucaristía como símbolo en Juan es Jn 6, 63: “El espíritu es el que da vida; la carne no sirve de nada”. Ya se explicó dicho capítulo 6 y la insistencia de Jesús en que lo entendiéramos literalmente.

Transcribo a continuación la argumentación de Charles Spurgeon “príncipe de los predicadores”, de denominación protestante bautista, quien ejerció su ministerio como pastor en Inglaterra en el siglo XIX:

¿Cuál es el significado de comer la carne y beber la sangre de Cristo? Es una metáfora muy simple y bella cuando entendemos que se refiere espiritualmente a la persona de nuestro Señor. El acto de comer y beber es transferido del cuerpo al alma, y el alma es representada como alimentándose: alimentándose de Jesús como el pan de vida.

Comer consiste en ingerir algo que existe externamente, que recibes dentro de ti y que se convierte en una parte de ti mismo y que te ayuda a reconstituirte y te sustenta. Ese algo suple una gran necesidad de tu naturaleza, y cuando lo recibes, nutre tu vida. Esa es la esencia de la metáfora, y describe muy bien el acto y el resultado de la fe.

Para comer la carne y beber la sangre de Cristo, primero, debemos creer en la realidad de Cristo, no debemos considerarlo como un mito, un personaje imaginario, una invención genial, o una concepción de la mente oriental, sino que debemos creer que tal persona vivió en realidad y en verdad, y que vive todavía. Debemos creer que era Dios, y que sin embargo, condescendió a encarnarse y venir a la tierra, y aquí vivió, murió, fue sepultado, y posteriormente resucitó.

"Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre." Es un modo de expresar la existencia real y la verdadera materialidad del cuerpo de nuestro Señor, y la seguridad y la verdad de Su existencia en naturaleza humana. No pueden ser salvos a menos que crean en un Cristo histórico, en un personaje real.

¿Cuáles son las virtudes de este acto de comer y beber de Cristo? Busquen en sus Biblias, y en el versículo 53 encontrarán que esto es un acto esencial. "De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros."

Es esencial, pues si no tienen vida en ustedes, no tienen nada que sea bueno, "No tenéis vida en vosotros." Ustedes conocen la teoría moderna que hay gérmenes de vida en todos los hombres, que sólo necesitan desarrollarse. La Paternidad Universal espía algún bien en todos nosotros, y lo que el hombre debe hacer es educarlo y manifestarlo.

Esta es la noción filosófica, pero no es la manera en que Cristo lo expresa. Él dice: "Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros." No, no hay un átomo de vida verdadera. No hay vida que pueda ser educada; el pecador está muerto, y en él no hay nada bueno de ningún tipo.

Si ha de haber algo bueno alguna vez, tendrá que venirle, debe ser una importación; y nunca puede venir a él, a menos que sea en conexión con su acto de comer la carne y beber la sangre de Cristo. Pero supongan que un hombre tiene muchas convicciones de pecado; comienza a ver el mal del pecado, y teme la ira venidera. Esto es esperanzador; pero yo le recuerdo solemnemente a cualquiera de ustedes que se encuentre en ese estado, que si no come la carne del Hijo del Hombre, no tiene vida; hasta no haber creído en Cristo no tiene vida: hasta no haberse lavado en Su sangre preciosa está todavía muerto en el pecado.

Spurgeon fue un retórico muy eficaz con una argumentación muy sólida. Su interpretación espiritual es muy válida. Pero no debemos limitar la acción de Dios.

En un primer momento de mi vida cristiana yo también me preguntaba si no era atávico pensar en comer el cuerpo de Cristo.

La Biblia nos muestra que Dios, a través de la historia de la salvación, siempre se ha complacido en revelarse a través de lo sensible, así que no nos maravillará que todavía ahora Él continúe comunicándose con los hombres a través de sacramentos, en los cuales siempre está presente el elemento material y sensible.

Pero la duda siempre estará presente. Por ello han ocurrido a lo largo de la historia de la Iglesia muy diversos milagros en los que la especia eucarística se convierte sensiblemente en carne y sangre real. Dichos milagros, a pesar del paso de los siglos están ahí presentes e incorruptibles y a disposición de científicos que con buena conciencia desean indagar sobre su veracidad y características[1].

