viernes, 20 de enero de 2023

Iglesias sui iuris y orientales católicas

Una de las entradas que más visitas ha tenido es la de las diferentes iglesias cristianas (y no cristianas) donde se mencionan y su año de creación. Me parece importante una entrada que mencione las Iglesias autónomas en la comunión católica y las Iglesias sui iuris. 

Sui juris es una frase latina que literalmente significa 'de propio derecho'. Indica la capacidad jurídica para manejar sus propios asuntos.

  • Iglesia católica armenia: sigue el rito armenio en el que utiliza como lenguaje litúrgico el idioma armenio clásico escrito en caracteres armenios. Es un Iglesia patriarcal y está presidida por el patriarca de Cilicia cuya sede se encuentra en Bzommar, en el distrito de Keserwan, cerca de Beirut en el Líbano.
  • Iglesia católica caldea: sigue la tradición litúrgica caldea (o siria oriental) en la que utiliza el siríaco oriental como lenguaje litúrgico y el árabe peninsular como lengua auxiliar. Está organizada como Iglesia patriarcal y está presidida por el patriarca de Bagdad de los caldeos, cuya sede se encuentra en Bagdad (Irak).
  • Iglesia católica copta: sigue la tradición litúrgica alejandrina en la que utiliza como lenguaje litúrgico el copto y como lengua auxiliar el árabe. Está organizada como Iglesia patriarcal y está presidida por el patriarca de Alejandría de los coptos católicos, cuya sede se encuentra en Saray El Koubbeh, un suburbio de El Cairo en Egipto.
  • Iglesia católica siria: sigue la tradición litúrgica antioquena (o siria occidental) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el siríaco occidental y como lengua auxiliar el árabe. Está organizada como Iglesia patriarcal y está presidida por el patriarca de Antioquía de los sirios católicos, cuya sede se encuentra en Beirut en el Líbano.
  • Iglesia católica maronita: sigue la tradición litúrgica antioquena (o siria occidental) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el siríaco occidental y como lengua auxiliar el árabe libanés. Está organizada como Iglesia patriarcal y está presidida por el patriarca de Antioquía de los maronitas, cuya sede se encuentra en Bkerké, en el distrito de Keserwan de la gobernación del Monte Líbano en el Líbano
  • Iglesia greco-melquita católica: sigue la tradición litúrgica constantinopolitana (o bizantina) en la que utiliza como lenguas litúrgicas el griego y el árabe. Está organizada como Iglesia patriarcal y está presidida por el patriarca de Antioquía de los melquitas, cuya sede se encuentra en Damasco en Siria
  • Iglesia católica siro-malabar: sigue la tradición litúrgica caldea (o siria oriental) en la que utiliza como lenguajes litúrgicos el siríaco oriental, malayalam e inglés. Está organizada como Iglesia arzobispal mayor y está presidida por el archieparca mayor de Ernakulam-Angamaly cuya sede curial se encuentra en Cochín en el estado de Kerala en la India
  • Iglesia católica siro-malankar: sigue la tradición litúrgica antioquena (o siria occidental) en la que utiliza como lenguajes litúrgicos el siríaco occidental y el malayalam y como lenguajes auxiliares el tamil, inglés e hindí. Está organizada como Iglesia arzobispal mayor y está presidida por el archieparca mayor de Trivandrum, cuya sede se encuentra en Trivandrum en el estado de Kerala en la India.
  • Iglesia greco-católica ucraniana: sigue la tradición eslava de la liturgia constantinopolitana (o rito bizantino) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el eslavo eclesiástico y como lengua auxiliar el ucraniano. Está organizada como Iglesia arzobispal mayor y está presidida por el Arzobispo Mayor de Kiev-Galitzia. Su sede es la catedral patriarcal de la Resurrección de Cristo de Kiev en Ucrania.
  • Iglesia greco-católica rumana: sigue la tradición eslava de la liturgia constantinopolitana (o rito bizantino). Los lenguajes litúrgicos son el rumano y el eslavo eclesiástico. Está organizada como Iglesia archiepiscopal mayor y está presidida por el archieparca mayor de Făgăraș y Alba Iulia. Su sede es la catedral de la Santa Trinidad de Blaj en Rumania
  • Iglesia católica bizantina rutena: sigue la tradición litúrgica constantinopolitana (o bizantina) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el eslavo eclesiástico y el ruteno, y en Estados Unidos y Canadá también el inglés. La Iglesia carece de un único jerarca que la presida y se divide en dos ramas independientes entre sí. La rama norteamericana está organizada como Iglesia metropolitana sui iuris y está presidida por el archieparca metropolitano de Pittsburgh, cuya sede se encuentra en Munhall —un suburbio de Pittsburgh— en Estados Unidos. La rama europea se divide en dos jurisdicciones inmediatamente sujetas a la Santa Sede: la eparquía de Mukácheve con sede en Úzhgorod en Ucrania y el exarcado apostólico para los católicos de rito bizantino de la República Checa con sede en Praga.
  • Iglesia greco-católica eslovaca: sigue la tradición litúrgica constantinopolitana (o bizantina) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el eslavo eclesiástico y como lengua auxiliar el eslovaco y escasamente el ruteno. Está organizada como Iglesia metropolitana sui iuris y está presidida por el archieparca metropolitano de Prešov, cuya sede se encuentra en Prešov en Eslovaquia.
  • Iglesia greco-católica húngara: sigue la tradición litúrgica constantinopolitana (o bizantina) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el húngaro. Está organizada como Iglesia metropolitana sui iuris y está presidida por el archieparca metropolitano de Hajdúdorog, cuya sede se encuentra en Debrecen en Hungría
  • Iglesia católica etiópica: sigue la tradición litúrgica alejandrina en la que utiliza como lenguajes litúrgicos el ge'ez (un lenguaje semítico no hablado desde hace siglos atrás) y el amárico. Está organizada como Iglesia metropolitana sui iuris y es presidida por el archieparca metropolitano de Adís Abeba, cuya sede se encuentra en Adís Abeba en Etiopía
  • Iglesia católica eritrea: sigue la tradición litúrgica alejandrina en la que utiliza como lenguajes litúrgicos el ge'ez (un lenguaje semítico no hablado desde hace siglos atrás) y el tigriña. Está organizada como Iglesia metropolitana sui iuris. Es presidida por el archieparca metropolitano de Asmara, cuya sede se encuentra en Asmara en Eritrea.
  • Iglesia católica bizantina búlgara: sigue la tradición litúrgica constantinopolitana (o bizantina) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el eslavo eclesiástico en alfabeto cirílico. La Iglesia está organizada como eparquía de San Juan XXIII de Sofía y su sede es la catedral de la Dormición en Sofía
  • Iglesia católica bizantina ítalo albanesa: sigue la tradición litúrgica constantinopolitana (o bizantina) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el griego y como lenguas auxiliares el italiano y el arbëreshë. La Iglesia carece de un jerarca que la presida.
  • Iglesia bizantina católica de Croacia y Serbia: sigue la tradición litúrgica constantinopolitana (o bizantina) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el eslavo eclesiástico en alfabeto cirílico y en glagolítico y el ucraniano. Carece de un jerarca que la presida
  • Iglesia greco-católica macedonia: sigue la tradición litúrgica constantinopolitana (o bizantina) en la que utiliza como lenguaje litúrgico el eslavo eclesiástico en alfabeto cirílico y el macedonio. Está organizada como eparquía de la Asunción de la Santísima Virgen María en Strumica-Skopie.
Son bastantes y diversas. Algunas muy pequeñas en territorio y en número de fieles, pero conservan ritos diferentes al romano que le dan riqueza a la Iglesia. Las más impostantes en númdero de fieles son la greco-católica ucraniana, sirio-malabar, maronita, melquita, armenia. caldea y rumana, con números que varían entre quinientos mil y cinco millones.

viernes, 13 de enero de 2023

A propósito de la Pandemia

Homilía Urbi et Orbi. Papa Francisco. 2020

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió́ una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos. ;

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió́ a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué́ tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).

Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá́ sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió́ el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así́ de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. 

Con la tempestad, se cayó́ el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué́ tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué́ tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2, 12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué́ tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. «¿Por qué́ tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

viernes, 6 de enero de 2023

Resumen: Ciudadanía de la familia, bien de la persona y bien común de la sociedad

Publico un resumen que realicé de un artículo que mepareció bien escrito y esclñarecedor. Proviene de la revista Cuadernos de Pensamiento. Número 27 y está escrito por María Teresa Cid Vázquez. de la  Universidad CEU - San Pablo de Madrid.

En la actualidad el mayor desafío de la familia es de orden cultural.

Nuestra crisis cultural puede describirse con la imagen del náufrago (Granados[1], 2013, 152): su objetivo es mantenerse a flote. No nada para alcanzar la meta, sino para evitar hundirse; le faltan horizonte y ruta. A la vez, el náufrago vive de fragmentos, trozos del barco que ya no navega, piezas aisladas que es imposible recomponer en un todo. Esta fragmentación general tiene sus raíces en una visión individualista del sujeto. Si se empieza desde el “yo” aislado nunca se conseguirá forjar una unidad coherente.

La familia hoy en día se define en función a unas relaciones afectivas y sexuales de carácter privado, que no necesariamente aportan a la sociedad y que separada del matrimonio estable, huye de todo compromiso. Los cimientos son importantes, no porque queramos asentarnos sobre ellos, sino porque queremos ganar altura, construir, levantarnos. Lo esencial no es la seguridad de que no se derrumbarán los muros sino la capacidad de dilatar las paredes (Granados, 2013, 16).

