martes, 4 de abril de 2017

Liturgia: Viernes santo

Continúo con la exposición de las liturgias más significativas y ricas del año litúrgico. Ahora, la del Viernes Santo, en la que se recuerda la Pasión del Señor, acto supremo de amor de Dios en favor de los hombres. La segunda parte es la "adoración de la cruz", no como acto de adoración a un material, sino como acto de adoración y agradecimiento a aquel que en dicho instrumento de martirio entrega su vida voluntariamente por cada uno de nosotros. Y en la parte final, se recuerda cuán doloroso fue para la madre de Jesús presenciar y aceptar en el corazón la oblación de su hijo. Es una invitación a hacernos uno con ella para experimentar en nuestro propio corazón dicho dolor, porque no hay amor tan profundo como el de una madre por su hijo, y de esa manera hacernos presentes de una manera especial en la Pasión de Jesús.


VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Según una antigua tradición, la Iglesia, ni el viernes ni el sábado se celebran los sacramentos excepto, la Reconciliación y la Unción de los enfermos.

En este día la comunión se distribuye a los fieles únicamente dentro de la celebración de la Pasión del Señor. Únicamente a los enfermos que no pueden asistir a esta celebración, se les puede llevar la comunión en cualquier momento del día.

El altar debe estar totalmente desnudo: sin cruz, sin candelabros y sin manteles.

Celebración de la Pasión del Señor

Después del mediodía, alrededor de las tres de la tarde, se realiza la celebración de la Pasión del Señor, que consta de tres partes: Liturgia de la Palabra, adoración de la Cruz, y sagrada Comunión.

La celebración comienza en silencio. Si hay que decir algunas palabras de introducción, debe hacerse antes de la entrada de los ministros. El sacerdote y los diáconos, revestidos con los ornamentos rojos como para la Misa, se dirigen en silencio al altar, hacen reverencia y se postran rostro en tierra o, según las circunstancias, se arrodillan; los fieles también se arrodillan y todos oran en silencio por unos momentos.

Después, el sacerdote, con los ministros, se dirige a la sede donde, vuelto hacia el pueblo, con las manos juntas, dice una de las dos oraciones siguientes:

Sacerdote: Acuérdate, Señor, de tu gran misericordia
y santifica con tu eterna protección
a esta familia tuya por la que Jesucristo
realizó el misterio pascual derramando su sangre en la cruz.
Él, que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios
por los siglos de los siglos.
Fieles: Amén.

O bien:
Sacerdote: Dios y Padre nuestro,
la Pasión de nuestro Señor Jesucristo nos libró de la muerte,
transmitida de generación en generación
a causa del pecado original.
Te pedimos que nos identifiques con tu Hijo
para que nuestra humanidad revestida de la imagen terrena
quede también, por tu acción santificadora,
revestida de la imagen celestial.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Fieles: Amén.

Primera parte: Liturgia de la Palabra

Todos se sientan y se proclama la lectura del profeta Isaías (52,13-53,12) con el salmo correspondiente.
Sigue la segunda lectura tomada de la carta a los Hebreos (4,14-16; 5,7-9) y el canto antes del Evangelio.
Luego se lee la historia de la Pasión del Señor según san Juan (18,1-19,42) del mismo modo que el domingo precedente, es decir, sin cirios ni incienso; se omite el saludo y la signación del libro de la Palabra. La lectura está a cargo de un diácono o, en su defecto, del mismo sacerdote. Sin embargo, se suele encomendar a lectores laicos las distintas partes reservando al diácono o al sacerdote la parte correspondiente a Cristo.

Concluida la lectura de la Pasión, el sacerdote realiza hágase una breve homilía, y terminada ésta los fieles pueden ser invitados a hacer un tiempo de oración en silencio.

La liturgia de la Palabra concluye con la Oración Universal que se hace de este modo: el diácono o en su ausencia un laico, desde el ambón, dice la invitación que expresa la intención de la plegaria; después todos oran en silencio durante unos momentos y, seguidamente, el sacerdote, con las manos extendidas, dice la plegaria en sí misma. Los fieles pueden permanecer de rodillas o de pie durante toda la oración.

I. Por la santa Iglesia.
Oremos, queridos hermanos, por la santa Iglesia:
que Dios le conceda la paz y la unidad,
la proteja en toda la tierra
y nos permita vivir en calma y serenidad
para glorificarlo como Padre todopoderoso.

Oración en silencio.
Sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que en Cristo revelas tu gloria a todos los pueblos,
protege a la Iglesia, obra de tu misericordia,
para que, extendida por todo el mundo,
persevere con fe inquebrantable
en la confesión de tu Nombre.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén.


II. Por el Papa.
Oremos también por nuestro santo Padre, el Papa N.,
llamado por Dios, nuestro Señor, al orden episcopal:
que Él lo asista y proteja en bien de su Iglesia,
para gobernar al pueblo santo de Dios.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
con tu sabiduría ordenas todas las cosas;
escucha nuestra oración y protege con amor al Papa que nos diste,
para que el pueblo cristiano que tú gobiernas
progrese siempre en la fe, guiado por este pastor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén.

