El Magisterio o enseñanza de la Iglesia es necesaria para
evitar desviaciones dadas por la bien intencionada equivocación de los miembros
de la Iglesia, cosa que ha ocurrido en numerosas ocasiones a lo largo de la
historia de la misma. El Magisterio no es una sola persona, es toda una
tradición y todo un conjunto de fieles dedicados al estudio y meditación de la
Palabra al abrigo del Espíritu Santo. La enseñanza del Magisterio siempre está
fundamentada en las Escrituras. La interpretación de las Escrituras en la
Iglesia Católica se diferencia de algunas iglesias protestantes
fundamentalistas[1] en cuanto éstas tienen
como principio, que siendo la Biblia Palabra de Dios inspirada y exenta de
error, debe ser leída e interpretada literalmente en todos sus detalles. Dicho
fundamentalismo impone como única fuente de enseñanza sobre la vida cristiana y
la salvación una lectura de la Biblia que rehúsa todo cuestionamiento y toda
investigación crítica, rechazando admitir que la Palabra inspirada de Dios ha
sido expresada en un lenguaje humano, que es limitado, así como escrita por
seres humanos con capacidades y posibilidades de comprensión limitadas acerca
de lo que escribían ya que, por ejemplo, tenían una visión histórica y cultural
concreta y no plenamente conscientes del significado profundo de la inspiración
dada. La lectura textual lleva a veces a pretender que es hecho científico o
histórico algo que no necesariamente lo es, ya que la Biblia fue escrita en
orden a la salvación y no en orden a la transmisión de conocimiento. En
relación al Nuevo Testamento, les falta reconocer que tomó forma en el seno de
la tradición de una iglesia cristiana primigenia, cuya existencia es previa a la escritura de
los textos y por ello tiende a despreciar los credos, los dogmas, la función de
enseñanza de la Iglesia y las diferentes prácticas litúrgicas que se han vuelto
tradición eclesiástica, pero que tienen origen también en esa Iglesia inicial[2].
La diferencia con otras corrientes del protestantismo no fundamentalistas
es que la Iglesia Católica nutre su interpretación de tres fuentes adicionales a la escritura:
a.- la Tradición apostólica, es decir, todas aquellas actitudes, virtudes y
ritos que las comunidades cristianas primigenias llevaban a cabo como herederos
de la predicación y enseñanza de los discípulos de Jesús; b.- la reflexión
iluminada de las escrituras y plasmada en los escritos de los Padres de la Iglesia, quienes fueron básicamente personas que exhibieron en su tiempo una
constancia heroica en la proclamación de la Palabra y la vivencia de las
virtudes evangélicas, y que de manera muy extendida entre los miembros de la
Iglesia así se reconocía y reconoce[3]; y c.-
cuando desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos católicos afirman
estar completamente de acuerdo en cierta cuestión de fe y moral por el sentido
sobrenatural de la fe que nos da el Espíritu Santo.
Pero el Magisterio además de salvaguardar las verdades de la Fe también enfrenta el reto de revisar a la luz de las Escrituras y la Tradición nuevas cuestiones morales y éticas que surjan en cada época, como por ejemplo la concepción artificial mediante inseminación o los métodos anticonceptivos químicos y quirúrgicos.
Pero el Magisterio además de salvaguardar las verdades de la Fe también enfrenta el reto de revisar a la luz de las Escrituras y la Tradición nuevas cuestiones morales y éticas que surjan en cada época, como por ejemplo la concepción artificial mediante inseminación o los métodos anticonceptivos químicos y quirúrgicos.
De este modo la Iglesia Católica no solo cree en las Escrituras,
sino en la continua acción del Espíritu Santo a través de los fieles, laicos y
consagrados, la cual no cambia lo ya escrito, sino que lo lleva a una nueva
plenitud de significado.
“El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). La fuente del mensaje divino no está en las Escrituras sino
en el Espíritu Santo. La verdad de las fuentes diferentes a las Escrituras
radica en su sujeción a las inspiraciones del Espíritu Santo y en que jamás la contradicen, sino que hacen inteligible su mensaje para
cada época y sus circunstancias o se profundiza dicho mensaje para entender
mejor lo que Dios nos ha dicho en el lenguaje del hombre, que es limitado para
explicar los misterios divinos, bajo el oficio del Magisterio de la Iglesia.
Creo pertinente terminar haciendo referencia a Juan Damasceno (675-749):
“… y por lo tanto al magisterio de la Iglesia tomado en su conjunto es al que debe atribuirse la inspiración, no cada Padre en particular, porque «una golondrina no hace verano»”
[1] El término
“fundamentalista” se relaciona directamente con el Congreso Bíblico Americano
de 1895 en dónde los exégetas conservadores protestantes definieron cinco
puntos de fundamentalismo: la inerrancia verbal de la escritura, la Divinidad
de Cristo, Su nacimiento virginal, la doctrina de la expiación vicaria, y la
resurrección corporal en la segunda venida de Cristo.
[2] Quien desee profundizar
acerca de cómo se realiza la interpretación de la Biblia en el seno de la
Iglesia Católica, sus bondades y dificultades y sus diferencias con el
protestantismo, se le invita a consultar “La Interpretación de la Biblia en la
Iglesia”, texto presentado por la Pontificia Comisión Bíblica el 23 de abril de
1993 y publicado en español por la editorial PPC de España.
[3] Grupo de pastores y
escritores eclesiásticos, obispos en su mayoría, de los primeros siglos del
cristianismo, cuyo conjunto doctrinal es considerado testimonio de la fe y de
la ortodoxia en la Iglesia Católica. Los cuatro grandes padres griegos son: San
Atanasio de Alejandría, San Basilio el Grande, San Gregorio Nacianceno y San
Juan Crisóstomo. Y los cuatro latinos son: San Ambrosio de Milán, San Agustín
de Hipona, San Jerónimo de Estridón y San Gregorio Magno. Pero habitualmente se
conocen como padres de la Iglesia a una serie más amplia de escritores
cristianos, que va desde estas generaciones (siglo III) hasta el siglo VIII, y
que se caracterizan por la ortodoxia de su doctrina, santidad de vida y el
reconocimiento de la Iglesia.
Es un placer leer las homilías y escritos de muchos de
estos patriarcas, por cuanto llegaban a profundidades que iluminan grandemente, aún hoy, el sentido de las escrituras, además
de ilustrar cómo lo entendían en los primeros siglos.
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