La dificultad reside, más bien, en que no se piensa que el amor sea duradero, que pueda servir de cimiento a una vida. Es decir, hemos perdido la fe en el amor, hoy pocos creen que se pueda construir la vida sobre el amor (Pérez-Soba, 2014b). El amor se considera meramente espontáneo, fuera de toda obligación y se piensa que la verdad del amor se mide sólo por su intensidad. Pareciera que el tiempo se convierte en enemigo del amor, que lo desgasta internamente y lo persigue hasta acabar con él.

No obstante, el individualismo nos hace frágiles. En la naturaleza y lo social, lo débil es lo que está aislado.

La verdadera ayuda a la familia no consiste en que el Estado dé subsidios, disponga guarderías, etc., estas acciones necesarias y positivas no tocan el punto esencial, porque no refuerzan las relaciones familiares.

Los padres, con su fidelidad mutua, dan un testimonio de un tiempo estable, que sostiene el querer del hijo y le ofrece un futuro, para poder dar su palabra. La falta de puntos de referencia, de maestros, de historias narradas, de comunidades vividas, impide la interpretación de las emociones y de los afectos, el reconocimiento de un sentido que permita orientarse. Las verdades implicadas en la vida humana y la familia no son un conjunto de funciones biológicas o sociales, sino que incluyen ante todo y por sí mismas un sentido humano.

Estamos acostumbrados a plantear la familia desde los problemas: económicos, sociales, educativos, y sobre todo morales (Pérez-Soba, 2006, 321). La crisis cultural que atravesamos pone en duda los fundamentos mismos de la vida común, por eso las dificultades que acechan a la familia no son como las de otro tiempo. No se deben solo a la fragilidad humana, que siempre ha existido, son dificultades que tocan el entorno cultural en el que existe la familia y se refieren a la definición misma de familia.

Para concebir a la persona humana se parte de una idea abstracta de un hombre que se basta a sí mismo, que cree realizar su vida sin ayuda de los demás y que, por ello, idealmente se separa de cualquier entorno que pudiera influir demasiado en su definición. Se le mide entonces a partir de sus capacidades productivas y la relativa satisfacción de éstas. Se trata de una visión individualista que pone al margen la morada inicial, que es esencial para que el sujeto pueda crecer y desarrollarse. El clásico rebelde que permanece sin vínculos ni ligaduras tampoco tiene futuro pues su porvenir se le escapa, le es totalmente desconocido e incierto.

La verdadera ayuda a la familia consiste en hacerla capaz de sostener, desde sí misma, a cada uno de sus miembros. La fortaleza, por tanto, está en las relaciones. Esto significa que la solidez de la familia no se encuentra al alcance de sus solas fuerzas, sino en apertura a los demás.

Ninguna familia puede permanecer cerrada en sí misma, si esto ocurriera, dejaría de ser verdaderamente familia. La familia está construida sobre un amor que es siempre más grande que ella, y que orienta hacia grandes horizontes desbordando los límites del hogar. El dinamismo del amor, fundamento de la familia, va más allá de los miembros individuales, para hacerse activo en el corazón del mundo, por eso la familia tiene una importante misión social (Anderson, Granados, 2011, 187).

Existe una correlación positiva y estrecha entre el bien común de la familia y el bien común en la esfera pública. El genoma de la familia es una estructura natural que relaciona entre sí cuatro componentes: el don, la reciprocidad entre las personas, la sexualidad y la generatividad. Cada elemento se define por la relación con los otros elementos. Así, por ejemplo, la sexualidad no es una sexualidad cualquiera, sino que debe ser generativa, y por tanto es aquella que se basa en la diferencia hombre/mujer. El don, no es un don cualquiera, sino un don en un intercambio simbólico regulado por la norma de la reciprocidad. Así comprendida, la familia es una relación de plena reciprocidad entre los sexos y las generaciones, que da lugar a un sistema formado por valores, normas, medios y objetivos que se realizan de un modo dotado de sentido. No es reductible a una estructura de roles (padre, madre, hijos), aunque obviamente existan los roles y son importantes, pero las personas no pueden reducirse a los roles que desempeñan. No se tratan de relaciones funcionales sino interpersonales.

El derecho fundamental a la educación, a la vivienda, al salario mínimo, a los servicios sociales y sanitarios, por ejemplo, no se orientan al bien común si no consideran al individuo en cuanto portador de relaciones familiares, porque si consideran al individuo puro y simple, separado de la comunidad, lesionan el bien común. Incluso los instrumentos para realizar los derechos de las personas deben tener en cuenta las relaciones familiares (en el sistema fiscal, escolar, sanitario, etc.) Solo si las normas de la vida social y los instrumentos de los que se sirven tienen en cuenta las relaciones familiares podremos decir que los objetivos de la esfera pública, civil y política serán objetivos de bien común. De otra forma, las políticas sociales no hacen otra cosa que fragmentar y desviar del bien común[2].

No existe solamente el bien humano de la persona individualmente considerada, existe también el bien humano de la persona en relación con otras personas: es el bien propio de la relación interpersonal como tal, una bondad que no es simplemente la suma de los bienes humanos propios de cada persona. Los bienes humanos de los que hablamos son bienes prácticos, realizados por la libertad de las personas. Por tanto, podríamos decir que el bien humano que es propio de la persona en relación con otras personas se realiza a través de la recta cooperación de cada uno. El bien común es el bien humano inherente a la vida humana vivida en común (Caffarra, 2006; Botturi, 2009, 263).

El bien común, por su naturaleza, a la vez que une a las personas, asegura el verdadero bien de cada una. Para evitar equívocos, conviene precisar la diferencia entre bien común y bien total. Mientras que este último podemos concebirlo metafóricamente como una suma, cuyos sumandos representan los bienes individuales o de los grupos sociales que forman la sociedad, el bien común es más parecido a una multiplicación, cuyos factores representan los bienes de cada uno de los individuos (o grupos). El significado de la metáfora es inmediato. En una suma, aunque se anulen algunos de los sumandos, el resultado total será siempre positivo. Más aun, puede ocurrir que, si el objetivo es maximizar el bien total (por ejemplo, el PIB nacional), convenga anular el bien (o bienestar) de algunos con la condición de que la ganancia en bienestar de otros aumente lo suficiente para compensarlo. Pero con la multiplicación no ocurre lo mismo, ya que la anulación, aunque sea de un único factor, da resultado cero. Dicho, en otros términos, la lógica del bien común no admite sustitución ni compensación: no se puede sacrificar el bien de alguien —cualquiera que sea su situación vital o configuración social— para mejorar el bienestar de otros, por la razón fundamental de que ese alguien es siempre una persona humana. En cambio, para la lógica del bien total ese alguien es un individuo, es decir, un sujeto identificado por una concreta utilidad, y las utilidades, como sabemos, se pueden sumar (o comparar) tranquilamente, porque no tienen cara ni historia, no expresan identidad (Cafarra 2006). Por tanto, el bien común siendo de todos y cada uno, permanece común porque es indivisible y solo juntos es posible alcanzarlo. Es el bien de cada uno considerado solidario del bien de los demás (san Juan Pablo II, 1991, núm. 47; Guadium et spes, 1965, núms. 26, 74).

La definición de bien común que presenta Benedicto XVI en la encíclica Caritas in Veritate está centrada en el amor como fuerza de promoción en el bien: «Hay que tener también en gran consideración el bien común. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que solo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz» (CV 7).

Benedicto XVI recuerda la definición de bien común del Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et spes —«El bien común es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (GS 26)— para insistir en que éste apunta al nosotros de la comunidad social. Por tanto, lo que está en juego en la convivencia humana no es la mera comunicación de bienes según la regla de la justicia de forma, sino la comunicación entre personas que se acogen y entregan mutuamente a través de la mediación de los bienes para las personas. Así vemos cómo la centralidad del bien común sitúa las relaciones sociales en una perspectiva no simplemente contractual e individualista, sino comunitaria. El bien común no es el bien honesto que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social. Por ello el bien común ha de ser el fin unificador de la convivencia civil, y no la libertad individual.

Se obtienen así los principios fundamentales para la vida social. La libertad no es ya vista como un simple ejercicio de autonomía, al contrario, la libertad se hace posible gracias a la presencia del otro, desde el momento que debe entenderse como una libertad para el don. El hombre es libre no porque no tenga vínculos, sino al contrario, porque pertenece a una familia, a una comunidad que lo acoge y a la cual puede donarse. Es una libertad que construye la ciudad común no a partir del miedo al conflicto sino por el deseo de consolidar las relaciones entre las personas. Se evidencia, por tanto, la subjetividad de la familia. Esto significa que la familia es más que la suma de sus miembros. La comunión que los une hace surgir una novedad que enriquece a todos en el “nosotros” común. Cada uno de sus miembros es quien es, gracias a las relaciones que los unen entre sí.

La vocación al bien común forma parte de la vocación al amor de todo ser humano (Cid Vázquez, 2009). El bien común, concebido como el bien de vivir en comunión, ha de constituir una experiencia primordial de toda sociedad. Esta experiencia de que vivir juntos es un bien anterior a cualquier beneficio utilitarista que nos pueda reportar, es vivida y aprendida en la familia fundada en el matrimonio. En efecto, la familia es la primera escuela en la que se verifica la experiencia del bien común, un ámbito privilegiado en el que padres e hijos aprenden por experiencia, de forma práctica, el verdadero sentido del bien común. Es en ella donde se aprende que el lugar de la primaria e insustituible experiencia del bien es la relación. En la familia cada persona es reconocida y querida por sí misma. Este ser amado incondicionalmente es lo que permite entender que el hecho de vivir unidos es ya, de por sí, un bien anterior a cualquier ventaja práctica que nos reporte. De este modo, cada persona está llamada a comprender que si participa de la familia no es simplemente por los beneficios que recibe de ella, sino porque pertenece constitutivamente a un “nosotros” mayor que él mismo. Gracias a este afecto y sentido de pertenencia, por el que alguien se sabe miembro de una familia, uno puede ir descubriendo progresivamente otros ámbitos de participación (escuela, trabajo, sociedad, etc.)