III. Por el pueblo de Dios y sus ministros.
Oremos también por nuestro obispo N.,
pastor de la Iglesia diocesana de N.,
y por todos los obispos;
también por los presbíteros y diáconos
que colaboran con ellos en el servicio al pueblo de Dios.
Y encomendemos también a todos los que en la Iglesia
se esfuerzan por construir el Reino de Jesús.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que con tu Espíritu santificas y gobiernas a toda tu Iglesia,
escucha nuestras súplicas y concédenos tu gracia,
para que todos, según nuestra particular vocación,
podamos servirte con fidelidad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén.

IV. Por los catecúmenos, es decir, aquellos que conocen la fé en Cristo siendo adultos.
Oremos también por los catecúmenos;
que Dios nuestro Señor los ilumine interiormente,
les abra con amor las puertas de la Iglesia,
y así encuentren, en el bautismo,
el perdón de sus pecados y la incorporación plena a Cristo.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que fecundas sin cesar a tu Iglesia con nuevos hijos;
acrecienta la fe y la sabiduría de los catecúmenos,
para que, renacidos en la fuente bautismal,
sean contados entre tus hijos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén.

V. Por la unidad de los cristianos.
Oremos también por todos nuestros hermanos que creen en Cristo,
aunque no se profesan católicos;
para que Dios, nuestro Señor, reúna y conserve en su única Iglesia
a quienes procuran vivir en la verdad.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que reúnes a quienes están dispersos
y conservas en la comunión a quienes ya están unidos,
mira con bondad el rebaño de tu Hijo,
para que la integridad de la fe y el vínculo de la caridad
congreguen a los que han sido consagrados por el único bautismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén

VI. Por los judíos.
Oremos también por los judíos,
a quienes Dios, nuestro Señor, habló primero,
para que se acreciente en ellos el amor de su Nombre
y la fidelidad a su alianza.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
que confiaste tus promesas a Abraham y a su descendencia,
escucha con bondad las súplicas de tu Iglesia,
para que el pueblo de la primera Alianza
pueda alcanzar la plenitud de la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén

VII. Por quienes no creen en Cristo.
Oremos igualmente por quienes no creen en Cristo,
aunque profesan alguna religión,
para que iluminados por el Espíritu Santo,
encuentren también ellos el camino de la salvación.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
concede que quienes no creen en Cristo,
viviendo en tu presencia con sinceridad de corazón, encuentren la verdad
y que nosotros, progresando en la caridad fraterna
y en el deseo de conocerte mejor
seamos ante el mundo testigos más convincentes de tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén

VIII. Por quienes no creen en Dios.
Oremos también por quienes no reconocen a Dios,
lo niegan o son indiferentes o agnósticos,
para que buscando con sinceridad lo que es recto
puedan llegar hasta él.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno:
tú has creado al hombre para que te buscara con ansias
y hallara reposo habiéndote encontrado;
concede a quienes todavía no te conocen
que se alegren al reconocerte como el único Dios verdadero,
al experimentar, más allá de las dificultades, los signos de tu amor
y el testimonio de las buenas obras de los creyentes.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén

IX. Por los gobernantes.
Oremos también por los gobernantes de todas las naciones,
especialmente los de nuestro país,
para que Dios, nuestro Señor, según sus designios,
los guíe en sus pensamientos y en sus decisiones
hacia la paz y libertad de todos los hombres;
que trabajen decididamente al servicio de una vida más digna para todos,
una distribución más inteligente de las riquezas,
y una justicia transparente y eficaz.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
en tus manos están los corazones de los hombres
y los derechos de los pueblos:
asiste con bondad a nuestros gobernantes,
para que, con tu protección, afiancen en toda la tierra
la prosperidad, la libertad religiosa,
y una paz duradera.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén


X. Por los que sufren.
Oremos finalmente, hermanos, a Dios Padre todopoderoso,
para que libre al mundo de toda falsedad, del hambre y de la miseria.
Oremos por los que sufren los horrores de la guerra, de las dictaduras crueles,
de la tortura, de la persecución y de la violencia.
Oremos también por los perseguidos y encarcelados,
y por los que son tratados injustamente por los hombres;
por las víctimas del racismo, por los enfermos, por los moribundos.
Y oremos por las familias
que están atravesando momentos de prueba y sufrimiento,
a causa de la falta de trabajo, del desencuentro, de la separación,
de la pobreza, de la inseguridad.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
Dios todopoderoso y eterno,
consuelo de los afligidos
y fortaleza de los atribulados;
escucha el grito de la humanidad sufriente,
para que se alegre al experimentar tu misericordia
en medio de sus angustias y necesidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén


Segunda parte: Adoración de la santa Cruz

Concluida la oración universal, se realiza la solemne adoración de la Cruz. Hay dos opciones para proceder:

Presentación de la santa Cruz
Primera Forma:
La cruz, cubierta con un velo es llevada al altar, acompañada por dos ministros con cirios encendidos. El sacerdote, de pie ante el altar, recibe la cruz y, descubriéndola en la parte superior, la eleva, invitando a los fieles a adorar la cruz, con las palabras: "Este es el árbol de la Cruz..." ayudado en el canto por los ministros o por el coro. Todos responden "Vengan y adoremos". Acabada la aclamación todos se arrodillan y adoran en silencio durante unos momentos la cruz que el sacerdote, de pie, mantiene en alto.
Luego el sacerdote descubre el brazo derecho de la cruz y, elevándola nuevamente, comienza la invitación: "Este es el árbol de la Cruz...", y se hace como la primera vez.
Finalmente descubre totalmente la cruz y, elevándola, comienza por tercera vez la invitación: "Este es el árbol de la Cruz..." y se hace todo como la primera vez.
Después, acompañado por dos ministros con cirios encendidos, lleva la cruz hasta la entrada del presbiterio, o a otro lugar apto, y allí la deja o la entrega a los ministros para que la sostengan, después que han dejado los cirios a ambos lados de la cruz.
Inmediatamente se hace la adoración de la Cruz.

