La narración de los Evangelios dejan muy claro el odio que había entre los judíos hacia los romanos. Barrabás era considerado asesino por parte de Pilato por cuenta de una muerte en medio de una sublevación. Judas y muchos otros esperaban que la liberación de la que hablaba Jesús fuera de la sumisión a los invasores.
En la entrada anterior ya mencioné que los evangelios según san Mateo y según san Marcos son ubicados hacia la década de los años 70 del siglo I. El Evangelio según san Lucas en la década de los 80 y el Evangelio según san Juan en la de los 90. El emperador Tito había arrasado con el templo de Jerusalén en la década de los 70 (ver esta entrada). No había nada más doloroso para los judíos. No obstante, los evangelios según san Mateo y según san Lucas narran la conversión de los soldados romanos: "Por su parte, el centurión y los que con él estaban guardando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «Verdaderamente éste era Hijo de Dios.»" (Mt 27, 54). "Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.»" (Lc 23, 47). Lucas no menciona si el centurión convertido en el libro de Los Hechos de los Apóstoles es este mismo (Hc 10). En Hechos le pone nombre propio al centurión: Cornelio. En el Evangelio no, así que debemos pensar que son diferentes. No es el mencionado en Mateo 8-5, ya que éste ya estaba convertido antes de la crucifixión del Señor. Eso nos lleva a que fueron al menos tres los centuriones que creyeron en la divinidad de Cristo.
En medio de tanto odio a los romanos, escribir sobre la conversión de algunos era aventurado, pero tiene todo que ver con la universalidad (catolicidad) del mensaje de Jesús.
Respecto a la mención de nombre propios, he aquí otro pasaje que menciona a personas que probablemente conocían las comunidades de cristianos de la segunda mitad del siglo I:
"Al salir, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y le obligaron a llevar su cruz." (Mt 27, 32) "Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevará detrás de Jesús." (Lc 23, 26) El Cireneo es un personaje importante para la fe. Representa a los cristianos en general, que deben ayudar a Cristo a cargar la cruz. Pero es un personaje real ya que está ligado a dos nombres que eran conocidos por aquellos a quienes se les narraba la historia: "Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz." (Mc 15, 21)
El siguiente comentario tiene que ver con otra entrada que hace referencia con la maternidad de María, la madre de Jesús:
Al pie de la cruz había varias personas afectas a Jesús: "Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo." (Mt 27, 55-56)
La madre de los hijos del Zebedeo es la madre de los apóstoles Santiago y Juan, así que los que oían las narraciones, al menos en Judea y Galilea, conocían de quien se hablaba. Marcos nos dice que la mujer se llamaba Salomé: "Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé," (Mc 15, 40).
De María Magdalena sabemos que fue sanada por Jesús: " y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios," (Lc 8, 2) y que fue fiel acompañante de los discípulos ya que estuvo presente el día de la resurrección, y por la Tradición se conoce que continuó acompañando a los apóstoles.
Los que me parecen más interesante son María, Santiago y José. ¿Quiénes son? Juan nos aclara quién es la mujer: "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena." (Jn 19, 25) Es decir, es prima de la madre de Jesús.
Muchos dirán, ¡-No!, dice que es la “hermana” de su madre- Pero ¿qué sentido tiene llamar a dos hijas con el mismo nombre? No son hermanas, son parientes, probablemente primas ya que en esa época se llamaban “hermanos” a los primos. Hablar de los parientes de Jesús nos recuerda otros pasajes: "Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: «Está fuera de sí.»" (Mc 3, 20-21) "¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?" (Mt 13, 55) "¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él." (Mc 6, 3), "Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.»" (Mt 12, 46-47). María, la madre de Jesús en algún momento, probablemente hacia el tercer año de su predicación, salió a seguirlo en su camino hacia Jerusalén. La acompañaron su prima y un par de hijos de ésta. Ya el otro par de primos, Santiago y Judas Tadeo, habían creído en él y se contaban entre sus Apóstoles. Ciertamente no eran sus hermanos, aunque así los llamaban. Al pie de la cruz el Señor dejó a cargo de María, su madre, a Juan. Si Santiago y Judas Tadeo eran hijos de ella, no tenía por qué encargársela a nadie. Y si también estaban Simón y José, ¿por qué encargársela a Juan?
Blog que incorpora apologética (defensa de la fe), ética en el contexto de la sociedad actual y, en general, formación.
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domingo, 3 de mayo de 2020
Consistencia de los Evangelios II
jueves, 1 de marzo de 2018
María reina y la primacía de Pedro
Llegó a mis manos el libro Roma, dulce hogar[1] de los esposos Scott y Kimberly Hahn, los cuales ya mencioné en una entrada anterior.
Algunas enseñanzas extraídas del libro:
1, Kimberly Hahn explica acerca de sus reflexiones sobre el papel de María en la Iglesia: “Los protestantes definen la adoración en términos de cantos, alabanzas y prédicas; así que cuando los católicos cantan a María, le hacen súplicas en oración y predican sobre ella, los protestantes interpretan que ella está siendo adorada.”
Los numerales 2096 y 2097 del Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. «Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto» (Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6, 13).
Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la nada de la criatura, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf Lc 1, 46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.”
Por tanto, podría ser una cuestión de malentendido la continua incredulidad de los protestantes a que nosotros sí cumplimos el primer mandamiento. Los católicos jamás creemos ni mencionamos que a María se la deba considerar como creadora del universo ni de los hombres, ni redentora ni dueña de nosotros. Jamás la consideramos al mismo nivel de Dios, ya que es criatura predilecta, pero criatura. La consideramos reina en virtud de ser la Reina madre, ya que el Rey es Jesús.