Es significativo que Jesús nos pida que seamos perfectos como lo es el Padre que está en el cielo.¿Cómo podemos nosotros, hombres débiles y limitados llegar a la perfección de Dios? Mi respuesta personal fue “Haciéndonos uno con Él”. Uno en el espíritu por medio de la oración y  alimentándonos de Su cuerpo. ¿Cómo podemos nosotros, miembros de la Iglesia ser un cuerpo cuya cabeza es Cristo? De manera mística mediante el Bautismo, pero de alguna manera incomprensible para nosotros, también de manera espiritual alimentándonos del pan bajado del cielo.

El carisma de lenguas relatado en Hechos[2] se hizo presente en las iglesias cristianas no católicas a principios del siglo XX por la imposición de manos y la Fe en la palabra de Cristo y las Escrituras. La imposición de manos por parte de nuestros hermanos protestantes a sacerdotes católicos fue la que inició la llama carismática en la Iglesia Católica.

Pero el Carisma de Lenguas no es el único. No hay cuenta de cuántos son[3]. El Espíritu los reparte para bien de todos (I Cor 12, 7). Los fenómenos místicos extraordinarios, que si bien no pertenecen al camino normal y habitual del crecimiento espiritual, también constituyen una manifestación de la presencia y el poder de Dios entre los hombres.

Entre los muchos fenómenos místicos corporales hay uno que llama mucho la atención: la estigmatización. Consiste en la aparición espontánea en el cuerpo de una persona de llagas o estigmas, en manos, pies, costado izquierdo, en la cabeza y en la espalda, a similitud de las sufridas por Cristo en la pasión y crucifixión. Suele manar periódicamente de estas llagas sangre limpia y fresca, en forma más o menos copiosa. La estigmatización va siempre acompañada de fuertes tormentos físicos y morales, que hacen a quien la padece muy semejante a Cristo crucificado.

La historia registra como primer estigmatizado a San Francisco de Asís, en el año 1222. Estudiosos serios han registrado hasta el día de hoy más de 300 casos, entre los cuales hay 62 canonizados, siendo abrumador el porcentaje de mujeres: casi el 90 por ciento del total. Los estigmas verdaderos no se encuentran sino en personas que practican las virtudes más heroicas y tienen particular amor a la cruz.[4] También hay que notar algo llamativo: no hay ningún caso registrado entre los protestantes. ¿Qué hacen los piadosos católicos diferente a los piadosos protestantes? Participan habitualmente de los sacramentos, en especial el de la Eucaristía, con el cual se hacen uno con Cristo.

Yo pienso a veces que cuando Jesús en la última cena advierte que “este es el cáliz de mi sangre… que será derramada por vosotros y por muchos” en un segundo sentido estaba anunciando el fenómeno de los mártires y los estigmatizados.

También pienso que cuando Jesús le respondió a los discípulos de Juan el bautista y a los fariseos que sus discípulos no ayunaban por cuanto estaban con el novio, se refería a la Iglesia. Es decir, los discípulos no ayunan por cuanto tienen acceso al Cuerpo y la Sangre del Señor.

Pero en la Última Cena, el mandato del Señor más importante no se ha dicho aún: “Haced esto en conmemoración mía”. ¿Qué estaba haciendo nuestro Señor? De manera voluntaria estaba entregando su vida por cada uno de nosotros. Y nos pide que hagamos lo mismo. Que entreguemos la vida por nuestros hermanos es el mandato del Señor.



[1] Para mayor ilustración de un antiguo milagro se puede leer http://www.corazones.org/lugares/ italia/lanciano/a_lanciano.htm. Para tratados científicos, se pueden remitir al libro “Más Allá de la Razón…” del doctor en psicología clínica y especializado en medicina psicosomática y neuropsicofísiología cognitiva Ricardo Castañón Gómez y “Belief: readings on the reason for faith” del genetista norteamericano Francis S. Collins.
[2] Hc 2, 1-47
[3] Por ello, en español latinoamericano se dice jocosamente que son 50 (sin cuenta).