Segunda Forma:
El sacerdote o el diácono, con los ministros, u otro ministro idóneo, se dirige a la puerta de la iglesia donde toma la cruz descubierta. Desde allí se hace la procesión por la iglesia hacia el presbiterio; los ministros llevan cirios encendidos. Cerca de la puerta, en medio del templo y antes de subir al presbiterio, el que lleva la cruz la eleva y dice la invitación: "Este es el árbol de la Cruz..." a la que todos responden: "Vengan y adoremos". Después de cada respuesta todos se arrodillan y adoran en silencio, como se ha indicado antes. Luego se coloca la cruz con los candeleros a la entrada del presbiterio.

Tercera Forma:
Pueden combinarse las dos formas anteriores, de modo que se traiga la cruz procesionalmente como en la segunda forma pero cubierta con un velo; en cada uno de los sitios donde se detiene la procesión, antes del canto de invitación, se descubre una parte de la cruz (como en la primera forma).

Adoración de la santa Cruz

El sacerdote, los ministros y los fieles se acercan procesionalmente y reverencian la cruz mediante una genuflexión simple o con algún otro signo adecuado, por ejemplo, besando la cruz, según las costumbres del lugar. Mientras tanto se canta la antífona: "Señor, adoramos tu cruz", los "Improperios" u otro canto adecuado. Los que ya han adorado la cruz regresan a sus lugares y se sientan.
Para la adoración sólo debe exponerse una cruz.
Concluida la adoración, la cruz es llevada a su lugar en el altar. Los candeleros con los cirios encendidos se colocan cerca del altar o a los lados de la cruz.
Invitación para mostrar la santa Cruz

Sacerdote: Este es el árbol de la Cruz, donde estuvo suspendida la salvación del mundo
Fieles: Vengan y adoremos.

Durante todo el proceso se pueden realizar cantos adecuados. Según las tradiciones de los pueblos y si pastoralmente parece oportuno, puede cantarse el himno Stabat Mater, según el Gradual Romano, o algún otro canto alusivo a los dolores de la Santísima Virgen.

Tercera parte: Sagrada comunión

Sobre el altar se extiende el mantel. Luego el diácono, o en su defecto el mismo sacerdote, trae el Santísimo Sacramento desde el lugar de la reserva, por el camino más breve, mientras todos permanecen de pie y en silencio. Dos ministros acompañan al Santísimo Sacramento con cirios encendidos que luego colocan junto al altar o sobre el mismo.
Después que el diácono ha colocado sobre el altar el Santísimo Sacramento y ha descubierto el copón, el sacerdote se acerca, se arrodilla (genuflexión) y sube al altar.

El sacerdote, con las manos juntas, dice en alta voz:

Fieles a la recomendación del Salvador
y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:
Extiende las manos y, junto con el pueblo, continúa:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

El sacerdote, con las manos extendidas, prosigue él solo:
Líbranos de todos los males, Padre,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo.
Junta las manos. El pueblo concluye la oración, aclamando:
Tuyo es el reino,
tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Obsérvese que el la Misa nunca se dice “Amén” al terminar la oración del Padre Nuestro, por cuanto el sacerdote continúa la oración.

A continuación, el sacerdote, con las manos juntas, dice en secreto:
Señor Jesucristo,
la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre
no sea para mí un motivo de juicio y condenación,
sino que, por tu bondad,
sirva para defensa de mi alma y mi cuerpo
y sea remedio de salvación.

Luego, el sacerdote hace genuflexión, toma una hostia consagrada y, sosteniéndola un poco elevado sobre el copón lo muestra al pueblo, diciendo:
Éste es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo.
Dichosos los invitados a la cena del Señor.
Y, juntamente con el pueblo, añade:
Señor, no soy digno
de que entres en mi casa,
pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Y comulga reverentemente el Cuerpo de Cristo.

Después distribuye la comunión a los fieles. Durante la comunión se puede cantar el Salmo 21 u otros cantos apropiados.

Acabada la distribución de la comunión, un ministro idóneo lleva el copón al lugar preparado especialmente fuera de la iglesia, o bien, si lo exigen las circunstancias, es colocado en el sagrario.

Según las circunstancias, se hace una pausa de sagrado silencio, luego el sacerdote dice la siguiente oración:

Oremos.
Dios todopoderoso y eterno,
tú nos has salvado con la gloriosa muerte y resurrección de Cristo.
Mantén viva en nosotros la obra de tu misericordia,
para que, por la participación de este sacramento,
vivamos siempre dedicados a tu servicio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén.

Para despedir al pueblo de Dios, el sacerdote, de pie, mirando hacia los fieles y con las manos extendidas sobre él, dice la siguiente oración:

Señor y Dios nuestro:
te pedimos que descienda una abundante bendición sobre tu pueblo,
que ha celebrado la muerte de tu Hijo
con la esperanza de la Resurrección.
Llegue a él tu perdón,
concédele tu consuelo,
acrecienta su fe
y asegúrale la eterna salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Fieles: Amén.