2, Scott, hablando con un eminente teólogo presbiteriano, le comparte sus reflexiones: “… la Biblia nos dice en muchos lugares que la autorizada Palabra de Dios debe buscarse en la Iglesia: en su Tradición (2 Tes 2, 15; 3, 6), lo mismo que en su predicación y enseñanza (I Pe 1, 25; II Pe 1, 20-21; Mt 18, 17). Por eso pienso que la Biblia sostiene el principio católico de solum verbum Dei, «solo la palabra de Dios», en vez del protestante sola Scriptura, «sólo la Biblia»”. (pag 91)
Leamos los pasajes que sugiere:
"Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta." (2 Tes 2, 15)
"Hermanos, os mandamos en nombre del Señor Jesucristo que os apartéis de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que de nosotros recibisteis." (2 Tes 3, 6)
"pero la Palabra del Señor permanece eternamente. Y esta es la Palabra: la Buena Nueva anunciada a vosotros." (I Pe 1, 25)
"Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios." (II Pe 1, 20-21)
Por el contrario, que las Escrituras son la única fuente autorizada de enseñanza, no está dicho en ningún pasaje.
3, En la misma conversación indica Scott: “… el Evangelio de Mateo enfatiza el papel de Jesús como hijo de David y rey de Israel. Yo creo que Mateo 16, 17-19 nos muestra cómo Jesús dejó esto establecido: le dio a Simón tres cosas: primero, un nuevo nombre, Pedro (o piedra); segundo, su compromiso de edificar su Iglesia sobre Pedro; y tercero, las Llaves del Reino de los Cielos. Es este tercer punto el que considero más interesante.
Cuando Jesús habla de las «Llaves del Reino» hace referencia a un importante texto del Antiguo Testamento, Isaías 22, 20-22, donde Ezequías, el heredero del trono real de David, y rey de Israel en los tiempos de Isaías, sustituye a su viejo primer ministro, Shebna, por uno nuevo llamado Eliakim. Cualquiera podía ver quién de los miembros el gabinete era el primer ministro, ya que se le habían entregado las Llaves el Reino. Al confiarle a Pedro las «Llaves del Reino» Jesús establece el cargo de primer ministro para administrar la Iglesia como su reino en la tierra. Por tanto las «llaves» son un símbolo del oficio y la primacía de Pedro para ser transmitido a lo largo de las épocas” (pag 87)
El pasaje al que hace referencia es: "Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»" (Mateo 16, 17-19)
Yo no conocía la relación de las llaves con el Antiguo Testamento, pero la Iglesia de seguro sí, ya que en todas las épocas se ha representado a Pedro con dichas llaves, por tanto sabían que eran significativas.
Lo que no resalta el pasaje es el versículo 17, en el que Jesús reconoce a aquel a quien le da el honor de ser su primer ministro, por medio de la acción de Dios Padre a través del Espíritu Santo: “… no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Creo que también es un detalle importante.
La mención de la “piedra” y la “piedra angular” en la Biblia también es muy significativa. La arquitectura de la época, en esa zona, no hacia cimientos profundos para las construcciones. Bastaba con unas buenas piedras que le dieran sólido sustento a las demás en las esquinas. Son las piedras angulares que le dan sustento o cimiento a la edificación. Nombrarlo como piedra sobre la que construirá su Iglesia es también una alegoría muy significativa por parte de Jesús.
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[1] Roma dulce hogar. Nuestro camino al catolicismo. Editorial Rialp. 16 edición. Madrid, 2010.
Algunas enseñanzas extraídas del libro:
1, Kimberly Hahn explica acerca de sus reflexiones sobre el papel de María en la Iglesia: “Los protestantes definen la adoración en términos de cantos, alabanzas y prédicas; así que cuando los católicos cantan a María, le hacen súplicas en oración y predican sobre ella, los protestantes interpretan que ella está siendo adorada.”
Los numerales 2096 y 2097 del Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. «Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto» (Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6, 13).
Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la nada de la criatura, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf Lc 1, 46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.”
Por tanto, podría ser una cuestión de malentendido la continua incredulidad de los protestantes a que nosotros sí cumplimos el primer mandamiento. Los católicos jamás creemos ni mencionamos que a María se la deba considerar como creadora del universo ni de los hombres, ni redentora ni dueña de nosotros. Jamás la consideramos al mismo nivel de Dios, ya que es criatura predilecta, pero criatura. La consideramos reina en virtud de ser la Reina madre, ya que el Rey es Jesús.
2, Scott, hablando con un eminente teólogo presbiteriano, le comparte sus reflexiones: “… la Biblia nos dice en muchos lugares que la autorizada Palabra de Dios debe buscarse en la Iglesia: en su Tradición (2 Tes 2, 15; 3, 6), lo mismo que en su predicación y enseñanza (I Pe 1, 25; II Pe 1, 20-21; Mt 18, 17). Por eso pienso que la Biblia sostiene el principio católico de solum verbum Dei, «solo la palabra de Dios», en vez del protestante sola Scriptura, «sólo la Biblia»”. (pag 91)
Leamos los pasajes que sugiere:
"Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta." (2 Tes 2, 15)
"Hermanos, os mandamos en nombre del Señor Jesucristo que os apartéis de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que de nosotros recibisteis." (2 Tes 3, 6)
"pero la Palabra del Señor permanece eternamente. Y esta es la Palabra: la Buena Nueva anunciada a vosotros." (I Pe 1, 25)
"Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios." (II Pe 1, 20-21)
Por el contrario, que las Escrituras son la única fuente autorizada de enseñanza, no está dicho en ningún pasaje.
3, En la misma conversación indica Scott: “… el Evangelio de Mateo enfatiza el papel de Jesús como hijo de David y rey de Israel. Yo creo que Mateo 16, 17-19 nos muestra cómo Jesús dejó esto establecido: le dio a Simón tres cosas: primero, un nuevo nombre, Pedro (o piedra); segundo, su compromiso de edificar su Iglesia sobre Pedro; y tercero, las Llaves del Reino de los Cielos. Es este tercer punto el que considero más interesante.