El matrimonio crea una comunión de personas que es, en sí misma, el verdadero bien común de los esposos. El consentimiento matrimonial constituye y expresa este bien común conyugal. La vida en común de los cónyuges no priva a cada uno de su libertad individual, sino que la promueve y enriquece. De este modo, como afirmó san Juan Pablo II: «El bien común, por su naturaleza, a la vez que une a las personas, asegura el verdadero bien de cada una» (Carta a las familias 10). La participación de los cónyuges en el bien común conyugal alcanza su vértice en la generación de los hijos. Los hijos, fruto del amor conyugal, son el bien común de los padres que han de ser amados por sí mismos (ib., 11).

La aceptación del don de la vida como motor del desarrollo social está inseparablemente unida a la percepción de que la vida humana es un bien singular, fundamento de todos los demás bienes y por ello, fuente de sentido para las acciones humanas. Los bienes principales de la vida nos son dados gratuitamente, y por esta razón la gratuidad está en la base de todas las relaciones sociales. En la familia, los hijos aprenden a recibir con gratitud la herencia de sus padres y antepasados, que les equipa para el futuro. De este modo, la familia transforma la comunión conyugal en una comunión de generaciones.

La definición de capital social puede ayudarnos a entender el papel de la familia (Donati[3], Tronca, 2008). El capital social consiste, de acuerdo con los economistas, en una serie de valores sociales ―como la confianza, la generosidad, la tendencia a asistir a los necesitados…― que, aunque no son mensurables en términos financieros, resultan imprescindibles para la buena marcha de la sociedad. Quien se casa establece una relación de confianza y cooperación solidaria basada sobre la reciprocidad, por eso crea capital social para sí y para la comunidad. Por eso puede reivindicar el derecho a ser reconocida como sujeto social y jurídico (Melina, 2013, 149-167). Esencial para esta nueva visión del bien común es el nacimiento del hijo. Se ve de esta manera la importancia de la paternidad y a la maternidad como primera forma de abrir la familia más allá de sí misma. Se puede comprender de esta manera que el verdadero bien común de la sociedad es la persona, como lo destaca san Juan Pablo II en la Carta a las familias (núm. 11) y Benedicto XVI, en Caritas in Veritate (núm. 51).

La base adecuada de todo obrar en común con otros y de toda comunidad es el bien común. El bien común de una comunidad de personas que obran no puede ser más que la realización de cada una de sus personas mediante la acción, y esto exige no solamente que la acción esté orientada hacia el bien, sino también que sea propiamente una acción de la persona. Es por esto que no hay bien común sin participación y aquí se halla la única manera personalista de realizar una acción colectiva. En este sentido, el bien común funda toda auténtica comunidad humana, que existe como una comunidad propiamente humana en la medida misma en que está unificada por un bien común, objetivamente verdadero y subjetivamente vivido como tal por sus miembros. El fundamento más radical de la participación no es la capacidad de tomar parte en tal o cual comunidad particular, sino, más profundamente, la capacidad de participar, como hombre, en la humanidad de todo otro hombre (Buttiglione, 1992, 202).

Gracias a su inteligencia el hombre puede descubrir el bien que comparte con otros hombres como un fin de sus actos. Ello permite configurar un verdadero y propio “ethos” social, que comprende una serie de preferencias, de relaciones y motivaciones que se transmiten a través de la cultura, y que son fundamentales para la sociedad en su conjunto. Por tanto, es erróneo considerar el ámbito social como un mero sistema de acuerdos garantizados por un sistema procedimental. Cuando la realidad social se separa de una idea real y fuerte de bien, se produce una desmoralización de la misma, ya que se comienzan a considerar negociables incluso los bienes excelentes que deberían ser los pilares de la convivencia[4] (Taylor, 1989).

Desde finales del siglo XX, en los discursos políticos, sociales, y en los medios de comunicación, se multiplican las referencias al término “ciudadanía”, ¿qué razones hay detrás de la actualidad de un término tan antiguo? Ciertamente, en un contexto marcado por la globalización, la distancia cada vez mayor entre los ciudadanos y las instituciones, la debilidad de la solidaridad social, y la emergencia de particularismos nacionalistas, podrían señalarse múltiples razones, sin embargo, una parece ser la base sobre la que se asientan las demás: la necesidad de generar entre los miembros de las sociedades postindustriales un tipo de identidad en la que se reconozcan pertenecientes a ellas.

¿Significa esto que la ciudadanía, entendida como pertenencia a una comunidad política en la que se gozan de derechos civiles, políticos y sociales, se ha convertido en una palabra hueca? En los años sesenta y setenta del siglo pasado, el sociólogo Daniel Bell destacó que las sociedades cuya clave moral es el individualismo hedonista, tendrían importantes dificultades para superar las crisis. Y se lamentaba de que no existiese ninguna teoría sociológica del hogar público, ni una filosofía política que tratase de elaborar una teoría de la justicia distributiva basada en el carácter central del hogar público en la sociedad.

Donati ha acuñado el concepto de ciudadanía de la familia, que presenta la familia como una relación social, y no solamente como un lugar de afectos y sentimientos, o como la suma de una casa y un patrimonio. La familia es y sigue siendo la raíz de la sociedad. La expresión raíz de la sociedad es preciso comprenderla no según una analogía biológica, sino sociológica (Donati, 2013). Para ello es necesario recurrir a una razón relacional, y no únicamente a una razón técnica, instrumental o funcional. Esta razón es capaz de descubrir que la familia constituye el bien relacional primario del que depende la realización de la persona y de la sociedad.



[1] Ninguna familia es una isla.

[2] El niño o joven con relaciones familiares estables capta los contenidos curriculares mejor que aquellos que viven en la ruptura familiar. Pero a la escuela se le pide que también enseñe el valor de la solidaridad, de la generosidad, de la cooperación, que en realidad sólo se adquieren en el seno del amor. Pero lo institucional no puede dar amor. Sólo en la familia se adquiere un profundo sentido del amor.

[3] Donati ha acuñado el concepto de ciudadanía de la familia, que presenta la familia como una relación social, y no solamente como un lugar de afectos y sentimientos, o como la suma de una casa y un patrimonio. La familia es y sigue siendo la raíz de la sociedad. La expresión raíz de la sociedad es preciso comprenderla no según una analogía biológica, sino sociológica (Donati, 2013). Para ello es necesario recurrir a una razón relacional, y no únicamente a una razón técnica, instrumental o funcional. Esta razón es capaz de descubrir que la familia constituye el bien relacional primario del que depende la realización de la persona y de la sociedad.

[4] Cuando se reclama “el derecho a tener hijos”, se están considerando a las personas como productos. Cuando se alquilan los vientres para la gestación, se están considerando a las personas como productos. Cuando se conforman bancos de esperma para su venta, se están considerando a las personas como productos.

lunes, 24 de agosto de 2020

La Historia de la Salvación

Hay muchos relatos en la Biblia que dan cuenta de la Historia de la Salvación. Discursos pronunciados por personajes: Nehemías 9, 7-31, Josué 24, 1-13, el discurso de San Esteban ante el Sanedrín (Hechos 7, 12-53) o de alguna manera, el de San Pablo ante los atenienses (Hechos 17, 22-31), o que hacen alusión directa a ella, por ejemplo, en los capítulos 10 y 11 (hasta el versículo 19), del libro de la Sabiduría. El pueblo judío era consciente de la presencia de Dios en su historia. Dicha consciencia no es tan evidente hoy en día para el pueblo de Dios del Nuevo Testamento.

Quisiera aquí resaltar algunos ejemplos destacables que dan fé de la contínua presencia de Dios en nuestras vidas. Y quiero empezar por Nagasaki.

En 1549, San Francisco Javier visitó Japón en su proceso de evangelización de los países orientales. Vinieron muchos otros después de él. Pero todos los sacerdotes y evangelizadores fueron expulsados y prohibidos en 1587. Nagasaki era un lugar donde la presencia de los jesuitas era importante en aquella época. Más adelante, en 1612 se prohibió totalmente el cristianismo.

En 1862 le fue permitido a un misionero francés entrar al Japón. Abrió un templo en Nagasaki. Habían pasado 250 años e inesperadamente se le acercaron fieles japoneses quienes se transmitieron la fe oralmente por generaciones. Por supuesto, se habían perdido cosas o transformado, pero la mitad de ellos, unos quince mil, se dejaron catequizar.

Entre 1930 y 1936 san Maximiliano Kolbe, gran devoto de la Virgen María, fundó un monasterio en las afueras de Nagasaki, encargado, entre otras cosas, de publicar y divulgar la revista “Caballero de la Inmaculada”, en referencia a la santísima Virgen. No quiso fundarlo en la ciudad porque, dijo, “una gran bola de fuego arrasará la ciudad”.

En la Fiesta de la transfiguración del 6 de agosto de 1945, una bomba atómica fue lanzada sobre la ciudad japonesa de Nagasaki, lugar donde se concentraba cerca de la tercera parte de los católicos nipones. Una de las fotos más divulgadas es la de la ciudad arrasada. Permite apreciar la destrucción el hecho de que una edificación permaneció en pie en medio de las ruinas (ver foto). Se trata de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. No solo la construcción, sino sus cuatro ocupantes, miembros de la comunidad jesuita, quedaron vivos y sin consecuencia por la radiación, a tal punto que se sabe que treinta años después, aún vivían los cuatro.



