martes, 26 de abril de 2016

El Magisterio de la Iglesia

El Magisterio o enseñanza de la Iglesia es necesaria para evitar desviaciones dadas por la bien intencionada equivocación de los miembros de la Iglesia, cosa que ha ocurrido en numerosas ocasiones a lo largo de la historia de la misma. El Magisterio no es una sola persona, es toda una tradición y todo un conjunto de fieles dedicados al estudio y meditación de la Palabra al abrigo del Espíritu Santo. La enseñanza del Magisterio siempre está fundamentada en las Escrituras. La interpretación de las Escrituras en la Iglesia Católica se diferencia de algunas iglesias protestantes fundamentalistas[1] en cuanto éstas tienen como principio, que siendo la Biblia Palabra de Dios inspirada y exenta de error, debe ser leída e interpretada literalmente en todos sus detalles. Dicho fundamentalismo impone como única fuente de enseñanza sobre la vida cristiana y la salvación una lectura de la Biblia que rehúsa todo cuestionamiento y toda investigación crítica, rechazando admitir que la Palabra inspirada de Dios ha sido expresada en un lenguaje humano, que es limitado, así como escrita por seres humanos con capacidades y posibilidades de comprensión limitadas acerca de lo que escribían ya que, por ejemplo, tenían una visión histórica y cultural concreta y no plenamente conscientes del significado profundo de la inspiración dada. La lectura textual lleva a veces a pretender que es hecho científico o histórico algo que no necesariamente lo es, ya que la Biblia fue escrita en orden a la salvación y no en orden a la transmisión de conocimiento. En relación al Nuevo Testamento, les falta reconocer que tomó forma en el seno de la tradición de una iglesia cristiana primigenia, cuya existencia es previa a la escritura de los textos y por ello tiende a despreciar los credos, los dogmas, la función de enseñanza de la Iglesia y las diferentes prácticas litúrgicas que se han vuelto tradición eclesiástica, pero que tienen origen también en esa Iglesia inicial[2].

La diferencia con otras corrientes del protestantismo no fundamentalistas es que la Iglesia Católica nutre su interpretación de tres fuentes adicionales a la escritura: a.- la Tradición apostólica, es decir, todas aquellas actitudes, virtudes y ritos que las comunidades cristianas primigenias llevaban a cabo como herederos de la predicación y enseñanza de los discípulos de Jesús; b.- la reflexión iluminada de las escrituras y plasmada en los escritos de los Padres de la Iglesia, quienes fueron básicamente personas que exhibieron en su tiempo una constancia heroica en la proclamación de la Palabra y la vivencia de las virtudes evangélicas, y que de manera muy extendida entre los miembros de la Iglesia así se reconocía y reconoce[3]; y c.- cuando desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos católicos afirman estar completamente de acuerdo en cierta cuestión de fe y moral por el sentido sobrenatural de la fe que nos da el Espíritu Santo.

Pero el Magisterio además de salvaguardar las verdades de la Fe también enfrenta el reto de revisar a la luz de las Escrituras y la Tradición nuevas cuestiones morales y éticas que surjan en cada época, como por ejemplo la concepción artificial mediante inseminación o los métodos anticonceptivos químicos y quirúrgicos.

De este modo la Iglesia Católica no solo cree en las Escrituras, sino en la continua acción del Espíritu Santo a través de los fieles, laicos y consagrados, la cual no cambia lo ya escrito, sino que lo lleva a una nueva plenitud de significado.

“El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). La fuente del mensaje divino no está en las Escrituras sino en el Espíritu Santo. La verdad de las fuentes diferentes a las Escrituras radica en su sujeción a las inspiraciones del Espíritu Santo y en que jamás la contradicen, sino que hacen inteligible su mensaje para cada época y sus circunstancias o se profundiza dicho mensaje para entender mejor lo que Dios nos ha dicho en el lenguaje del hombre, que es limitado para explicar los misterios divinos, bajo el oficio del Magisterio de la Iglesia.

Creo pertinente terminar haciendo referencia a Juan Damasceno (675-749):

“… y por lo tanto al magisterio de la Iglesia tomado en su conjunto es al que debe atribuirse la inspiración, no cada Padre en particular, porque «una golondrina no hace verano»




[1] El término “fundamentalista” se relaciona directamente con el Congreso Bíblico Americano de 1895 en dónde los exégetas conservadores protestantes definieron cinco puntos de fundamentalismo: la inerrancia verbal de la escritura, la Divinidad de Cristo, Su nacimiento virginal, la doctrina de la expiación vicaria, y la resurrección corporal en la segunda venida de Cristo.
[2] Quien desee profundizar acerca de cómo se realiza la interpretación de la Biblia en el seno de la Iglesia Católica, sus bondades y dificultades y sus diferencias con el protestantismo, se le invita a consultar “La Interpretación de la Biblia en la Iglesia”, texto presentado por la Pontificia Comisión Bíblica el 23 de abril de 1993 y publicado en español por la editorial PPC de España.
[3] Grupo de pastores y escritores eclesiásticos, obispos en su mayoría, de los primeros siglos del cristianismo, cuyo conjunto doctrinal es considerado testimonio de la fe y de la ortodoxia en la Iglesia Católica. Los cuatro grandes padres griegos son: San Atanasio de Alejandría, San Basilio el Grande, San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo. Y los cuatro latinos son: San Ambrosio de Milán, San Agustín de Hipona, San Jerónimo de Estridón y San Gregorio Magno. Pero habitualmente se conocen como padres de la Iglesia a una serie más amplia de escritores cristianos, que va desde estas generaciones (siglo III) hasta el siglo VIII, y que se caracterizan por la ortodoxia de su doctrina, santidad de vida y el reconocimiento de la Iglesia.
Es un placer leer las homilías y escritos de muchos de estos patriarcas, por cuanto llegaban a profundidades que iluminan grandemente, aún hoy, el sentido de las escrituras, además de ilustrar cómo lo entendían en los primeros siglos. 

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