Cuando Jesús habla de las «Llaves del Reino» hace referencia a un importante texto del Antiguo Testamento, Isaías 22, 20-22, donde Ezequías, el heredero del trono real de David, y rey de Israel en los tiempos de Isaías, sustituye a su viejo primer ministro, Shebna, por uno nuevo llamado Eliakim. Cualquiera podía ver quién de los miembros el gabinete era el primer ministro, ya que se le habían entregado las Llaves el Reino. Al confiarle a Pedro las «Llaves del Reino» Jesús establece el cargo de primer ministro para administrar la Iglesia como su reino en la tierra. Por tanto las «llaves» son un símbolo del oficio y la primacía de Pedro para ser transmitido a lo largo de las épocas” (pag 87)
El pasaje al que hace referencia es: "Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»" (Mateo 16, 17-19)
Yo no conocía la relación de las llaves con el Antiguo Testamento, pero la Iglesia de seguro sí, ya que en todas las épocas se ha representado a Pedro con dichas llaves, por tanto sabían que eran significativas.
Lo que no resalta el pasaje es el versículo 17, en el que Jesús reconoce a aquel a quien le da el honor de ser su primer ministro, por medio de la acción de Dios Padre a través del Espíritu Santo: “… no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Creo que también es un detalle importante.
La mención de la “piedra” y la “piedra angular” en la Biblia también es muy significativa. La arquitectura de la época, en esa zona, no hacia cimientos profundos para las construcciones. Bastaba con unas buenas piedras que le dieran sólido sustento a las demás en las esquinas. Son las piedras angulares que le dan sustento o cimiento a la edificación. Nombrarlo como piedra sobre la que construirá su Iglesia es también una alegoría muy significativa por parte de Jesús.
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[1] Roma dulce hogar. Nuestro camino al catolicismo. Editorial Rialp. 16 edición. Madrid, 2010.
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Scott y Kimberly Hahn
lunes, 15 de enero de 2018
Inmaculada Concepción
En la entrada en que explico en qué consiste la veneración que por María sentimos los católicos escribo acerca de la Inmaculada Concepción de María. Esto quiere decir que la Virgen María nació sin el Pecado Original con el que nacemos todos los seres humanos por herencia.
Desde inicios de la Iglesia el pueblo de Dios creía que María había nacido sin pecado original[1]. Pero los Teólogos, en general, consideraban que María había nacido con el Pecado Original. En el siglo XIII hubo un hombre, perteneciente a la orden monástica de los Franciscanos, nacido en la ciudad de Duns de Escocia, pastor de origen, pero profesor universitario por formación, que afirmaba lo contrario. He aquí la argumentación de los Teólogos en general y luego la de este sútil franciscano: Juan Duns de Escocia[2].
1.El Génesis expresa entre las diversas consecuencias del pecado original "A la mujer le dijo: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará.» Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida»." (Gn 3, 16-17) Y María sintió en vida las penas comunes a la naturaleza humana: el dolor, las penas y la fatiga, por tanto, ella tenía que haber heredado el Pecado Original. 2. Además, ella era fruto de una relación entre un hombre y una mujer, ambos herederos del Pecado Original, y por tanto le confirieron en herencia dicho Pecado.
Juan Duns responde que la Virgen María siempre ha estado libre de pecado desde el momento de su concepción, pero no hubiera sido así si no hubiera sido preservada del Pecado Original. Tres razones por las que pudo haberlo sido: 1. La omnipotencia de Dios. Dios puede, además de sanar los pecados, prevenirlos. Si Dios perdonara los pecados, pero no los previniera, no obraría de un modo perfecto. Pero si además de sanar del pecado lo previniera, habría obrado de manera perfecta. Basta con que lo hiciera sobre un único hijo de Adán. 2. Jesús es perfecto mediador. Por medio de Jesús nos son perdonados los pecados, entre ellos el Pecado Original. El resultado del pecado no es sólo privarnos de tener la visión beatífica de Dios en el Paraíso, sino que el pecado mismo es un gran castigo. Pero si Jesús es un reconciliador, al menos una persona debía ser preservada del Pecado Original para que se pueda decir que es reconciliador perfecto. 3. La santidad. Para presentarnos ante Dios, hemos de obtener el sumo bien de la Inocencia, no por mérito propio sino por mérito de Jesús. Inocencia de la culpa contraída o por contraer. Pero nadie puede tener a Jesús como sumo mediador si no hubiese preservado al menos a un ser humano inocente de un pecado por contraer, este es, el que se recibe por herencia: el Pecado Original.
La misericordia perdona las penas inútiles, pero deja expuesto al ser humano a las penas que le son útiles. El Pecado Original hubiera sido nocivo para María, mientras que las penas temporales le habrían sido útiles para meditar sobre los misterios de Dios, tal como efectivamente nos lo testimonian las escrituras. Ella soportó las penas de esta vida de manera ejemplar, haciéndose merecedora del amor de Dios. Así que sus penas y fatigas no excluyen que haya sido preservada del Pecado Original.
Si alguien es concebido sin el Pecado Original, no es por mérito propio, sino por gracia de Dios. La concepción fruto de un acto sexual por parte de un hombre y una mujer no está exento de la presencia de Dios, por el contrario, Dios se hace presente en dicho acto en el que el ser humano participa del acto creador de Dios. E igual que la gracia que limpia del Pecado Original se puede conferir luego de la concepción, Dios la puede conferir antes de la concepción.
Esta argumentación daba bases para que los teólogos meditaran y oraran acerca del sensus fidei, el sentido de la fé que tenía el pueblo de Dios. No fue sino hasta el siglo XIX que el Magisterio de la Iglesia lo volvió parte del cuerpo de la doctrina[3].
________________________________________
[1] Por ejemplo, ya el concilio de Trento al promulgar el decreto dogmático del pecado original, por el cual estableció y definió, conforme a los testimonios de las sagradas Escrituras y de los Santos Padres y de anteriores concilios, que los hombres nacen manchados por la culpa original, sin embargo, solemnemente declaró que no era su intención incluir a la santa Virgen Madre de Dios en el decreto mismo y en una definición tan amplia.
[2] La argumentación es una actualización divulgativa basada en la película Duns Scoto.
[3] Carta apostólica del papa Pío IX en la que declara el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, promulgada el 8 de diciembre de 1854.