Se calcula que hoy en día hay un millón de católicos en Japón.

Nagasaki es una historia de cinco siglos en donde se ve la mano amorosa de Dios, preservando la Fe, de manos de María, a pesar de las vicisitudes y el error humano.

viernes, 19 de junio de 2020

La castidad, una virtud liberadora

Monseñor Munilla, Obispo de San Sebastián, es un pastor con muchas cualidades, pero destaco dos: es un gran comunicador y no teme a hablar de temas difíciles.

Hoy, con mi esposa, oímos una de sus charlas en EWTN sobre la castidad. Muy claro.

Resumo aquí algunas de sus ideas, que además de estar basadas tanto en la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II, el Grande, y en palabras de la exhortación apostólica Amoris Laetitia del Papa Francisco, contiene asociaciones de ideas que me parecen novedosas en cuanto no las había escuchado juntas:

Hablar de castidad es políticamente incorrecto, pero la Iglesia debe dar el mensaje de Cristo en su integridad. Y éste incluye el sexto mandamiento.

Las administraciones del nivel municipal y nacional han sido cobardes en tratar el tema de la sexualidad. Se combate la violencia sexual contra la mujer, pero no se ataca a la pornografía. Van de la mano. No se puede atacar la una y permitir la otra.

Y el mensaje de las administraciones para controlar la transmisión de enfermedades sexuales y el embarazo no deseado ha sido el uso de “filtros”. Como si para combatir el tabaquismo hubieran obligado a ponerle triple filtro a los cigarrillos o para evitar la accidentalidad vial hayan decretado más cinturones. La solución está en dejar de fumar, en controlar la velocidad y en la castidad.

Lujo y lujuria van de la mano. Etimológicamente ambas provienen del latín “luxus”: desviación. Cuando el ser humano entra en el consumismo y el lujo, entra fácilmente a la lujuria. Tales “luxus” se combaten con las virtudes de la austeridad y la generosidad.

El amor libre proclamado por la revolución de mayo del 68 y el puritanismo victoriano tienen en común una antropología desviada. Ni somos sólo cuerpo, ni el cuerpo es pecaminoso. La sexualidad incorpora la totalidad del ser: cuerpo y alma.

La cultura de los encuentros sexuales momentáneos mata la capacidad de amar y de sentirse amados. La entrega de la intimidad a un desconocido crea heridas e impide llegar a sentirse amado, lo más fundamental para el ser humano.

En el noviazgo, la cultura permite la sexualidad. Pero el noviazgo es una época de discernimiento acerca de la otra persona y cuando hay de por medio una entrega sexual, se genera un compromiso antes de haber tomado una decisión. No tiene sentido. Además, en ese discernimiento se hallan dificultades en la relación. Si se tapan con la sexualidad, no se afrontan, no se resuelven.

Cada divorcio es un fracaso que causa heridas. La convivencia durante algunos meses lleva a vivir una sucesión de mini divorcios. Le has entregado la totalidad de tu ser a una persona que pasa a ser un desconocido al cabo de un tiempo. Eso mata la capacidad de amar.

La sexualidad tiene fines claros: nos da identidad, nos permite expresar el amor y nos permite procrear.

El cristianismo no busca como ideal la felicidad. Busca la entrega y el servicio como ideal. La felicidad llega como consecuencia. Del mismo modo, la sexualidad busca como ideal la entrega de la totalidad del ser a la pareja. El placer no es el fin, sino una consecuencia. No nos dejemos confundir.

Somos frágiles y podemos caer. La castidad es posible por gracia del Espíritu Santo. La fidelidad a Dios y al otro consiste en custodiar nuestra fragilidad y ponerla en diálogo con el Señor. Se trata de cultivar las virtudes de la perseverancia y la constancia. Y de buscar el perdón de Dios. El perdón de Dios nos da un corazón virgen cada vez que somos perdonados.


martes, 19 de mayo de 2020

Oración del moribundo

Dulce Jesús mío, quiero morir en Tú Voluntad.

Uno mi agonía y la de todos los hombres a la tuya, y que tu agonía sea mi fuerza, mi luz, mi defensa y la dulce sonrisa de tu perdón.

Mi último suspiro lo pongo en el último suspiro que diste por mi en la cruz, para que pueda presentarme ante ti, con los méritos de tu misma muerte.

Ah, Jesús mío, ábreme el cielo y ven a mi encuentro a recibirme con aquel mismo amor con el cual te recibió tu Padre, cuando exhalaste sobre la cruz tú último respiro.

Luego, llévame al cielo entre tus brazos, y yo te besaré y me dedicaré a ti eternamente.

Madre mía, ángeles y santos, vengan a asistirme como asistieron a la muerte de Jesús, ayúdenme, defiéndanme y llévenme al cielo.

Así sea.

martes, 12 de mayo de 2020

Las tentaciones del desierto

Hay un texto que me abrió muchas luces cuando lo leí. Decidí transcribirlo hoy para que no se lo pierda quien no lo ha leído. He aquí un resumen extractado del propio texto con el fin de acuciar la curiosidad:

Muchos ven en las tentaciones las tres concupiscencias: el desorden de la sensualidad y la carne, la llamada de la soberbia y del orgullo, y la inquietud por el dinero y el poder. Las respuestas de Cristo aciertan en las soluciones, el espíritu está sobre la materia y debe regirla; la humildad lleva a confiar en Dios; y el poder es para servir a Dios y a los demás. De hecho, es frecuente entre los hombres que el primer obstáculo en el que muchos quedan atrapados sea la sensualidad del comer, del beber o la impureza. El segundo nivel tienta la soberbia y el amor propio, lo que lleva al ansia de dominar a los demás. El tercer nivel tienta a considerar el mundo como fin último del hombre, engloba todas las sugerencias del mal a colocarnos en el lugar que corresponde a Dios.

La fuente del texto es Catholic.net. Y fue escrito por el padre Enrique Cases

He aquí la transcripción:

Las tentaciones del desierto

El silencio.

Jesús es llevado por el Espíritu al desierto para un gran combate; va a asumir su vocación de Mesías con toda su plenitud humana. Jesús vive la experiencia religiosa en una forma de espiritualidad extrema. Muchos hombres religiosos se han sentido llamados al silencio de modo que su espíritu se expanda en una relación con Dios, sin que nada distraiga esa tensión. Muchos han experimentado el ayuno como una forma de purificación en que el cuerpo extingue sus pulsiones para que el espíritu emerja. En el antiguo hinduismo era frecuente esa acción, como también en el budismo, aunque sin llegar a tanto extremo. Siempre han existido eremitas, en todas las culturas religiosas. Cristo asume la espiritualidad religiosa de los más religiosos de los hombres.

El demonio.

En esa tensión se dan las tentaciones que se prolongarán a lo largo de su vida, pero que aquí se plantean con gran crudeza: el diablo, como enemigo lúcido que plantea los verdaderos problemas, será el padre de la mentira, que intentará disuadir a Jesús de su misión. Este agente oscuro es tan importante en la vida de los hombres, que si se excluye no se entienden problemas como el mal y el bien, ni mucho menos el Evangelio de Jesucristo. El demonio es un ser vivo, creado, inteligente, pero pervertido y pervertidor. Él se rebela contra Dios de un modo lúcido y consciente, y encuentra en ese orgullo un gozo amargo y triste al tiempo. En sus tentaciones no tratará solamente de investigar quién es Jesús, ni en un juego intelectual habilidoso, aunque lo es, sino de plantear su propia tentación al hombre que ha sido llamado el Hijo Amado que trae el bautismo de fuego superior al bautismo de agua. El diablo no cree que un hombre pueda amar más allá del amor propio y se lo va a decir claramente a Jesús, no sin engaños y con métodos capciosos.

El diablo tienta a Jesús.

"Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Él, respondiendo, dijo: Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios. Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles, para que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y le respondió Jesús: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras. Entonces le respondió Jesús: Apártate Satanás, pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo darás culto"(Mt).

El momento adecuado.

Las tentaciones se dan tras cuarenta días y cuarenta noches de oración y ayuno. Siente hambre, se agota, experimenta las limitaciones del cuerpo, la mente también es influida por el cansancio y el hambre y la soledad.

Satanás elige el momento más adecuado para tentarle, aquel en que está debilitada la humanidad. Ahí, en situación extrema, es donde se verá si Cristo acepta el reto que le va a plantear.

Es posible que la creencia en la divinidad de Jesús lleve a pensar que en el fondo las tentaciones son externas y ficticias, como de mentirijillas. Pero no es así: real fue el dolor y la muerte, y real es el hambre y la sed. Jesús experimenta la trepidación de la tentación, ve el lado positivo que toda tentación propone, y descubre lo negativo, más o menos oculto, pero que acabará saliendo a relucir. De ahí, también, que la victoria sea real, humana. El resultado final confirma a Satanás que se puede ser fiel al proyecto amoroso del Padre, que es posible cumplir la voluntad de Dios también como hombre, a pesar de las alternativas que se le ponen delante.

El sentido de las tentaciones.