Y todos se retiran en silencio.

En el momento oportuno se despoja el altar, quedando solamente la cruz y los cuatro candeleros.

Memoria de los dolores de la Santísima Virgen María junto a la cruz

Según una antigua tradición, en la tarde del Viernes Santo se realizaba en nuestras iglesias un piadoso ejercicio en memoria de los dolores sufridos por la Santísima Virgen María junto a la cruz de su Hijo, y de su estado de profunda soledad después de la muerte de Jesús.

Es opción del lugar conservar este ejercicio tradicional. Debe ser tal que, en su forma exterior, en el tiempo elegido y en otras particularidades, de ningún modo reste importancia a la solemne acción litúrgica con que la Iglesia celebra en este día la Pasión y la Muerte del Señor.
Pero en general, en lugar del piadoso ejercicio tradicional, es más conveniente insertar la memoria del dolor de María en la misma acción litúrgica con la que se celebra la Pasión del Señor; de esta manera, en efecto, aparecerá con más evidencia que la Virgen María está unida indisolublemente a la obra de salvación realizada por su Hijo.

Después de la adoración de la Cruz o antes de la oración sobre el pueblo, el sacerdote se dirige brevemente a los fieles con estas palabras u otras semejantes:

Queridísimos hermanos,
hemos adorado solemnemente la Cruz, en la cual nuestro Señor Jesucristo,
muriendo redimió el género humano.
También María estaba junto a la Cruz del Hijo, por voluntad de Dios Padre.
Junto a la Cruz, la Madre se mantuvo fuerte en medio del inmenso dolor
que sufría por su Hijo único
y así se asoció con ánimo maternal a su sacrificio,
compartió amorosamente la inmolación
y aceptó del Hijo moribundo, como testamento de la caridad divina,
ser la Madre de todos los hombres.
Así, María, la nueva Eva, sostenida por la fe,
fortalecida por la esperanza y llena de amor,
llegó a ser modelo para toda la Iglesia.
Por tanto, adorando el eterno plan de Dios Padre,
nosotros que hemos celebrado la memoria de la Pasión del Hijo,
recordamos también el dolor de la Madre.

Después de la introducción, el diácono, o el mismo sacerdote, invita a los fieles a recogerse en silenciosa plegaria.

Después de la pausa de silencio, pueden cantarse algunas estrofas del "Stabat Mater" u otro canto que sea realmente adecuado a esta celebración por el contenido, expresión literaria y musical.


Terminado el canto, puede decirse alguna oración situada en la Memoria de María junto a la Cruz, y luego continúa la acción litúrgica con el rito de comunión si se eligió la primera posibilidad o la oración sobre el pueblo si se eligió la segunda posibilidad. 

martes, 28 de marzo de 2017

La Liturgia: Jueves Santo

Jueves, viernes y sábados santos son la joya de la corona de la liturgia católica. La Iglesia celebra los grandes misterios de la historia de la salvación en el “sacro Triduo pascual”. En él se actualiza la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Describo la liturgia para conocimiento de los cristianos no católicos acerca de qué significa para la Iglesia romana la palabra "liturgia", y para los católicos, para que aprecien por escrito la misma.

En esta primera entrada, la liturgia del Jueves Santo, en donde se recuerda la institución del Orden sacerdotal, de la Eucaristía y del amor al prójimo. 

Jueves de la Cena del Señor[1]

En una celebración vespertina se celebra la Misa de la Cena del Señor. Se inicia con una antífona de entrada en la que nos gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección; por él hemos sido salvados y redimidos. (cf. Gal. 6,14). Luego se canta o se dice el Gloria. Mientras se canta este himno, se tocan las campanas. Terminado el canto, las campanas no vuelven a tocarse hasta la Vigilia Pascual (el sábado en la noche). Se inicia la que se denomina oración colecta:

Dios y Padre nuestro nos hemos reunido para celebrar la santísima Cena del Señor,
en la que tu Hijo único, antes de entregarse a la muerte,
confió a la Iglesia el nuevo y único sacrificio,
banquete pascual de su amor.
Te pedimos la gracia de recibir plenamente
la caridad y la vida que brotan de este misterio tan grande.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.



Después de proclamar el Evangelio que corresponde al ciclo de lecturas (recordar que hay tres: A, B y C, es decir, que difieren cada año en ciclos de tres años), el sacerdote pronuncia la homilía, en la cual se exponen los grandes misterios que se recuerdan en esta Misa, es decir, la institución de la sagrada Eucaristía y del Orden sacerdotal y el mandato del Señor sobre la caridad fraterna.

Lavatorio de los pies

Después de la homilía, es usual llevar a cabo el rito del lavatorio de los pies. Varones designados previamente por ser cercanos a la parroquia, acompañados por los ministros, van a ocupar los asientos preparados para ellos en un lugar visible a los fieles. El sacerdote deja la casulla, se acerca a cada una de las personas designadas y, con la ayuda de los ministros, les lava los pies y se los seca, a imitación del Señor. Mientras tanto se canta alguna de las antífonas siguientes u otro canto adecuado:

Primera opción de Antífona (Cf. Jn. 13, 4.5.15)
Después de levantarse de la mesa, el Señor echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies a los discípulos. Este fue el ejemplo que les dejó.