Desde inicios de la Iglesia el pueblo de Dios creía que María había nacido sin pecado original[1]. Pero los Teólogos, en general, consideraban que María había nacido con el Pecado Original. En el siglo XIII hubo un hombre, perteneciente a la orden monástica de los Franciscanos, nacido en la ciudad de Duns de Escocia, pastor de origen, pero profesor universitario por formación, que afirmaba lo contrario. He aquí la argumentación de los Teólogos en general y luego la de este sútil franciscano: Juan Duns de Escocia[2].
1.El Génesis expresa entre las diversas consecuencias del pecado original "A la mujer le dijo: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará.» Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida»." (Gn 3, 16-17) Y María sintió en vida las penas comunes a la naturaleza humana: el dolor, las penas y la fatiga, por tanto, ella tenía que haber heredado el Pecado Original. 2. Además, ella era fruto de una relación entre un hombre y una mujer, ambos herederos del Pecado Original, y por tanto le confirieron en herencia dicho Pecado.
Juan Duns responde que la Virgen María siempre ha estado libre de pecado desde el momento de su concepción, pero no hubiera sido así si no hubiera sido preservada del Pecado Original. Tres razones por las que pudo haberlo sido: 1. La omnipotencia de Dios. Dios puede, además de sanar los pecados, prevenirlos. Si Dios perdonara los pecados, pero no los previniera, no obraría de un modo perfecto. Pero si además de sanar del pecado lo previniera, habría obrado de manera perfecta. Basta con que lo hiciera sobre un único hijo de Adán. 2. Jesús es perfecto mediador. Por medio de Jesús nos son perdonados los pecados, entre ellos el Pecado Original. El resultado del pecado no es sólo privarnos de tener la visión beatífica de Dios en el Paraíso, sino que el pecado mismo es un gran castigo. Pero si Jesús es un reconciliador, al menos una persona debía ser preservada del Pecado Original para que se pueda decir que es reconciliador perfecto. 3. La santidad. Para presentarnos ante Dios, hemos de obtener el sumo bien de la Inocencia, no por mérito propio sino por mérito de Jesús. Inocencia de la culpa contraída o por contraer. Pero nadie puede tener a Jesús como sumo mediador si no hubiese preservado al menos a un ser humano inocente de un pecado por contraer, este es, el que se recibe por herencia: el Pecado Original.
La misericordia perdona las penas inútiles, pero deja expuesto al ser humano a las penas que le son útiles. El Pecado Original hubiera sido nocivo para María, mientras que las penas temporales le habrían sido útiles para meditar sobre los misterios de Dios, tal como efectivamente nos lo testimonian las escrituras. Ella soportó las penas de esta vida de manera ejemplar, haciéndose merecedora del amor de Dios. Así que sus penas y fatigas no excluyen que haya sido preservada del Pecado Original.
Si alguien es concebido sin el Pecado Original, no es por mérito propio, sino por gracia de Dios. La concepción fruto de un acto sexual por parte de un hombre y una mujer no está exento de la presencia de Dios, por el contrario, Dios se hace presente en dicho acto en el que el ser humano participa del acto creador de Dios. E igual que la gracia que limpia del Pecado Original se puede conferir luego de la concepción, Dios la puede conferir antes de la concepción.
Esta argumentación daba bases para que los teólogos meditaran y oraran acerca del sensus fidei, el sentido de la fé que tenía el pueblo de Dios. No fue sino hasta el siglo XIX que el Magisterio de la Iglesia lo volvió parte del cuerpo de la doctrina[3].
________________________________________
[1] Por ejemplo, ya el concilio de Trento al promulgar el decreto dogmático del pecado original, por el cual estableció y definió, conforme a los testimonios de las sagradas Escrituras y de los Santos Padres y de anteriores concilios, que los hombres nacen manchados por la culpa original, sin embargo, solemnemente declaró que no era su intención incluir a la santa Virgen Madre de Dios en el decreto mismo y en una definición tan amplia.
[2] La argumentación es una actualización divulgativa basada en la película Duns Scoto.
[3] Carta apostólica del papa Pío IX en la que declara el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, promulgada el 8 de diciembre de 1854.
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miércoles, 19 de julio de 2017
El silencio de María
María meditaba
todo en el corazón (Lc 2,51). Era una mujer que reflexionaba. No
hablaba mucho. Excepto en el Magníficat, sólo se saben pocas y cortas frases de
ella. Vivía en el silencio interior. Aquel en que se conversa con Dios. Aquel
en que se contempla la obra de Dios en los hombres. Aquel en que se sabe
esperar el tiempo de Dios.
¿Cómo no fijarse en María? Dios habló bien de Moisés, habló bien de Juan Bautista, pero habló tres veces bien de María. ¿Qué otra persona ha recibido semejante tratamiento?
El pecado original se transmite por la carne. Pero Jesús no tuvo pecado original. Pero Jesús era hijo de la carne de María. ¿Es posible que María no tuviera pecado original? Así lo dice Dios Padre a través de su mensajero celestial: “Alégrate, plena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28). La plenitud de la Gracia significa que no puede haber más Gracia. Que está totalmente llena de la vida misma de Dios. No hay cabida para el pecado. Tampoco para el pecado original. Por eso Dios Hijo, en su majestad, pudo habitar en ella.
No fue accidental ni incidental. Dios se preparó para sí mismo una criatura digna de Él. María. No hubo otra ni la habrá. Por eso es bendita entre todas las mujeres. Fue, es y será la más bendecida entre todas las mujeres.
¿Dichosos los pechos que criaron al Redentor? (Lc 11, 27-28) Dichosos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen: María. ¿Quién es la madre de Jesús? La que cumple la voluntad del Padre celestial. (Mt 12, 47-50)
¿Quién recibió el Espíritu Santo como primicia de la Ascensión de Jesús a los cielos? Hechos nos dice: "Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos." Y Hechos nos dice: "Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.", y luego: "Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse." (Hc 2, 1-5) No hay duda. Lucas, en el libro de los Hechos de los apóstoles, incluye a María cuando dice “todos”. Pero, en realidad, María había recibido hacía mucho tiempo su Pentecostés. El Espíritu Santo hacía mucho tiempo había hecho su obra en ella.