Es cierto que las tentaciones tienen un sentido de ejemplo para que los hombres venzan las provocaciones al mal. Es un primer nivel no despreciable. Muchos ven en las tentaciones las tres concupiscencias: el desorden de la sensualidad y la carne, la llamada de la soberbia y del orgullo, y la inquietud por el dinero y el poder. Las respuestas de Cristo aciertan en las soluciones, el espíritu está sobre la materia y debe regirla; la humildad lleva a confiar en Dios; y el poder es para servir a Dios y a los demás. De hecho, es frecuente entre los hombres que el primer obstáculo en el que muchos quedan atrapados sea la sensualidad del comer, del beber o la impureza. Un segundo nivel, tienta la soberbia y el amor propio, y viene el ansia de dominar a los demás. En un tercer nivel el mundo como fin último del hombre, engloba todas las sugerencias del mal cuando se coloca en lugar de Dios.

La primera tentación.

Las tres tentaciones tienden a quebrar el mesianismo de Jesús. Pero hay un nivel más profundo. Veamos la tentación primera. Jesús tiene cuerpo en su doble vertiente de sentido y afectividad, tiene, por tanto, necesidades sensitivas y afectivas. La tentación dice: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes", es decir haz un milagro con tu poder de Hijo de Dios para satisfacer tus necesidades. El pan es el alimento para la vida; pero, al satisfacerla, se encuentra un placer en la función natural. Jesús nunca dice que eso sea malo. Lo mismo ocurre con la procreación que añade a los efectos del cuerpo la satisfacción del afecto. Nada dice el texto de la extensión de la tentación; pero entre los hombres estas cuestiones son universales. Jesús añade la dificultad del ayuno y del celibato, prescindiendo libremente del uso legítimo de esas tendencias corporales y afectivas por un amor más alto. Ahí incide la tentación: transforma el gozo natural en amor propio; benefíciate, búscate en algo tan natural como estas satisfacciones, o ¿acaso son malas?

Vivir el amor.

La respuesta de Jesús es clara: no son malas, pero "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios". Si el diablo le hubiese propuesto algo ilícito Jesús lo habría tenido que rechazar, de forma obligada; pero, en esta primera tentación, Jesús rechaza algo que en sí no es malo, pero se trata de vivir un amor que vaya más allá del amor propio y de la satisfacción que producen cosas buenas. Y rechaza decir que esas realidades sean malas y pecaminosas, aunque deben someterse a un amor superior. No se trata sólo de superar la gula y la impureza, sino de vivir un amor espiritual superior. De hecho, el Hijo de Dios es sobrio con naturalidad, y conviene que no tenga descendencia según la carne, sino sólo según el espíritu. El amor al Padre y a los hombres debe estar por encima de cosas que en otros son buenas y santificantes, pero a Él se le ha pedido más. El amor a su misión debe ser superior al tirón de los sentidos y de la afectividad, e incluso del deseo de tener una descendencia humana. Jesús responde con unas palabras del libro de la Sabiduría en las que señala que el placer de los sentidos no es malo dentro de su función natural, pero no es todo. El amor sensitivo y el afectivo son buenos, pero existe el amor espiritual. El que ama con este amor espiritual supera las atracciones de lo sensible, sin decir que sean malas, aunque pueden serlo por desorden o por exceso. El primer combate ha concluido, aunque la tentación acechará a Jesús toda la vida, especialmente en la cruz, donde el dolor será máximo. El amor de verdad pudo más.

La segunda tentación.

La segunda tentación es más profunda y complicada. El diablo cita el salmo 91 diciendo: "Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles, para que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra". El demonio sigue tentando a Jesús, a partir de lo que, en Él, forma parte de su ser: era hijo de Dios y confía en el Padre como nadie lo ha hecho jamás en la tierra, por eso Satanás plantea la posibilidad de la salvación de la humanidad a través de un milagro. Esto es posible tanto para Dios, como para el que lo pide con fe: quiere salvar a la humanidad. Se trata de dejar boquiabiertos a los hombres ante la manifestación de un poder sobrenatural. Las gentes quedarían admiradas ante el éxito del nuevo salvador. Se creía en aquellos momentos que el Mesías anunciaría la salvación de Israel desde aquel pináculo del templo de altura imponente. Le sugiere que las gentes veneran a los triunfadores y se convertirán con esa acción milagrosa. Le oculta con engaño que se puede introducir la vanidad de ser admirado por lo prodigioso, y se abandona el camino de humildad.

Jesús podía usar su poder, no sólo en los milagros para ser admirado y admitido por todos. Pero quedaría oculta – u oscurecida- la manifestación del amor, un amor que no puede esconder ni un ápice de amor propio; y es precisamente en la cruz en la que la máxima humildad revela el mayor amor.

Tentar a Dios.

La tentación es contra el mismo Dios como se ve en la respuesta de Jesús: "Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios". ¿Es posible tentar a Dios? Sí. No porque Dios pueda pecar, cosa imposible; sino, en el sentido de que Él se decida a cambiar su proyecto de salvación; la tentación, esta vez, se dirige a que Jesús rechace el camino más difícil, que es el del dolor y la expiación, el de la muerte y el del sacrificio, y le propone el de utilizar el de una salvación evidentemente sobrenatural que, prácticamente, le asegure el éxito entre los suyos. Otro camino de salvación, sí; pero menos reveladora del amor.

Y Cristo, el Hijo, elige la sabiduría del amor del Padre; rechaza el camino del triunfo humano lejos del camino de la humildad, tan rodeado de piedras, persecuciones, insultos y muerte. ¿Acaso no puede arrasar a todos los perseguidores y aplastarlos como gusanos? Sí puede, pero el camino humilde permite encontrar excusas a los díscolos y tratarles con misericordia, aunque con la estricta justicia sólo merecerían castigo e ira. No tentar a Dios es confiar en su misericordia y su decreto de salvación del hombre a través de un sacrificio perfecto, oculto a los ojos del mundo.

La tercera tentación.

La tercera tentación es aún más honda. Jesús se proclamará, como había sido profetizado, rey de justicia, de paz, de prosperidad, de victoria, y ahí incidirá la seducción: "De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras". Puede parecer un acoso alocado, pero es en esta tentación donde la frialdad de la astucia diabólica es mayor y la lucha más frontal. Le propone un reino donde impere la justicia, la ley buena, la paz. El diablo le dice: “somos inteligentes, podemos organizar un reino de justicia. Toma el poder político, impón un reino en el que todos puedan, y deban, ser justos; y así podrán alcanzar la salvación que tú propones. No está fuera de tus posibilidades organizar un movimiento que llegue más lejos que lo que realizó un hombre como Alejandro Magno”. Y ante los ojos de Cristo desfilan los reinos humanos que se han sucedido en la historia desde las formas de organización más rudimentarias y primitivas, en las que tantos hombres sobrevivieron malviviendo, hasta las grandes como Babilonia, China, India, Persia, Grecia, Roma; y el esplendor de esos reinos refulge lleno de gloria. ¿Será posible hacer algo mejor? Es posible, es más, es deseable para unos hombres que suspiran por la paz, la justicia, la libertad y la prosperidad. Si además es un reino religioso, mejor que mejor: será nada menos que el reino de Dios entre los hombres. Dios en las leyes, en la economía, en el arte, en las ciencias, en la convivencia, en las familias y en toda organización humana.

Pero hay dificultades que el diablo oculta, y no en vano será llamado por Jesús "príncipe de este mundo". Es fácil que los poderosos con el poder; se cieguen, se sirvan a sí mismos, se mundanicen en todos los sentidos de la palabra. Pero, sobre todo, se trata de que los hombres conviertan su corazón, que el reino de Dios anida en su interior y después se transmita a lo exterior. Dios respeta la libertad de los hombres, no quiere imponerse desde arriba, sino desde el amor personal.

La respuesta de Jesús.

La respuesta de Jesús es más tajante que en los casos anteriores: "Entonces le respondió Jesús: Apártate Satanás". Ya no puede soportar más insidia, y hace un acto de acatamiento a la sabiduría amorosa del Padre. Dios sabe más; el reino será realidad en los que quieran: no será quitada la libertad a los hombres. Cierto que la pueden usar para burlarse de Dios, pero siempre tendrán al alcance su misericordia. El reino se realizará en cada corazón y a través de cada hombre en su actividad humana, y de ahí a todas las estructuras humanas. La existencia del pecado obstaculizará la justicia y el progreso; pero al final el Padre me enviará como rey y como juez para los que quieren -mal o bien- la libertad, esta es la grandeza humana y la sabiduría del Padre. Es difícil aceptar la libertad, pero sin ella es imposible el amor, y en este reino es esencial, hasta el punto de que no hay justicia posible sin libertad; todo el engaño de la tentación está ahí: suprimir el amor de la creación y rechazar el amor de Dios cuya gloria es la vida amorosa del hombre, no un engreimiento soberbio del que quiere ser admirado, "pues escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto". Esto es el reino de Dios: la justicia de Dios entre los hombres y el que ellos veneren y acaten la perfección del amor divino.

"Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían". Es el primer triunfo en la primera batalla en el interior de Cristo y vence. Los ángeles, que también habían vencido, se alegran con el triunfo del Hombre, y le consuelan. Pero la suerte está echada; las batallas seguirán de un modo casi continuo hasta el final especialmente en la Pasión.

domingo, 3 de mayo de 2020

Consistencia de los Evangelios II

La narración de los Evangelios dejan muy claro el odio que había entre los judíos hacia los romanos. Barrabás era considerado asesino por parte de Pilato por cuenta de una muerte en medio de una sublevación. Judas y muchos otros esperaban que la liberación de la que hablaba Jesús fuera de la sumisión a los invasores.