Segunda opción de Antífona (Cf. Jn. 13, 12.13.15)
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.

Tercera opción de Antífona (Cf. Jn. 13, 6.7.8)
Coro: Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? Jesús le respondió: -Si no te lavo los pies, no podrás compartir mi suerte.
Principal: Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo:
Coro: - Señor, ...
Principal: No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero lo comprenderás después.
Coro: - Señor, ...
           
Cuarta opción de Antífona (Cf. Jn. 13,14)
Si yo, su Señor y Maestro, les he lavado los pies; cuánto más ustedes deben lavarse los pies unos a otros.

Quinta opción de Antífona (Cf. Jn. 13,35)
En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan unos a otros.
Principal: Jesús dijo a sus discípulos:
Coro: - En esto ...

Sexta opción de Antífona (Cf. Jn 13,34)
Les doy un mandamiento nuevo: ámense unos a otros como yo los he amado, dice el Señor.

Séptima opción de Antífona (1 Cor. 13,13)
Permanezcan en ustedes la fe, la esperanza y la caridad; pero de estas tres virtudes, la más grande es la caridad.
Ahora existen la fe, la esperanza y la caridad, pero de estas tres virtudes, la más grande es la caridad.

Se ofrecen varias opciones. Es un rasgo común para cada una de las partes de la liturgia. El sacerdote tiene la opción de elegir cuál.

Inmediatamente después del lavatorio de los pies, el sacerdote se lava y seca las manos, se coloca nuevamente la casulla y regresa a la sede; se hace la oración de los fieles. En esta Misa no se dice el Credo.

Liturgia de la Eucaristía

Al comienzo de la liturgia eucarística puede organizarse una procesión de los fieles con las ofrendas para los pobres que se acercan al altar junto con el pan y el vino. Mientras tanto se canta un himno en latín u otro canto solemne adecuado.

Oración sobre las ofrendas:
Concédenos, Padre, participar dignamente de estos sagrados misterios, pues cada vez que celebramos el memorial del sacrificio de tu Hijo, se realiza la obra de nuestra redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.

El Sacrificio y el Sacramento de Cristo

Como prefacio a rememorar el sacrificio se pronuncian las siguientes palabras:

Sacerdote: El Señor esté con ustedes.
Coro: Y con tu espíritu.
Sacerdote: Levantemos el corazón.
Coro:  Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Sacerdote: Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Coro: Es justo y necesario.
Sacerdote: Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro, verdadero y único sacerdote.

Él mismo al instituir el sacrificio de la eterna alianza se ofreció a sí mismo como víctima de salvación y nos mandó ofrecerlo en su memoria.

Cuando comemos su Carne, inmolada por nosotros, somos fortalecidos; cuando bebemos su Sangre, derramada por nosotros, somos purificados.

Por eso, con los ángeles y los santos y con todos los coros celestiales cantamos sin cesar, el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo...

En las peticiones a Dios Padre se dicen plegarias propias para esta Misa.

Durante la comunión de los fieles se canta un canto relacionado con la comunión, la cual hace referencia a: -Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Esta copa es la nueva alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía. (1 Cor. 11,24-25)

Terminada la distribución de la comunión, se deja sobre el altar el copón con las hostias consagradas para la comunión del día siguiente.

La Misa termina con la oración después de la comunión:
Padre providente, concédenos que así como hoy nos alimentas en esta Cena de tu Hijo, también merezcamos ser saciados en la fiesta de la eternidad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Concluida la oración, el sacerdote permanece de pie ante el altar, pone incienso en el incensario y, de rodillas, inciensa tres veces el Santísimo Sacramento. Luego recibe el velo humeral, toma en sus manos el copón y lo cubre con las extremidades del velo. Se forma la procesión para llevar el Santísimo Sacramento a través del templo, hasta el lugar preparado para su reserva, y que puede ser una capilla convenientemente dispuesta y adornada. En la procesión, precede el crucifijo, ministros con ciriales, el incensario y luego el sacerdote que lleva el copón. Mientras dura la procesión se canta el himno "Pange lingua" (excepto las dos últimas estrofas), u otro canto eucarístico.

Cuando la procesión ha llegado al lugar de la reserva, el sacerdote deja el copón, pone incienso y, puesto de rodillas, lo inciensa, mientras se cantan las dos últimas estrofas del "Pange lingua" ("Tantum ergo sacramentum"). Después se cierra el tabernáculo o sagrario especialmente preparado.
Todos hacen unos momentos de oración en silencio y luego, el sacerdote y los ministros, hacen genuflexión y regresan a la sacristía.

En seguida se desnuda el altar y, si es posible, se retiran las cruces del templo. Es conveniente que las cruces que queden en la iglesia sean cubiertas con un velo.

Los fieles, en esa noche, según las circunstancias y costumbres del lugar, permanecen durante un tiempo en adoración al Santísimo Sacramento. Después de la medianoche, la adoración se realiza sin solemnidad alguna.