¿Para qué guardaba María todo en el corazón? Ella fue el puente entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. La única persona nombrada en la Biblia que está presente antes del nacimiento de Jesús y después de la muerte de Cristo, es María.
Fue María la que dio a conocer a los apóstoles todo lo que aconteció a Jesús antes de que ellos lo conociesen. Cuando Cristo murió crucificado, los apóstoles estaban desolados y llenos de temor. María les contó que ella sintió que había perdido a Jesús cuando Él tenía alrededor de 12 años. Su angustia y temor fue enorme, pero al tercer día lo encontró. (Lc 2, 41-47) ¿No les dio esperanzas a esos corazones arrugados?
-He aquí tu Madre-, nos dice Jesús (Jn 19, 27). Somos el discípulo amado, no tengamos dudas. Tenemos la opción de no tomarla por madre. ¿Pero cómo no llevar a casa a aquella que nos puede indicar los más íntimos secretos del corazón de Jesús? ¿Cómo no honrar a aquella a la que honró Dios Padre? ¿Cómo no tomarla como maestra? ¿Cómo no cuidarla? Sabemos que, a la larga, es ella la que nos cuida a nosotros. No hay duda.
¿Cómo no fijarse en María? Dios habló bien de Moisés, habló bien de Juan Bautista, pero habló tres veces bien de María. ¿Qué otra persona ha recibido semejante tratamiento?
El pecado original se transmite por la carne. Pero Jesús no tuvo pecado original. Pero Jesús era hijo de la carne de María. ¿Es posible que María no tuviera pecado original? Así lo dice Dios Padre a través de su mensajero celestial: “Alégrate, plena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28). La plenitud de la Gracia significa que no puede haber más Gracia. Que está totalmente llena de la vida misma de Dios. No hay cabida para el pecado. Tampoco para el pecado original. Por eso Dios Hijo, en su majestad, pudo habitar en ella.
No fue accidental ni incidental. Dios se preparó para sí mismo una criatura digna de Él. María. No hubo otra ni la habrá. Por eso es bendita entre todas las mujeres. Fue, es y será la más bendecida entre todas las mujeres.
¿Dichosos los pechos que criaron al Redentor? (Lc 11, 27-28) Dichosos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen: María. ¿Quién es la madre de Jesús? La que cumple la voluntad del Padre celestial. (Mt 12, 47-50)
¿Quién recibió el Espíritu Santo como primicia de la Ascensión de Jesús a los cielos? Hechos nos dice: "Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos." Y Hechos nos dice: "Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.", y luego: "Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse." (Hc 2, 1-5) No hay duda. Lucas, en el libro de los Hechos de los apóstoles, incluye a María cuando dice “todos”. Pero, en realidad, María había recibido hacía mucho tiempo su Pentecostés. El Espíritu Santo hacía mucho tiempo había hecho su obra en ella.
¿Para qué guardaba María todo en el corazón? Ella fue el puente entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. La única persona nombrada en la Biblia que está presente antes del nacimiento de Jesús y después de la muerte de Cristo, es María.
Fue María la que dio a conocer a los apóstoles todo lo que aconteció a Jesús antes de que ellos lo conociesen. Cuando Cristo murió crucificado, los apóstoles estaban desolados y llenos de temor. María les contó que ella sintió que había perdido a Jesús cuando Él tenía alrededor de 12 años. Su angustia y temor fue enorme, pero al tercer día lo encontró. (Lc 2, 41-47) ¿No les dio esperanzas a esos corazones arrugados?
-He aquí tu Madre-, nos dice Jesús (Jn 19, 27). Somos el discípulo amado, no tengamos dudas. Tenemos la opción de no tomarla por madre. ¿Pero cómo no llevar a casa a aquella que nos puede indicar los más íntimos secretos del corazón de Jesús? ¿Cómo no honrar a aquella a la que honró Dios Padre? ¿Cómo no tomarla como maestra? ¿Cómo no cuidarla? Sabemos que, a la larga, es ella la que nos cuida a nosotros. No hay duda.
martes, 2 de agosto de 2016
II. La vocación al matrimonio. La vida religiosa.
El evangelio según San Mateo, en su capítulo 19, nos relata que Jesús a continuación de remitirnos al principio (Génesis 2, 24) para ver cómo es el matrimonio en el Plan de Dios, añade que hay hombres que se han hecho célibes por el Reino de los Cielos. Se trata de otro tipo de llamado al matrimonio, en esta ocasión con la Iglesia. Juan Pablo II expone cómo aquellos que de manera libre y voluntaria aceptan el llamado al celibato por el Reino de los Cielos preservan la verdad integra de su humanidad sin perder en el camino ninguno de los elementos esenciales (ya presentados) del llamado de la persona a ser imagen y semejanza de Dios.
“¿Cómo es posible esto? Buena pregunta. Nuestra bendita Madre, María de Nazaret hizo la misma pregunta por primera vez ante el extraordinario plan al que Dios la había destinado. Y la respuesta que recibió María de Dios Todopoderoso es la misma que nos da a nosotros: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti porque para Dios nada es imposible»”[1].
Juan Pablo II expone en su libro La Vocación que “La llamada de Jesús «Ven y sígueme» es una declaración de amor. Nuestra respuesta es entrega, amistad, amor manifestado en la donación de la propia vida, como seguimiento definitivo y como participación permanente en su misión y en su consagración. Decidirse es amarlo con toda el alma y con todo el corazón, de forma que ese amor sea la norma y el motor de nuestras acciones”[2]
“La vocación religiosa es un don libremente ofrecido y libremente aceptado. Es una profunda expresión del amor de Dios hacia vosotros y, por nuestra parte, requiere a cambio un amor total a Cristo. Por tanto toda la vida de un religioso está encaminada a estrechar el lazo de amor que fue primero forjado en el sacramento del bautismo”[3].