En la entrada anterior ya mencioné que los evangelios según san Mateo y según san Marcos son ubicados hacia la década de los años 70 del siglo I. El Evangelio según san Lucas en la década de los 80 y el Evangelio según san Juan en la de los 90. El emperador Tito había arrasado con el templo de Jerusalén en la década de los 70 (ver esta entrada). No había nada más doloroso para los judíos. No obstante, los evangelios según san Mateo y según san Lucas narran la conversión de los soldados romanos: "Por su parte, el centurión y los que con él estaban guardando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «Verdaderamente éste era Hijo de Dios.»" (Mt 27, 54). "Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.»" (Lc 23, 47). Lucas no menciona si el centurión convertido en el libro de Los Hechos de los Apóstoles es este mismo (Hc 10). En Hechos le pone nombre propio al centurión: Cornelio. En el Evangelio no, así que debemos pensar que son diferentes. No es el mencionado en Mateo 8-5, ya que éste ya estaba convertido antes de la crucifixión del Señor. Eso nos lleva a que fueron al menos tres los centuriones que creyeron en la divinidad de Cristo.

En medio de tanto odio a los romanos, escribir sobre la conversión de algunos era aventurado, pero tiene todo que ver con la universalidad (catolicidad) del mensaje de Jesús.

Respecto a la mención de nombre propios, he aquí otro pasaje que menciona a personas que probablemente conocían las comunidades de cristianos de la segunda mitad del siglo I:

"Al salir, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y le obligaron a llevar su cruz." (Mt 27, 32) "Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevará detrás de Jesús." (Lc 23, 26) El Cireneo es un personaje importante para la fe. Representa a los cristianos en general, que deben ayudar a Cristo a cargar la cruz. Pero es un personaje real ya que está ligado a dos nombres que eran conocidos por aquellos a quienes se les narraba la historia: "Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz." (Mc 15, 21)

El siguiente comentario tiene que ver con otra entrada que hace referencia con la maternidad de María, la madre de Jesús:

Al pie de la cruz había varias personas afectas a Jesús: "Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo." (Mt 27, 55-56)

La madre de los hijos del Zebedeo es la madre de los apóstoles Santiago y Juan, así que los que oían las narraciones, al menos en Judea y Galilea, conocían de quien se hablaba. Marcos nos dice que la mujer se llamaba Salomé: "Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé," (Mc 15, 40).

De María Magdalena sabemos que fue sanada por Jesús: " y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios," (Lc 8, 2) y que fue fiel acompañante de los discípulos ya que estuvo presente el día de la resurrección, y por la Tradición se conoce que continuó acompañando a los apóstoles.

Los que me parecen más interesante son María, Santiago y José. ¿Quiénes son? Juan nos aclara quién es la mujer: "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena." (Jn 19, 25) Es decir, es prima de la madre de Jesús.

Muchos dirán, ¡-No!, dice que es la “hermana” de su madre- Pero ¿qué sentido tiene llamar a dos hijas con el mismo nombre? No son hermanas, son parientes, probablemente primas ya que en esa época se llamaban “hermanos” a los primos. Hablar de los parientes de Jesús nos recuerda otros pasajes: "Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: «Está fuera de sí.»" (Mc 3, 20-21) "¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?" (Mt 13, 55) "¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él." (Mc 6, 3), "Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.»" (Mt 12, 46-47). María, la madre de Jesús en algún momento, probablemente hacia el tercer año de su predicación, salió a seguirlo en su camino hacia Jerusalén. La acompañaron su prima y un par de hijos de ésta. Ya el otro par de primos, Santiago y Judas Tadeo, habían creído en él y se contaban entre sus Apóstoles. Ciertamente no eran sus hermanos, aunque así los llamaban. Al pie de la cruz el Señor dejó a cargo de María, su madre, a Juan. Si Santiago y Judas Tadeo eran hijos de ella, no tenía por qué encargársela a nadie. Y si también estaban Simón y José, ¿por qué encargársela a Juan?

miércoles, 22 de abril de 2020

Consistencia de los Evangelios

El siglo pasado se dieron discusiones impropias alrededor de la veracidad de los evangelios. Impropias porque los evangelios no están escritos en orden a verdades inmanentes sino trascendentes. Eran discusiones acerca de la incoherencia entre los cuatro relatos.

Denótese que los evangelios se escribieron años después de ocurridos los hechos. Sería demasiado sospechoso que coincidieran mucho. Sobre todo, porque parten del relato de testigos oculares o personas que escucharon los relatos de testigos oculares. En todo caso, transmitido por predicadores del mensaje de Jesús, no de su biografía. Eran tiempos y culturas basadas en el relato oral y la memoria, así que estaban entrenados en memorizar historias, así que los muchos años transcurridos dan lugar a alteraciones menores, pero sin alterar lo que realmente era importante transmitir.

La comparación de los evangelios es una tarea larga y extensa. Limité el ejercicio al relato de la aprensión, juicio y crucifixión de Jesús y me interesaron mayormente los comentarios anecdóticos, no los sustanciales, que es otro tipo de ejercicio.

Los cuatro narran el momento de la aprensión (Mt 26, Mc 14, Lc 22 y Jn 18). Mateo y Marcos narran que “alguien” de los que acompañaba a Jesús en el huerto de los Olivos, Getsemaní, sacó la espada y agredió a uno de los sirvientes de los sacerdotes que fueron con Judas y los soldados romanos a aprender a Jesús: "Uno de los presentes, sacando la espada, hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le llevó la oreja." (Mc 14, 47). "En esto, uno de los que estaban con Jesús echó mano a su espada, la sacó e, hiriendo al siervo del Sumo Sacerdote, le llevó la oreja." (Mt 26, 51). Sólo, se menciona que los discípulos fueron al huerto, así que hemos de suponer que fue alguno de los apóstoles, pero bien pudo haber sido algún otro discípulo diferente a los doce. En la agresión le cortó la oreja al criado. No dicen que haya quedado separada del cuerpo, sólo que “le llevó la oreja”. Podemos suponer que manó abundante sangre. Juan especifica el nombre del agresor y del sirviente: "Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco". En las narraciones sólo se menciona el nombre de las personas que pueden ser identificadas por parte de los oyentes, así que debemos suponer que Malco con el tiempo se convirtió al cristianismo. Lucas también menciona el nombre del agresor, el apóstol Pedro. También menciona que Jesús, al tiempo que increpaba a Pedro por usar la violencia le sanó la oreja al sirviente: "Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!» Y tocando la oreja le curó" (Lc 22, 51). Tal vez por eso valía la pena mencionar la anécdota. Jesús evitó que los ánimos se alborotaran para lograr que dejaran libres a los discípulos. Un hecho de sangre hubiera sido contraproducente.

En esta misma escena el evangelio según san Marcos narra algo muy anecdótico que, por supuesto, no figura en los otros evangelios: "Un joven le seguía cubierto sólo de un lienzo; y le detienen. Pero él, dejando el lienzo, se escapó desnudo." (Mc 14, 51-52). Es una escena que no viene al caso, excepto para aquel que la narró. Hemos de suponer que el joven que escapó desnudo era el mismo Marcos.

Durante el juicio, las palabras que pronunció el mismo Jesús para que se diera la condena a muerte fueron las palabras del profeta Daniel (Dn 7, 13): "Dícele Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo.»" Lo mencionan los tres evangelios sinópticos: (Mt 26, 64; Mc 14, 62; Lc 22, 69)

También los tres mencionan cómo golpeaban a Jesús en casa de Caifás. La profecía de Isaías sobre el juicio y muerte es detallada: "Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos." (Is 50, 6). Una mención del evangelio según san Mateo lo deja a uno perplejo: "Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros a golpearle, diciendo: «Adivinanos, Cristo. ¿Quién es el que te ha pegado?»" (Mt, 26, 67-68). ¿Le golpean y luego preguntan quién te ha golpeado? Parece absurdo. Es un gazapo de redacción de dicho evangelio. Los escritos según san Marcos y san Lucas explican la escena de manera lógica: "Algunos se pusieron a escupirle, le cubrían la cara y le daban bofetadas, mientras le decían: «Adivina», y los criados le recibieron a golpes." (Mc 14, 65), "y cubriéndole con un velo le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?»" (Lc 22, 64).

Los evangelios relatan que durante el juicio Pedro está afuera, para ver en qué acababa toda aquella situación. Fue en esa circunstancia que se narra la triple negación de Pedro. El evangelio según san Mateo menciona que fueron dos sirvientas las que preguntaban, y luego algunos hombres alrededor del fuego: "Pedro, entretanto, estaba sentado fuera en el patio; y una criada se acercó a él y le dijo: «También tú estabas con Jesús el Galileo.» Pero él lo negó delante de todos: «No sé qué dices.» Cuando salía al portal, le vio otra criada y dijo a los que estaban allí: «Este estaba con Jesús el Nazareno.» . Y de nuevo lo negó con juramento: «¡Yo no conozco a ese hombre!». Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «¡Ciertamente, tú también eres de ellos, pues además tu misma habla te descubre!»" (Mt 26, 69-73). ¿Narran lo mismo los otros dos evangelios sinópticos? Veamos a Marcos: "Estando Pedro abajo en el patio, llega una de las criadas del Sumo Sacerdote y al ver a Pedro calentándose, le mira atentamente y le dice: «También tú estabas con Jesús de Nazaret.» Pero él lo negó: «Ni sé ni entiendo qué dices», y salió afuera, al portal, y cantó un gallo. Le vio la criada y otra vez se puso a decir a los que estaban allí: «Este es uno de ellos.» Pero él lo negaba de nuevo. Poco después, los que estaban allí volvieron a decir a Pedro: «Ciertamente eres de ellos pues además eres galileo.» Pero él, se puso a echar imprecaciones y a jurar: «¡Yo no conozco a ese hombre de quien habláis!»" (Mc 14, 66 – 71) Concuerda bien. En muchas de las escenas los evangelios según san Mateo y san Marcos concuerdan plenamente, como si la fuente que les relató los hechos hubiera sido la misma. Son evangelios que la crítica bíblica ubica en la década de los años 70 del primer siglo. El evangelio según san Lucas supo de los hechos después, por tanto, puede que su fuente fuera distinta: "Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él.» Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!» Poco después, otro, viéndole, dijo: «Tú también eres uno de ellos.» Pedro dijo: «¡Hombre, no lo soy!» Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo.» Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel momento, estando aun hablando, cantó un gallo," (Lc 22, 56-60) Dicho evangelio añade un dato que no mencionan los otros: "y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.»" (Lc 22, 61) Tal vez fue el mismo Pedro el que le narró la escena. Tal vez fue un añadido para darle mayor dramatismo a la escena.