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[1] Misal de la Iglesia Católica Romana

El Purgatorio

El otro día iban mi esposa y nuestras hijas en el transporte público y una señora se dio la vuelta y le preguntó sobre su prioridad para la educación de las niñas. Mi esposa respondió desprevenidamente que la fe en Dios. Por sus palabras esta señora denotó que era cristiana católica, así que, en vez de compartir la alegría de la Fe, movió la conversación según su ánimo proselitista. “En ningún lugar de la Biblia se habla del purgatorio”. Evidentemente era cristiana protestante de alguna denominación.

El tema es importante ya que, efectivamente, en la Biblia no se habla en ningún momento del Purgatorio. Dicha palabra procede del latín tardío, medioval, purgatorium o purgatorius que significa que limpia o purifica.

Mi concepto acerca de la sustentación bíblica estaba puesta en Macabeos: “Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio rogar por los muertos; mas si consideraba que una magnífica recompensa está reservada a los que duermen piadosamente, era un pensamiento santo y piadoso. Por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado.” (Mc II 12,44-46). Pero como ya lo he explicado en otra entrada, los protestantes no consideran “inspirado” dicho libro. Así que pensé que no había medios para argumentar.

Los protestantes basan su punto de vista en, por ejemplo, la carta a los hebreos:

"Y del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación ya con el pecado a los que le esperan para su salvación." (Heb 9,27)

Explican que “Dios nos dice que quienes rehúsan confiar en Cristo para ser limpiados de sus pecados, son condenados: El que cree en Él no se pierde; pero el que no cree ya se ha condenado, por no creerle al Hijo Único de Dios (Juan 3:18). Hay sólo dos posibilidades de elección: El que cree al Hijo vive de vida eterna; pero el que se niega a creer no conocerá la vida, siendo merecedor de la cólera de Dios (Juan 3:36; vea también Apocalipsis 20:15; Lucas 16:19-31, especialmente el versículo 26). Cualquiera que acepte a Cristo es salvado completamente: Ahora, pues, se acabó esta condenación para aquellos que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Al decir que no hay condenación, ciertamente elimina las llamas del purgatorio.”[1]

En general, sólo consideran dos posibilidades como resultado del Juicio personal: cielo o infierno. No aceptan que haya una tercera posibilidad, la del cielo previa una purificación.

El evangelio según Mateo nos refiere:

"Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?»

Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» «Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: "Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré." Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: "Paga lo que debes." Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: "Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré." Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: "Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?" Y encolerizado su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.»" (Mateo 18, 21-35)

Es interesante el final de la parábola porque da a entender que no lo condenó a la muerte, sino que “lo entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía”.

He aquí una referencia a una carta de Pablo:

“Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego.

Aquél, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa.

Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego.” (I Cor 3, 10-15)

De nuevo un dato interesante: "Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego."

Orígenes (185 – 254 d.C.), uno de los primeros apologistas cristianos, explica el texto así: "Porque si sobre la base de Cristo, has construido no sólo oro y plata sino piedras preciosas; sino también madera, caña o paja ¿qué es lo que esperas cuando el alma sea separada del cuerpo? ¿Entrarías al cielo con tu madera y caña y paja y de este modo manchar el reino de Dios? ¿o en razón de estos obstáculos podrías quedarte sin recibir premio por tu oro y plata y piedras preciosas? Ninguno de estos casos es justo. Queda entonces, que serás sometido al fuego que quemará los materiales livianos; para nuestro Dios, a aquellos que pueden comprender las cosas del cielo está llamado el fuego purificador.

Pero este fuego no consume a la criatura, sino lo que ella ha construido, madera, caña o paja. Es manifiesto que el fuego destruye la madera de nuestras trasgresiones y luego nos devuelve con el premio de nuestras grandes obras." (Origenes P. G., XIII, col. 445, 448).

Tambien el Evangelio de Mateo nos transmite una enseñanza de Jesús: “Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro.” (Mt 12, 32)

Gregorio Magno (540-604) comentó de este texto: "Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro (Mt 12, 32), es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso".

Así que entre los primeros Padres existía la idea de una tercera opción tras el juicio, aún sin darle la denominación específica de Purgatorio.

El apocalispsis nos dice, refiriéndose a la Jerusalem celestial, que “Nada profano entrará en ella, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.” (Ap 21, 27). Preguntémonos, si algún hermano nuestro cree en Dios Hijo y de ese modo es merecedor de vivir la vida eterna, pero tiene faltas veniales y no está purificado para presentarse a la Gloria de Dios, ¿cómo es juzgado? ¿Muerte eterna? ¿Vida eterna? ¿No hay otra posibilidad?





[1] Bajado de https://www.chick.com/es/reading/books/141/141_07.asp el 28 de marzo de 2017

viernes, 3 de marzo de 2017

Cómo la nueva resistencia feminista deja por fuera a las mujeres norteamericanas

Columna de opinión de Lauren Enriquez. New York Times, 27 de febrero de 2017.

A los pocos días de la elección de Donald J. Trump, la izquierda estadounidense, nuevamente animada en la oposición, manifestó un grito de protesta: "El amor triunfa sobre el odio". Inherente al lema es la idea de que el señor Trump defiende la división y la discriminación, en tanto que sus oponentes representan el amor y la inclusión. En ningún sitio fue más visible este sentimiento que en la Marcha de las Mujeres en Washington al día siguiente de la inauguración del mandato presidencial.