Explorando cómo se expresa la femeneidad en la vida religiosa, Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), monja carmelita, reflexionó que hacerse toda de otro para poseer a ese otro es el deseo más profundo del corazón femenino porque está naturalmente orientado hacia el otro. Sólo Dios es capaz de aceptar ese don ilimitado y aceptarlo en manera que no se pierda el alma sino que la gane. El principio de la vida religiosa es el pleno don de sí misma y la única vía posible donde tienen cumplimiento los deseos femeninos. Renunciar a toda posesión, a todo tipo de ligamen y unión humana y vital y a la renuncia de la propia voluntad.
Juan Pablo II dijo que le era grato reafirmar con fuerza el papel eminentemente apostólico de las monjas de clausura. Dejar el mundo para dedicarse -en la soledad- a una oración más profunda y constante no es más que una forma particular... de ser apóstol.
“«Haced lo que Él os diga». En estas palabras María expresa, sobre todo, el secreto más profundo de su vida. En estas palabras está toda Ella. Su vida, de hecho, ha sido un «Sí» profundo al Señor. Un «Sí» lleno de gozo y de confianza”[4];. María fue la primera consagrada a servir y a amar a Jesús.
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[1] La Vocación explicada por Juan Pablo II. Pedro Beteta. Ediciones Palabra. Madrid. 2011.
[2] Ibid
[3] Ibid
[4] Ibid
“¿Cómo es posible esto? Buena pregunta. Nuestra bendita Madre, María de Nazaret hizo la misma pregunta por primera vez ante el extraordinario plan al que Dios la había destinado. Y la respuesta que recibió María de Dios Todopoderoso es la misma que nos da a nosotros: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti porque para Dios nada es imposible»”[1].
Juan Pablo II expone en su libro La Vocación que “La llamada de Jesús «Ven y sígueme» es una declaración de amor. Nuestra respuesta es entrega, amistad, amor manifestado en la donación de la propia vida, como seguimiento definitivo y como participación permanente en su misión y en su consagración. Decidirse es amarlo con toda el alma y con todo el corazón, de forma que ese amor sea la norma y el motor de nuestras acciones”[2]
“La vocación religiosa es un don libremente ofrecido y libremente aceptado. Es una profunda expresión del amor de Dios hacia vosotros y, por nuestra parte, requiere a cambio un amor total a Cristo. Por tanto toda la vida de un religioso está encaminada a estrechar el lazo de amor que fue primero forjado en el sacramento del bautismo”[3].
Explorando cómo se expresa la femeneidad en la vida religiosa, Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), monja carmelita, reflexionó que hacerse toda de otro para poseer a ese otro es el deseo más profundo del corazón femenino porque está naturalmente orientado hacia el otro. Sólo Dios es capaz de aceptar ese don ilimitado y aceptarlo en manera que no se pierda el alma sino que la gane. El principio de la vida religiosa es el pleno don de sí misma y la única vía posible donde tienen cumplimiento los deseos femeninos. Renunciar a toda posesión, a todo tipo de ligamen y unión humana y vital y a la renuncia de la propia voluntad.
Juan Pablo II dijo que le era grato reafirmar con fuerza el papel eminentemente apostólico de las monjas de clausura. Dejar el mundo para dedicarse -en la soledad- a una oración más profunda y constante no es más que una forma particular... de ser apóstol.
“«Haced lo que Él os diga». En estas palabras María expresa, sobre todo, el secreto más profundo de su vida. En estas palabras está toda Ella. Su vida, de hecho, ha sido un «Sí» profundo al Señor. Un «Sí» lleno de gozo y de confianza”[4];. María fue la primera consagrada a servir y a amar a Jesús.
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[1] La Vocación explicada por Juan Pablo II. Pedro Beteta. Ediciones Palabra. Madrid. 2011.
[2] Ibid
[3] Ibid
[4] Ibid
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viernes, 17 de junio de 2016
La veneración por María
Un tercer argumento en contra de los católicos es la
veneración que sentimos por María. Dicen que la “adoramos”.
Nosotros la honramos porque Dios fue el primero en honrarla.
Lo cierto es que sólo el hecho de haber sido escogida por Dios para la
encarnación de su hijo unigénito ya la hace merecedora de un tratamiento
especialísimo por todas las generaciones. Es lo que se llama respecto en sumo
grado o veneración. La misma que sentimos por la madre de un amigo o maestro al
que admiramos o se ha sentido por las madres de grandes hombres como Nelson
Mandela o Gandhi. Muy difícilmente un hombre tiene grandes principios si no ha
tenido una semilla de tales virtudes en su propio hogar.
María ya fue saludada por el arcángel Gabriel como “Alégrate
llena de gracia, el Señor está contigo” aún antes de que la concepción divina
se hubiese dado. De hecho, la llamó “plena de gracia”. Por tanto la plenitud de
la gracia de Dios en ella era previa a ser sagrario de Dios Hijo. Y el arcángel
no obró por cuenta propia. Era un “enviado”, así que sus palabras no eran las
de él mismo, sino una mera transmisión de las que Dios Padre le ordenó
transmitir.
María ya tenía una fe confiada en su hijo aún antes de
iniciar Jesús sus signos milagrosos en su ministerio público. En la boda de
Caná ella ya confiaba en lo que podía hacer su hijo y organizó todo para que no
hubiera infortunio en un matrimonio que apenas empezaba. Su fe era previa a
aquella que surgió en los discípulos luego de que Jesús apoyó su prédica con
signos sensibles del poder de Dios.
Abraham es el padre de la fe en el Antiguo Testamento. Lo
demostró en que creyó en el anuncio de una tierra prometida y salió de la mayor
o menor comodidad que tenía como pastor en la tierras de Mesopotamia donde se
desarrollaba la primera civilización hacia un lugar incierto en un viaje largo
y peligroso. Lo demostró en que aceptó en ofrendar a su hijo único, hijo que
Dios le dio tras toda una vida de haberlo esperado. Lo demostró en que creyó en
la palabra de Dios que le prometió que sería el padre de un pueblo tan numeroso
como las estrellas del cielo.