La profecía de Isaías sobre el juicio y muerte dice más adelante: "Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca." (Is 53, 7), de tal manera que pareciera se contradice la profecía ante las conversaciones que efectivamente se narra tuvo Jesús en su juicio con Caifás y con Pilato. Pero no hay tal. Si bien contestó un par de veces, los evangelios narran: "Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y le dijo: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?» Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.»" (Mt 26, 62-63). Fue conjurado en el nombre de Dios a hablar, pero en general callaba. Delante de Pilato, lo mismo: "Jesús compareció ante el procurador, y el procurador le preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Respondió Jesús: «Sí, tú lo dices.» Y, mientras los sumos sacerdotes y los ancianos le acusaban, no respondió nada. Entonces le dice Pilato: «¿No oyes de cuántas cosas te acusan?» Pero él a nada respondió, de suerte que el procurador estaba muy sorprendido." (Mt 27, 11-14). Lo que dijo fue en razón a asegurar que se cumpliese su crucifixión, su misión salvífica.

"Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y poniéndose en medio, preguntó a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?» Pero él seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?» Y dijo Jesús: «Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo.»" (Mc 14, 60-62)

El Evangelio según san Juan pone en boca de Jesús unas palabras adicionales con el propósito de dar enseñanzas, no con el de ser fiel a los sucesos: "El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho.»" (Jn 18, 19-21)

"Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?» Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.» "Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?» Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en él." (Jn 18, 33-38)

Recordemos que el Evangelio según san Juan es el más teológico, escrito muchos años después de los tres sinópticos y que complementa a éstos a partir de la Tradición. La crítica bíblica ubica su escritura en la década de los noventa del siglo primero. La respuesta de Pilato, ¿qué es la verdad? representa al relativismo contemporáneo, el cual probablemente ya estaba presente en los tiempos de san Juan.

Los evangelios según san Mateo y según san Marcos mencionan que los dos ladrones crucificados al lado de Jesús lo insultaban: "De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con él." (Mt 27, 44). "¡El Cristo, el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.» También le injuriaban los que con él estaban crucificados." (Mc 15, 32). Pero el evangelio según san Lucas dice: "Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.»" (Lc 23, 39-43). Probablemente se narró de esta manera para dar a entender la importancia de acogerse a la misericordia de Dios, no necesariamente corresponde a un hecho verídico. La crítica bíblica ubica la redacción del evangelio según san Lucas en la década de los ochenta del siglo primero.

Los evangelios apócrifos dicen que el nombre del “ladrón” era Dimas. Lo cierto era que si los crucificaban probablemente no era por ladrones sino por algo más grave. Obsérvese que para Pilato la alternativa que tenía para intentar liberar a Jesús de la inquina de los sacerdotes judíos era Barrabás. Tanto el evangelio según san Marcos como el escrito según san Lucas dejan claro que era un asesino: "Había uno, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos que en el motín habían cometido un asesinato." (Mc 15, 7) "Este había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato." (Lc 23, 19).

Se mencionan un par de datos relacionados con la muerte de Jesús que fuera del ámbito de la fe son anecdóticos: "Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona." (Mt 27, 45) Es decir, desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde. También se narra en Mc 15, 33 y en Lc 23, 44. Y: "En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron." (Mt 27, 51). También en Mc 15, 38 y Lc 23, 45. Ambos datos son muy importantes en el contexto de la fe. No serán explicados aquí.

El propio apóstol Pedro, muchos años después, menos impulsivo y más sabio, explica la pasión del Señor: ¿Pues qué gloria hay en soportar los golpes cuando habéis faltado? Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas. El que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño; el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia; el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados. Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas." (I Pe 2, 20-25)

jueves, 9 de abril de 2020

Ver como Dios ve

Cuando invitamos a almorzar a mi suegro a éste le gusta retarnos. La última vez nos preguntó ¿Y cuál fue el pecado original? Su intención es negarse a nuestras respuestas para crear controversia, lo cual es una manera poco usual de iniciar conversación.

Pero esa pregunta es la que deseo explorar hoy. El relato del Génesis nos enuncia claramente el pecado en las propias palabras de la serpiente:  "De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal." (Gn 3, 4-5). El diablo es descrito por Jesús como el padre de la mentira (Jn 8, 44). Pero nunca nos miente limpiamente porque nos daríamos cuenta. Siempre entremezcla la mentira con la verdad para engañarnos. Adán y Eva antes del pecado original veían la creación con los mismos ojos de Dios. Sólo conocían el bien. El engaño de la serpiente fue llevarlos a conocer el mal y a ser esclavizados por éste.

Una vez conocido el mal, nuestra mirada es incapaz de mirar con la misma mirada de Dios. Nacemos inocentes, pero rodeados por personas incapaces de mirar con los mismos ojos de Dios, aprendemos a ver como ellos, y nos perdemos de la alegría de ver la bondad de cada instante de la creación. El camino de conversión es desaprender la mirada del pecado original para aprender a mirar con los ojos de Dios. Y en ese camino necesitamos que Jesús nos unte nuestros ojos espirituales con el barro, y nosotros vayamos donde el “enviado” (Siloé) a lavarnos de esa mundanidad y se nos caigan esas como escamas que nos impiden ver como Dios. (Jn 9, 1-11)

¿Por qué tantas vueltas para retomar una mirada pura? Es para que se manifiesten en nosotros las obras de Dios. (Jn 9, 3)

lunes, 28 de octubre de 2019

Voluntad y carácter.

Resumen del Joven de carácter de monseñor Thihámer Tóth.

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Todo joven se pregunta -Vida, ¿qué me darás?, ¿qué es lo que me espera? - Y la vida le devuelve la pregunta como la tierra al campesino: -Depende de lo que me des. Recibirás tanto cuanto trabajes y cosecharás conforme hayas sembrado-

El valor del ser humano no depende de la fuerza del entendimiento, sino de su voluntad.

Primero deberás adquirir ideales y principios, después, el segundo deber, ya más difícil, es forjar el carácter. Tiene carácter aquel que permanece firme en sus ideales y principios, aun cuando esta perseverancia fiel exija sacrificios. Es decir, el carácter es un modo de obrar siempre consecuente con los principios firmes que se tienen e implica constancia de la voluntad para alcanzar el ideal reconocido como verdadero.

La educación consiste en inclinar la voluntad del ser humano de suerte que en cualquier circunstancia se decida a seguir sin titubeos y con alegría el bien.

Quien es libre según el cuerpo, pero tiene atada su alma, es esclavo; quien está exento de mal en el alma, es un hombre libre, aunque tenga el cuerpo encadenado. La felicidad está en ti, en la libertad verdadera, en el absoluto dominio de ti mismo, en la posesión de la satisfacción y la paz. Por ello no has de luchar contra toda regla o norma – eso sería libertinaje, desenfreno – sino sólo contra los obstáculos – pasiones, inclinaciones – que se oponen al libre desenvolvimiento del carácter. Si nos atamos a las normas no es para contrariar nuestra libertad, sino para dirigir y asegurar su recto crecimiento. Solo poseemos aquello de lo que podemos privarnos.

No es independencia el desorden, el emanciparse de toda ley, sino la independencia interior, el dominio de sí mismo, el dominio contra la desgana, el desaliento, el capricho y la pereza.

Vivir en las órdenes, las normas y el deber cotidiano es medio para vencer la propia comodidad, el mal humor, los caprichos, la superficialidad y la inconstancia.

Llamamos egoísta a aquel que no comprende que hay millones y millones de hombres con quienes tener atenciones.

Qué otro fin pretende el ejercicio de la voluntad sino prestar una ayuda sistemática al espíritu en la guerra de la libertad, guerra que se ha de sostener contra el dominio tiránico del cuerpo. Así que la primera condición del carácter es la guerra contra nosotros mismos para poner orden en el salvaje entramado de las fuerzas instintivas.

Todos los seres humanos, por muy materialistas que sean, elogian al hombre en quien el espíritu triunfa sobre la materia. Quien vive con entereza sus convicciones, despreciando la ironía y el respeto humano – el qué dirán de los demás- es un hombre de carácter.

Los obstáculos para la formación del carácter son la pasión o defecto dominante; la falta de paciencia con la propia educación; el miedo a qué dirán; y la falta de conocimiento de sí mismo. La vida agitada hace que el ser humano no disponga nunca de ratos de silencio, de reflexión o de desarrollo de su espíritu. No se conoce y no puede ir creciendo en el espíritu.

En el alma, pues, hay una lucha continua entre el bien y el mal. Apenas contábamos cinco o seis años y ya sentíamos los primeros movimientos del enemigo. Sentimos algo en nosotros que nos impulsaba hacia el mal. Un peso de plomo que trata de hundirnos en el abismo sin fondo de la ruina moral. Una terrible herencia, la inclinación al mal, consecuencia del pecado original. El criminal va adquiriendo fuerzas en nuestro interior por sí mismo y crece, aunque no lo cuidemos; pero para ser santo es necesaria una labor perseverante y ardua en la educación de nosotros mismos.