Sin embargo, en aquel momento y desde entonces, está perdido en medio de la acción cualquier sentido de lo que el movimiento representa; en última instancia, se estableció el sentido de aquello por lo que el movimiento está en contra: no sólo la caricatura de un Sr. Trump como misógino inclinado a enviar a las mujeres a los Estados Unidos de la década de 1950, sino también todo lo relacionado con él. Tal vez lo más importante es que mientras la Marcha de las Mujeres afirmaba defender el amor, la no violencia y la inclusión, sus organizadoras se negaron de manera firme a extender esa "inclusión" a las mujeres pro-vida. No podemos pasar por alto el significado de este acto, porque revela una grieta fatal en la armadura del nuevo movimiento de resistencia feminista: su posición radical sobre el aborto. Este movimiento no será capaz de unir a las mujeres estadounidenses porque rechaza la posición que la mayoría de las mujeres estadounidenses tienen acerca del aborto - que debe ser completamente ilegal, o legal, pero con restricciones significativas.

Según la última Encuesta Marista financiada por los Caballeros de Colón, un sondeo anual de opiniones sobre el aborto, poco más de la mitad de todas las mujeres quieren ver más restricciones sobre el aborto. Para millones de mujeres, incluidas jóvenes como yo, esto no es sólo una postura política; involucra muchas áreas de nuestras vidas como mujeres. Para nosotras, la "resistencia" tiene que incluir la oposición a la mentira de que la libertad puede ser comprada con la sangre de nuestros hijos pre-nacidos.

Rechazamos la idea de que necesitamos el libre “aborto por demanda”, sin disculpas. Estamos ofendidas por los esfuerzos beligerantes de los medios de comunicación de retratar el movimiento pro-aborto como normal, mientras hace oidos sordos ante las millones de nosotras que creemos que las mujeres merecen algo mejor que el aborto. Rechazamos una caústica minoría que dice hablar en nuestro nombre y nos excluye del "movimiento de mujeres".

Las mujeres contra el aborto rechazan la versión del "feminismo" que infiere que no podemos ser iguales a los hombres a menos que desaparezca lo que es único acerca de nosotras como mujeres: nuestra capacidad de proteger, fomentar y nutrir una nueva vida dentro de nuestros cuerpos. Nos resistimos a la sabiduría convencional de que las mujeres tendrán éxito en la escuela, la carrera profesional y la vida sólo si relegamos la maternidad a un momento "ideal" difícil de alcanzar en el tiempo. Rechazamos la presión para que creamos que matar a nuestras hijas y vivir una vida plena es complementario. No lo es.

Como mujer que ha estado involucrada en el movimiento pro-vida por toda mi vida adulta, quiero borrar el estereotipo de que las personas que trabajan para acabar con el aborto odian a las mujeres. Mi movimiento empodera a las mujeres de maneras tangibles. En Human Coalition, donde trabajo, extendemos ayuda tangible y compasiva a mujeres embarazadas que creen que el aborto es la mejor o única opción disponible para ellas. Este es un grupo poblacional desatendido, y estamos trabajando para estar en el combate a favor de ellas.

Grupos como el nuestro trabajan con cada mujer para identificar las circunstancias únicas que la han hecho sentir impotente, y luego respondemos a esas necesidades. Eso puede significar ir con ellas a solicitar servicios de seguridad social; ayudándolas a asegurar viviendas seguras y asequibles; encontrando soluciones de cuidado de niños; o ayudarlas a mejorar su currículum y a encontrar empleo. No hay debate: Las mujeres se enfrentan a obstáculos durante el embarazo. Pero me niego a aceptar que la venta ambulante de la muerte ante la crisis pueda realmente alguna vez empoderar a una mujer.

Y no son sólo las mujeres pro-vida las que sienten de esta manera. Los hombres junto con los que trabajo quieren acabar con el aborto no porque quieran controlar a las mujeres, sino porque están de acuerdo en que el sacrificio de los hijos de una mujer a cambio de su éxito es inimaginable.

Los hombres con los que trabajo están creando una cultura en la cual sus propias esposas, hijas y hermanas son fortalecidas y apoyadas. Están haciendo impensable el aborto al extender compasión y esperanza en una sociedad donde los hombres han usado demasiado a menudo el aborto para oprimir y explotar a las mujeres.

Si un movimiento quiere hablar por mí como mujer, entonces debe ser lo suficientemente amplio como para tomar mis firmes creencias, y aceptarlas como corriente de pensamiento. Las mujeres que desafían el movimiento del aborto saben que nuestro poder no está en un puño cerrado o un acto de violencia contra cualquier persona - especialmente no contra nuestros propios niños pre-nacidos. Más bien, nuestro poder consiste en elevar el statu quo del aborto exigiendo más por nosotras mismas, por nuestras familias y por nuestros hijos.

Fuente: https://www.nytimes.com/2017/02/27/opinion/how-the-new-feminist-resistance-leaves-out-american-women.html

lunes, 27 de febrero de 2017

¿Creacionismo o evolucionismo?

Hace poco más de un año me invitaron a una charla que iban a dar unos científicos católicos norteamericanos. No me dijeron más. Investigué acerca de los individuos y encontré que apoyaban el creacionismo. Respondí de una manera dura y poco caritativa sobre el fundamentalismo y cómo ahora los católicos norteamericanos se están dejando llevar por sus hermanos protestantes.