En el Nuevo Testamento no hay un Padre de la Fe. Hay una
Madre de la Fe. María. Lo demostró en la Anunciación cuando creyó en la palabra
de Dios que le ofrecía que a través de ella llegaría el Salvador tanto tiempo
esperado. Lo demostró al aceptar un largo peregrinar que comenzó por su
destierro a tierras egipcias huyendo de los poderosos enemigos que querían
matar a un tierno neonato. Lo demostró en aceptar ofrendar en la cruz a su hijo
amado a pesar de que “una espada de dolor” atravesaría su corazón (Lc 2, 35).
Los católicos creemos en la resurrección de la carne. Jesús
mismo resucitó, pero ese cuerpo resucitado no es como el nuestro. Está
revestido de una Gloria que no comprendemos y que tenemos la esperanza de
presenciar en la vida futura[1]. La
resurrección de Jesús en su cuerpo es la prefiguración de la resurrección que
tendrán quienes creen en Su palabra. Ese cuerpo resucitado es el mismo que
nació de las entrañas de María. ¿Qué hijo no se dolería de que menosprecien a
su madre? No reconocer la importancia de María es menospreciarla.
Desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos católicos
afirmamos estar completamente de acuerdo en que es una verdad contundente,
coherente y vinculada con las otras verdades de la revelación que la Virgen
María sea la mayor de las creyentes. Y creemos que haya podido ser asunta por
Dios todopoderoso al cielo en cuerpo y alma. Nos lo dice el sentido
sobrenatural de la fe que nos da el Espíritu Santo. Es uno de los “muchísimos
otros bienes” que le hayan podido ser concedidos y “que nadie podrá nunca
comprender”. Lo cierto es que el mismo Dios nos ha dado pistas para
comprenderlo. En 1858 ocurrieron toda una serie de sucesos sobrenaturales en
los que una bella señora se apareció a Bernadette Soubirou y preguntado su
nombre dijo ser la “Inmaculada Concepción”[2].
Este nombre confirmó la creencia de la Iglesia Católica de que María, madre de
Jesús, a diferencia de todos los demás seres humanos, no fue alcanzada por el
pecado original sino que, desde el primer instante de su concepción, estuvo
libre de todo pecado en atención a que iba a ser la madre de Jesús, niño en
todo igual a nosotros menos en el pecado, incluso el pecado original. Los
acontecimientos no quedaron solo en lo ocurrido ese año. Dicho mensaje es
preservado en el cuerpo incorrupto de Bernadette Soubirou, reforzando
claramente la capacidad de Dios de librar de la corrupción del pecado a la
Virgen María. Y si no hay pecado original ni corrupción, no hay muerte.
Es por tanto tema relacionado el de las apariciones sobrenaturales de la
Virgen María actuando a la manera de madre y maestra, en busca de la conversión
de vida de los seres humanos hacia Dios. Las palabras de sus apariciones jamás
han contradicho ni añadido nada a lo dicho en las escrituras, pero su amorosa
cercanía mueve el corazón mucho más que miles de prédicas. ¿No dijo Jesús que
haría lo necesario para recuperar a sus ovejas perdidas? ¿No son los mensajes
de su propia madre un llamado de la misericordia de Dios?
Lucas 1,78, el capítulo donde se narra la anunciación del arcángel, la visitación a Isabel y el canto del Magnificat nos dice: "por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que hará que nos visite una Luz de la altura". Esa luz es María, por misericordia de Dios.
[1] San Pablo en Filipenses 3,
20-21 dice “Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como
Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo
nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de
someter a sí todas las cosas”.
[2] El significado de dichas
palabras era desconocido por la humilde campesina francesa.
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viernes, 10 de junio de 2016
María señal de Jesucristo
Otra
argumentación protestante que escuché hace muchos años fue que Jesús desautorizó a su madre
en Juan 2, 4 y en Mateo 12, 46-50.
El contexto de la
primera cita es la boda en la región de Caná a donde Jesús asistió con sus
discípulos, y María su madre también era una de las invitadas. El evangelio
según San Juan nos muestra entonces a un Jesús que había iniciado su ministerio
de predicación, pero que aún no había acompañado ésta con signos sensibles que
corroboraran el poder de Dios en Él. Estaba esperando algún “signo” o “señal”
que le indicara que había llegado la hora de mostrarse en ese aspecto: “Todavía
no ha llegado mi hora”. Pero María “la llena de Gracia”, es decir, la llena de
“la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 6, 23) inmediatamente dice a
los sirvientes: «Haced lo que él os diga». La escena muestra a una María que
tiene claro que esa hora ya ha llegado. Jesús no responde a su madre ni la
desautoriza. Por el contrario, se da cuenta que la actitud de su madre es la
señal que estaba esperando. Por eso llamamos a María la “señal de Jesucristo”.
La segunda escena ocurre mientras Jesús predica a la multitud dentro de alguna zona urbana. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.» Pero él replicó: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Tampoco en esta situación Jesús desautoriza a María. De nuevo, al contrario, la exalta porque deja claro que su madre cumple la voluntad del Padre celestial. Hubo otra situación similar: una vez, estando Jesús hablando a la gente, alzó la voz una mujer y dijo: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron.” Y Jesús le respondió:
“Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 27-28). De nuevo nos habla a todos, pero de nuevo exalta a su madre. Agustín de Hipona comentó de esta palabra: "De ahí que María es dichosa también porque escuchó la Palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo.”[1]
María no es mencionada accidentalmente en las escrituras sino que recibe un tratamiento extenso e importante. En varias ocasiones nos dicen que ella guardaba todas las manifestaciones de Dios en su corazón y las meditaba. En la boda de Caná ella expresa -“Haced lo que Él os diga”. Por esas razones debe ser maestra para nosotros. El hecho de que Dios Padre se hubiese fijado en la humildad de esa mujer que se consideraba su esclava y que accedió a que se hiciese Su Voluntad, que dicha mujer no se jactara de su condición de sagrario[2] del Mesías, sino al contrario, que corriera a asistir a su prima Isabel que vivía a varios días de distancia, nos indica que María es modelo para nosotros. El hecho de que Jesús la haya asignado por madre del discípulo amado en la Cruz y por medio de él a toda la humanidad nos invita a llamarla madre nuestra. Debemos llevarla a nuestra casa como lo hizo el discípulo amado[3].