De quien no se priva de una cosa lícita no se puede esperar que rehúse todas las prohibidas. Sin sacrificio ni abnegación no se puede lograr nada grande en esta tierra. En la vida todo el mundo hace sacrificios, la diferencia estriba tan sólo en el motivo por el que lo hacen. Por ejemplo, el avaro vive miserablemente, sacrificándose por ahorrar; para este fin ahoga todos sus deseos, vive sin alegrías y sin amigos.

La pasión en sí misma no es mala, tan sólo lo es la desenfrenada. La formación del carácter no exige que extirpemos nuestras pasiones, sino que las convirtamos en aliadas. Por tanto, no sigamos sus consejos, porque la pasión puede ser mala consejera, pero aprovechemos sus fuerzas, pues son resortes poderosos si se emplean bien.

El carácter brota del trabajo metódico, perseverante y formativo. Hay que pensarlo bien, emprenderlo con tesón y perseverar con constancia.

Todo es capaz de soportar el hombre, excepto un bienestar continuo.

Las enormes fortunas no ha podido amontonarlas un solo hombre. Muchos obreros y empleados las regaron con su sudor, por lo mismo, se debe invertir bastante de tales fortunas en el bien común.

La modestia en los deseos ya es una fuente de ganancia. La austeridad en el gasto educa el carácter y aumenta el sentimiento de independencia, mientras que el derroche induce a la ligereza y la ruina.

Uno de los primeros medios para el robustecimiento de la voluntad es precisamente el trabajo que obliga al esfuerzo continuo y minucioso. Quien trabaja no tiene tiempo de estar descontento, de rebelarse contra su suerte. Aún más: el trabajo nos absorbe y hasta nos hace olvidar las pequeñas molestias y preocupaciones de la vida.

Corre un gran riesgo el que fácilmente aprende: -Yo no tengo que estudiar, tengo talento – Pero el talento no es una ciencia, sólo es el medio para alcanzarla. Y muchos jóvenes de buenas cualidades fracasan porque no hacen fructificar el talento que Dios les ha dado.

Los sentimientos, la imaginación y el temperamento ejercen gran influencia sobre la voluntad. Como es casi imposible dominarlos por completo, la voluntad del hombre no goza de plena libertad.

Muchos crímenes, discordias, peleas, envidias, ofensas, riñas, no provienen de una mala voluntad, sino de una voluntad débil, no ejercitada en dominar los sentimientos intensos.

¿Te pisa alguien el pie? No saltes enfadado, sino di para tus adentros – A costa de este dolor seré capaz de dominarme más a mí mismo – Ser dueño de tus propios sentimientos, sin dejarse arrastrar por ellos, es el grado más alto de la perfección espiritual.

La falta de memoria proviene por lo común de una voluntad indisciplinada. 

Ejercítate cada día en vencerte a ti mismo, aunque sea sólo en algo insignificante, y así, tras un ejercicio de años, alcanzarás una fuerte voluntad.

Los romanos llamaban Virtus tanto a la virtud como a la fuerza, esto significa que no hay virtud sin esfuerzo. Tanto adelantarás en el bien cuanto sepas dominar tu voluntad.

lunes, 14 de octubre de 2019

Una critica de cine

Esta semana fui a ver una película, Ad astra que en español significa Hacia las estrellas. Soy aficionado de alguna manera a la ciencia ficción , y por eso quise ir a verla, si bien poco voy a cine. Me llamó la atención que no ha generado mayor reacción en los medios y la razón está en lo que encontré en un blog cuando estuve averiguando previamente acerca de la película. El autor de la entrada, que leí con atención, hace una reflexión acerca de la película e intenta mostrar que independientemente de la intención del guionista, la película habla sobre Dios y desde un punto de vista cristiano. Eso me acicateó el deseo de ir a verla, pero a su vez me explicó la falta de atención por parte de los críticos. Me corroboró que ese hablar de Dios es cierto y no pasó inadvertido para los directivos de los medios de comunicación. Hablar de Dios está prohibido.

El blog argumenta que el padre del protagonista representa a Dios Padre que no se congracia con el pecado del mundo y está enviando un castigo a la humanidad. Ahí es donde entra a jugar la intermediación del protagonista, el hijo. Éste representa a Dios Hijo como intermediario ante Dios Padre y que en un momento dado se sacrifica por nosotros. También argumenta que en cierta manera habla acerca del Silencio de Dios que fue tratado por la película Silencio.

No estoy de acuerdo con la interpretación. Pienso que la película habla sobre nuestra manera de relacionarnos con Dios. Estoy de acuerdo en que diferentes escenas de la primera mitad invitan a darse cuenta de ello: la oración de los navegantes interplanetarios para que San Columbus los proteja, la oración claramente cristiana cuando lanzan al espacio a uno de los tripulantes que fallece o la anotación del padre del protagonista cuando en un email que le envía años atrás, antes de desaparecer en el borde del sistema solar, le menciona que en el espacio profundo se siente más viva la presencia de Dios.

A partir de aquí voy a revelar parte del desarrollo de la película. Si no la ha visto y desea verla, vuelva a este punto después de hacerlo.

El protagonista es un astronauta militar un poco autista. Esta particularidad es la que le permite mantener la sangre fría aún en los momentos más difíciles. Pero también le ha impedido establecer vínculos afectivos con otros. El caso más patente es el rompimiento con su esposa. No le es posible expresar su afectividad. El caso es que llega a manos del protagonista un video no revelado al público en que el padre de éste, el capitán de una misión espacial científica, confiesa haber asesinado a buena parte de la tripulación por haber querido ésta regresar a La Tierra a pesar de no haber concluido el objetivo de la misión. Tal vez por ello hacen mención a un tal “San Columbus” en escena previa ya comentada, recordando las dificultades de Cristóbal Colón con sus marineros en un viaje al borde del océano Atlántico. Tal revelación desgarra al protagonista que comprende el horror de tal afirmación: su padre puso por encima de la vida de las personas el objetivo misional.

Las cosas se dan para que el hijo viaje hasta el borde del sistema solar a encontrarse con el padre y traerlo de vuelta a La Tierra. En el fondo, se trata del enfrentarse del hijo al fantasma de su padre al que no ve hace treinta años y al que creía muerto. En el encuentro entre padre e hijo nos enteramos que hubo una segunda lucha entre los miembros de la misión y que sólo queda vivo el capitán, es decir, el padre del protagonista. Todos los tripulantes han muerto. La continuidad de la misión lo exigía. La locura del padre se mantuvo a lo largo de más de diez años...

La misión científica tenía como objetivo escanear los sistemas solares del universo conocido buscando señales de vida inteligente extraterrestre. El problema que originó el discurrir de la película fue que el último combate entre padre y rebeldes ocasionó daños que están enviando tormentas eléctricas hacia el interior del sistema solar que afectan al planeta Tierra poniéndolo en peligro de extinción. Para el padre el problema es que la misión no encontró ninguna señal de vida externa al sistema solar y no le gusta. Cree que es un error, desea permanecer y seguir buscando. Su discurso habla sobre el avance de la humanidad y que unos cuantos individuos no deben entorpecer dicho progreso. El hijo se encarga de cumplir su misión: destruir la nave, la cual genera las tormentas eléctricas. Este punto es el que lo convierte en un redentor de la humanidad. Convence al padre de regresar argumentándole que no descubrir ninguna señal de vida en el universo conocido es un hallazgo científico importante que ya hizo valiosa a la misión. Este giro aparentemente es una forma de ir cerrando el tema, pero no. Es un tema filosófico. Estar sólos en el Universo nos lleva a pensar más enfocadamente en nuestro creador, y en las preguntas fundamentales, ¿quiénes somos? y ¿cuál es nuestra misión?

Pasando de una nave a otra, antes de que ésta explote por causa de una bomba nuclear que está en cuenta regresiva, el padre trata de soltarse del hijo y quedar flotando en el espacio para morir allí. Lo que es importante para la película es la angustia del hijo, primero no queriendo soltar al padre, pero luego dándose cuenta que debe soltarlo. No es sólo un soltarlo físico. Es el momento de soltarlo psicológicamente. De liberarse de la presencia de ese fantasma con el que cargó durante treinta años.

En el viaje de regreso nos explican que el hijo copió en un disco duro todos los datos recopilados por su padre acerca de miles de planetas regados por todo el universo. En el largo viaje de regreso a La Tierra medita sobre la ceguera de su padre: buscando una cosa no fue capaz de ver lo grandioso y hermoso de la creación.

Una vez en La Tierra, la experiencia liberadora de soltar a su padre lo lleva a iniciar una nueva lucha, enfocar su autismo para aislar el ruido y concentrarse en lo esencial: en disfrutar de los sencillo y en amar y ser amado.

Mi interpretación, a diferencia de la ya citada, es que el padre representa a los humanistas, aquellos científicos, políticos y poderosos que dicen amar a la humanidad, pero que desprecian a los individuos. Aquellos cuya soberbia científica les impide sorprenderse con el milagro de la vida que brota a borbollones alrededor nuestro. Son los humanistas contra los que ha luchado en todo tiempo la Iglesia. Y el hijo representa a los seres humanos que luchamos por soltarnos de la influencia de éstos humanistas y de nuestra continua lucha interior por aprender a ser un verdadero ser humano. La historia acaba esperanzadora porque el hijo descubre que su misión es aprender a amar y a ser amado. Nos representa a todos y cada uno de nosotros.