El tema me dejó inquieto. ¿Por qué hay tanta gente de acuerdo con el creacionismo? ¿Qué hay de fundamentalismo y qué hay de ciencia en mi primera reacción? Me permití darle un vistazo al tema.

Se deben distinguir dos sentidos del “creacionismo”. Una cosa es el “creacionismo científico” que en biología se opone a la teoría de la evolución y defiende que cada una de las especies es el resultado de un acto particular de creación. Otra cosa diferente es el “creacionismo” como visión filosófica o teológica. En este segundo sentido nos estamos refiriendo a la teoría según la cual Dios creó el mundo de la nada e interviene directamente en la creación del alma humana en el momento de la concepción.

Se puede ser creacionista en este segundo sentido, y a la vez ser partidario, en el ámbito científico, de la teoría de la evolución.

El Papa Juan Pablo II en una de sus catequesis semanales tocó el tema de la evolución, indicando que ésta es “sólo una probabilidad, no una certeza científica”. Recordó que “la doctrina de fe afirma que el alma espiritual humana es creada directamente por Dios. De acuerdo a la hipótesis mencionada (la evolución), es posible que el cuerpo humano, siguiendo la orden imprimida por el Creador sobre las energías de la vida, pudiera haber sido preparado gradualmente en formas de seres vivientes antecedentes. Pero el alma humana, de la cual depende definitivamente la humanidad del hombre, no puede provenir de la materia, debido a su naturaleza espiritual”. (16-abril-1986)

Dios pudo haber escogido formar el universo a través de un proceso evolucionista. Pero, aunque lo haya hecho así y no lo haya hecho por creación directa, Dios siempre debe ser reconocido como su Creador.

Bajo esta clara premisa, la Iglesia Católica estimula una investigación diligente, seria y honesta, de manera que algún día los científicos puedan conocer con certeza el método que Dios utilizó para llevar al ser humano y al universo hasta su estado actual de desarrollo. La respuesta final no causará conflicto entre la verdad científica y la verdad de fe, ya que Dios es el autor de ambas.

El Magisterio de la Iglesia, en sí, no se opone a la evolución como teoría científica. Por una parte, deja y pide a los científicos que hagan investigación en lo que constituye su ámbito específico. Pero, por otra, ante las ideologías que están detrás de algunas versiones del evolucionismo, deja claros algunos puntos fundamentales que hay que respetar:
  • No se puede excluir, «a priori», la causalidad divina. La ciencia no puede ni afirmarla, ni negarla.
  • El ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. De este hecho deriva su dignidad y su destino eterno.
  • Hay una discontinuidad entre el ser humano y otros seres vivientes, en virtud de su alma espiritual, que no puede ser generada por simple reproducción natural, sino que es creada inmediatamente por Dios.
La Biblia no tiene una finalidad científica, sino tracendente, por lo que no sería correcto sacar consecuencias que puedan implicar a la ciencia, ni respecto a la doctrina del origen del universo, ni en cuanto al origen biológico del hombre. Hay que hacer, por tanto, una correcta exégesis de los textos bíblicos, como indica claramente la Pontificia Comisión Bíblica, en «La interpretación de la Biblia en la Iglesia» (1993).

Transcribo ahora algunos de los puntos que los creacionistas le argumentan a los evolucionistas:
  • La Evolución es una teoría. Es decir, es sólo una posible explicación de los orígenes del universo, no un hecho científicamente comprobado, menos aún, innegable ... a pesar de lo que digan los libros de texto. Siendo sólo una teoría, debe aceptarse o rechazarse basándonos en evidencia científica.
  • Los científicos evolucionistas no pueden demostrar sus teorías como un químico lo hace en un laboratorio, sino que sus teorías las desarrollan basados en interpretaciones razonables, en la que muchas veces incluyen la imaginación.
  • La Teoría de la selección natural ha sido seriamente cuestionada por algunos científicos. Las posiciones contrarias a ella están siendo bloqueadas en los medios académicos, lo cual va en contra del método científico.
  • En la evolución de las especies el estudio de los fósiles no ofrece pruebas del paso de los peces a los reptiles, de las aves a los mamíferos, ni tampoco eslabones entre una especie y otra. De tal forma que muchos científicos están considerando la evolución como una teoría más bien especulativa.
  • Tampoco el “eslabón perdido” que establecería el paso de una especie homínida al hombre actual se ha conseguido todavía. Más aún, como la ciencia evolucionista no es una disciplina estable, suceden revisiones, correcciones y replanteamientos de manera constante. Por ejemplo, hoy en día el Homus Erectus incluye a tres divisiones de fósiles que anteriormente se consideraban diferentes entre sí: el hombre de Pekin, el hombre de Java y el hombre de Neardental. Es decir, actualmente los científicos están dándose cuenta que fósiles que parecían distintos (pocos, por cierto) son esencialmente los mismos.
    Otro ejemplo: la teoría de que el ser humano fue en algún momento feroz hoy en día se refuta, ya que hay evidencia de que el ser humano fue desde el principio avanzado en el desarrollo de utensilios, llegó a realizar amputaciones y hasta enterraba a sus muertos con flores. Y esto no corresponde a la categoría de bestia que se la ha dado en algunas teorías evolucionistas.
Estos puntos apoyan que no se tome el evolucionismo como verdad definitiva. Son puntos válidos, que en sí mismos tampoco apoyan el creacionismo en la primera acepción expuesta.