[1] Tomado de http://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/fechas/noviembre_21.htm
el 5 de enero de 2015.
[2] Lugar que guarda las cosas sagradas.
[3] ¿Queremos ser nosotros el discípulo amado?
martes, 7 de junio de 2016
Los Dogmas de Fe y otros temas de divergencia
Se critica por parte de las iglesias protestantes los Dogmas
de Fe, principalmente los que están relacionados con María, madre de Jesús. Se
define algo como dogma cuando la totalidad del Pueblo de Dios (fieles,
sacerdotes y obispos) cree con firmeza en una verdad esencial de nuestra fe,
siempre y cuando el Magisterio de la Iglesia la confirme, iluminado por el
Espíritu Santo, como una verdad contundente, coherente y vinculada con las
otras verdades de la Revelación.
Madre de Dios
Una de las frases que nos han mencionado nuestras conocidas protestantes es que María fue madre de la humanidad de Jesús, pero no de la divinidad de Cristo. He aquí la argumentación protestante[1]:
“La Biblia nunca llama a María Madre
de Dios porque Dios no tiene madre. Dios siempre ha existido. Dios nunca
tuvo madre, o genealogía. Nadie lo engendró. Como alguien bien lo ha dicho, así
como la naturaleza humana de Cristo no tuvo padre, así también la naturaleza
divina no tuvo madre.
La Biblia, por lo tanto, correctamente llama a María la madre de Jesús: "Al tercer día se
celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de
Jesús". (Juan 2,1). En Hechos 1,14 leemos: "Todos estos perseveraban
unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la Madre de Jesús”.
Nuestro Señor Jesucristo es Dios hecho carne. La virgen María,
bienaventurada sobre todas las mujeres, fue escogida por Dios para ser la madre
de la naturaleza humana de Cristo. Ella fue madre de su cuerpo físico, pero no
pudo ser madre de su deidad. La Biblia dice: "Porque en Él fueron creadas
todas las cosas.... todo fue creado por medio de Él y para Él" (Col. 1,
16). Este texto habla de la preexistencia de Cristo, antes de la existencia de
María. María concibió a Jesús como un ser humano con todas las características
físicas normales. María no concibió la naturaleza divina de Cristo, porque esta
naturaleza existía antes de la fundación del mundo.”
Esta concepción
ya la había discutido ampliamente la Iglesia: El obispo Nestorio en el siglo V
declaraba esto mismo: que María dio a luz a Jesucristo, una persona humana, que
a esta persona humana fue unida la persona de la Palabra de Dios (el divino
Jesús), que esta unión de dos personas, el Cristo humano y la Palabra divina,
era "sublime y única" pero meramente accidental, que la persona
divina habitó en la persona humana "como en un templo". Siguiendo su
propio razonamiento, Nestorio declaró que el Jesús humano murió en la cruz, no
el Jesús divino. Como tal, María no es "Madre de Dios" sino
simplemente "madre de Cristo", el Jesús humano. Como resultado de las
discusiones con otros obispos como San Cirilo de Alejandría el tema se dirimió
en el Concilio de Éfeso en el año 431 declarándola herejía, es decir, una
opinión particular o específica sobre un punto de doctrina determinado, y que
no hace parte del cuerpo doctrinal de la Iglesia.
Para entender el
punto de vista de la Iglesia Católica, debemos partir de la visión que la
Iglesia tiene del ser humano.
Jamás debemos ver
al ser humano como una parte material y otra espiritual porque nos lleva a otro
tipo de errores, como por ejemplo, si la persona divina es diferente a
la persona humana, la pasión y muerte de Cristo no tendría un carácter redentor
del género humano.[2]. La tradición judía tenía claro que no
puede haber cuerpo sin alma ni alma sin cuerpo. Son dos caras de una misma
moneda. Por ello el nombre era tan significativo para los judíos, cada nombre,
Gabriel, Ana o Ezequiel tiene un significado que no sólo designaba el cuerpo
del individuo, sino también definía su ser. Gabriel significa “fuerza de Dios”,
Ana significa “benéfica, compasiva, llena de gracia” y Ezequiel significa “Dios
es mi fortaleza”. Por ello Jesús renombró a Simón (”el que ha escuchado a
Dios”) como Pedro (”roca” en latín). Paulo (“pedido a Dios” o ”prestado a
Dios”) pasó a llamarse a sí mismo como Pablo (“pequeño” en latín). De este modo
se daba a entender que a partir de aquel momento eran nuevas personas con una
nueva misión. Jesús (“salvación”) también se denomina como Emmanuel, es decir,
“Dios con nosotros”.
Pablo nos dice
que Jesús fue en todo semejante a nosotros excepto en el pecado. No es que un
hombre ordinario hubiera nacido primero de la Virgen, en quién después la
Palabra descendió; lo que decimos es que Dios se encarnó, haciéndose el
nacimiento en la carne el Suyo. María concibió por el poder del Espíritu Santo
y a través de ella a Jesucristo, segunda persona de la Santísima Trinidad,
consubstancial con el Padre y Dios verdadero de Dios verdadero, entró en este
mundo, tomando forma y alma humana. En Su persona están unidas tanto la
naturaleza divina como la naturaleza humana y no se pueden separar.
Jesús nos dice en
Juan 14, 9: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Quien ve a Jesús ve a
su cuerpo y quien ve a su cuerpo ve a Dios Padre “ ..porque Él y el Padre son
uno solo” (Jn 10, 30).
Pero queda la
pregunta ¿Las Escrituras llaman a María madre de Dios? Sí. El evangelio según
San Lucas nos relata: “Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María,
saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y
exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto
de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? (Lc 1, 41 - 43).
El evangelista es muy explícito, cuando Isabel queda llena del Espíritu Santo le
realiza una pregunta a María llamándola “madre de mi Señor”.
[1] Tomado de http://www.casadeoracioncr.com/tratado/499
el 25 de diciembre de 2014.
[2] No soy quien para profundizar en este tema específico tan fundamental.
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